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viernes, 15 de septiembre de 2017

ABSTINENCIA


              La Resolución de Jubilación Forzosa que he recibido firmada por la Delegada Provincial de Educación, dice que he dedicado a ese servicio 37 años y 11 meses de mi vida.  
      Han sido más años, pero eso no figura en sus registros.
    Mucho tiempo, como para pretender que no deje secuelas, automatismos y necesidades. Cuando ya casi había aprendido el oficio, debo empezar a olvidarlo; ahora tengo que aprender a vivir sin él.
          Hoy es el primer día en los últimos cuarenta años en el que falto a la apertura del curso, veintiocho en el IES Pin Montano, si no fallan mis cuentas. No sé todavía si lo echaré de menos. Siempre pensé que yo no era demasiado necesario en la Enseñanza pero que la Enseñanza era muy necesaria para mí. Por dos razones. Una, el aula es el microcosmos ideal para un tipo con vocación histriónica como yo. Dos, en su interior he sido feliz porque se cumplieron casi siempre tres principios básicos sobre los que se sustenta esa sensación subjetiva de satisfacción personal que podemos confundir con la felicidad que perseguimos: he tenido a quien querer, me he sentido valorado y me he sentido útil.
        Así que, quizás contra la corriente de sus detractores, yo me declaro con perspectiva una persona agradecida a este oficio noble, sacrificado y prometeico, que consiste en creer firmemente que el futuro de la humanidad se cocina lentamente en las aulas del mundo.
        Esa conciencia y el ejercicio consecuente de mi oficio ha mejorado también mi perspectiva sobre los tiempos que me ha tocado vivir. 
     En un discurso torpe y emotivo como respuesta al hermoso discurso de despedida de mis propios compañeros, en boca del Director del Centro, dije en junio dos verdades de peso, que no quería jubilarme y que me jubilaba con una sensación amarga de fracaso generacional.
   La sensación de fracaso tiene que ver con ese convencimiento de que el futuro en buena medida se cocina en las aulas. Al final uno ha de tragarse el sapo de la duda sobre si ese principio será una ilusión de tu conciencia. Porque la sensación que tenemos es que el futuro no se cocina en las aulas, sino que lo van cocinando los mercados a fuego arrebatado, sin preocuparse en absoluto de otro resultado que la instrumentalización humana como pieza del sistema productivo, el control de la riqueza y el usufructo exclusivo de sus beneficios. 
       El sistema educativo y la conciencia de los profesionales debe ser todavía en algunos lugares del mundo el último bastión que les queda por conquistar. Pero a fe mía avanzan a pasos agigantados.
     No quiero alargarme demasiado en argumentaciones cansinas. Me remitiré a recientes noticias sobre esa Evaluación Mundial que conocemos con el nombre de PISA. Sabemos cuál es su origen y cuáles sus objetivos; ahora empiezan a aflorar las consecuencias sociales en aquellos países que convirtieron las propuestas de la OCDE en el faro de sus sistemas educativos.
    Singapur ha copado durante años los puestos de excelencia en esas evaluaciones. Hoy sabemos, por la reflexión de sus propios profesionales y sociólogos , que el sistema educativo ha generado niños autómatas, dependientes, infelices, faltos de creatividad y con escasas habilidades sociales.
        El conjunto de islas que conforman el país, sin territorio físico para la autonomía alimentaria, sin recursos naturales, poblada por una sociedad analfabeta a mediados del siglo pasado y con un vecino poderoso y hostil, se entregó a la propuestas de la OCDE sin reservas y estableció un rígido sistema educativo con horarios escolares similares a los horarios fabriles de la Primera Revolución Industrial y la amenaza de exclusión de los rezagados detectados en exigentes reválidas desde la Escuela Primaria.
        Potencia ese sistema el conocimiento en Matemáticas y el bilingüismo, el chino mandarín, imprescindible para la introducción en el mercado chino, y el inglés, imprescindible para transacciones con el resto del mundo. El resto de los conocimientos se diluye, por resultar intrascendentes para la supervivencia, que estribaba en poner al alcance de las multinacionales mano de obra cualificada y sumisa, bien diseñada por el propio sistema educativo que potencia la competitividad y no la conciencia colectiva.
   Hoy el propio gobierno y el profesorado empiezan a lamentar su servilismo con las propuestas de los poderosos del mundo.
     “Durante años, -dicen- , hemos producido trabajadores para las multinacionales con la ventaja del blingüismo, pero hoy China ha abierto sus mercados y el inglés se ha extendido por la zona. Ya no somos imprescindibles. Tenemos muchas calculadoras andantes, pero nadie tiene conocimientos de Historia o de Arte; casi nadie practica el dibujo, la música o el deporte. Nuestra sociedad es poco hábil para improvisar y poco sociable en general”
        Es lo que tiene cualquier forma de colonización. Cuando han esquilmado los recursos de un lugar, las multinacionales se marchan a territorios con mejores condiciones y dejan tras sí una sociedad empobrecida, enfermiza y desnaturalizada, desprovista de sus propias capacidades para afrontar el reto del futuro.
     Hace ya muchos años que concebí el aula como un reducto de resistencia numantina frente al pensamiento único y frente a la instrumentalización humana como una pieza de la maquinaria productiva. Nuestra principal obligación no es producir, es vivir. Y la segunda obligación, es procurarnos una vida digna de forma colectiva, algo parecido a la felicidad relativa que proporciona la colaboración y no la competitividad.
      Hace ya muchos años que concebí el aula como el último reducto del humanismo. Y no hablo de especialidades de Bachillerato, sino de la puesta en valor del ser humano y sus derechos inalienables frente a los descarnados intereses del mercado.
      Y, a pesar de ese regusto amargo de derrota generacional, aún tengo por seguro que no serán los mercados, sino las aulas las que acabarán diseñando un futuro más humanitario.
     Hoy he empezado a sentir un resquemor de envidia hacia quienes, todavía, tienen la oportunidad de seguir reivindicando en las aulas la condición humana frente a ese enemigo invisible y poderoso.
       Ojalá la conciencia social se les torne favorable y los acompañe en este reto en el nos jugamos una buena parte del futuro.

