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martes, 4 de abril de 2017

Campeones de la recuperación

             En ocasiones me invade la certeza de que la crisis ha consumado ya la obligación que le impusieron. Al principio fue crisis, uno de esos desajustes temibles que el liberalismo radical provoca de manera cíclica, porque lo lleva incrustado en su genética irresponsable de animal de rapiña. Luego, se convirtió en oportunidad. Y aquí estamos; a punto de celebrar con cohetería y redoble de campanas los presupuestos generales del PP que anda bendiciendo Ciudadanos por las esquinas mediáticas de la patria.
            Toca ahora insistir en la recuperación. Somos los campeones de la recuperación, el crecimiento y la creación de empleo.
            Al servicio de esa buena causa el Banco de España insiste en las bondades del sistema y aventura un crecimiento y un descenso del paro bastante prometedores.
            Nos mienten. Hay gente a la que nunca alcanzará esa ola de bonanza. Hay gente que ha sido sacrificada para propiciar el beneficio ajeno. Y, al parecer, lo hemos aceptado, como un sacrificio necesario y nos apresuramos a esconder los cadáveres en ese armario que tenemos  repleto de miserias: uno de cada tres niños españoles bordea la exclusión en los límites de la pobreza; los parados de larga duración mayores de cuarenta y cinco años no encontrarán ya salida laboral alguna, mientras el Estado se inhibe y los margina poco a poco de sus planes de ayuda;  siete de cada diez empleos de los que el Gobierno se ufana en haber ayudado a generar, lo son por horas o por días y no generan ingresos para atender las propias necesidades del trabajador, y  el fraude fiscal no perseguido y triunfante se aproxima a la mitad de los presupuestos generales del Estado.
            La crisis ha sido la ocasión perfecta para desmontar muchos de los logros que nos habían convertido en una sociedad más igualitaria que nunca en nuestra larga historia. Pero, afortunadamente, la crisis es pasado gracias al buen gobierno de una derecha cleptócrata y vicaria de sus cómplices económicos según figura escrito en su partida de nacimiento.
            Esta derecha ha sido fiel a los principios ideológicos en los que fundamenta su existencia: menos estado; traspaso de servicios públicos que puedan generar beneficios a la gestión privada; recortes presupuestarios que atentan contra el principio radical de la democracia, la igualdad ante ley; instrumentación de la enseñanza pública en torno a la  religión y el emprendimiento como pilares básicos, amén de una selección temprana de los parias del futuro;  reforma laboral que ha dejado a los trabajadores indefensos frente  a la voracidad empresarial; y la permisividad acostumbrada con el gran capital para evitarles las pesada carga de la contribución al mantenimiento del estado con los impuestos.
            Y yo tengo la impresión que ese golpe de estado que suele generar cada gran crisis económica se ha hecho carne y habita entre nosotros.
            Se cimenta esa certeza, sobre todo, en la actitud de la llamada izquierda, la inacción absoluta frente a esa hoja de ruta que pende sobre el futuro de todos nosotros. Quizás han descubierto que carecen de respuestas o  que ya pasó su hora, que su única función es servir de espita tranquilizadora a los descamisados de este mundo con propuestas peregrinas e inútiles, discursos agresivos, y formando parte de comisiones de investigación para investigar aquello de lo que nadie duda. 
            Mientras, pelean a dentelladas por lograr la jefatura de la tribu sin más pretensión que alimentar el ego y se atrincheran frente a quienes deberían, por proximidad ideológica y de proyecto político, ser compañeros de viaje.
            Evitan así la responsabilidad de tener que gobernar, no sea que descubramos entonces que, agotada ya la política de gestos, carecen de proyecto de estado, que se quedaron perdidos en discursos enardecedores y vacios y renunciaron, o jamás lo tuvieron, al fundamento imprescindible de las ideas y los principios que dan sentido a la actuación política.
            Puede que incluso se hayan vuelto descreídos y cínicos.
              Saben que quien gobierna el mundo es el dinero.
         Da la sensación de que esa izquierda inútil ha asumido también el papel que el sistema le otorga, adormecer nuestras demandas mientras los marginados del sistema se acostumbran a su nuevo papel, integrarse en el precariado imprescindible que reclama la globalidad, el hallazgo más rentable del capitalismo en toda su larga y exitosa trayectoria. 

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