viernes, 1 de septiembre de 2017

CORRAL DE COMEDIAS

         Antes de ayer, durante la “temible” comparecencia en el Pleno Extraordinario del Congreso, Rajoy tuvo una mañana plácida, dio
un mitin y se marchó a casa descansar sin haber hecho ni siquiera mención a Bárcenas o al caso Gürtel.
     No ceo que perdiera un solo voto de sus votantes potenciales. Y es posible que la posición perdiera algunos. 
         Por agotamiento
      Ese viaje lo ha hecho tantas veces el presidente del Gobierno que se ha convertido una rutina que no logra alterarle los pulsos.
       Le incomoda, si acaso, porque Rajoy es un tipo perezoso y apático.
          Y hago mención al caso porque me suscita reflexiones que quiero compartir.
          ¿Esperaba otra cosa la sufrida oposición?
      ¿Esperaba que un Rajoy contrito reconociera en sede parlamentaria estar al tanto de las oscuras tramas de su partido y del saqueo sistemático de las arcas públicas a las que el PP ha estado sometiendo a este país durante muchos años en cualquier lugar donde ejerciera labores de gobierno? 
      ¿Esperaba que pidiera perdón, se pusiera a disposición de la justicia y presentara su irrevocable dimisión...?
       No creo que nadie dude ya en este país de que Rajoy convive cómodamente con la mentira. Todos los políticos lo hacen y él, tras largos años de ejercicio, ha logrado una maestría que no resulta discutible.
       Tampoco creo que nadie dude de que el Partido Popular ha estado gestionada por cleptócratas y enfangado en múltiples casos de corrupción. Pero tampoco se puede dudar de que esa certeza no modificará un ápice el sentido del voto de sus fieles votantes. 
     En general, la víctima de la corrupción política es el Estado y la conciencia de la derecha sociológica tiende hacia la laxitud moral cuando la víctima es el Estado, el viejo enemigo que nos roba con impuestos lo que ganamos con el sudor de la frente.
      Rajoy era un político gris, prescindible, pero bien mandado y astuto; ahora ha devenido en político gris, perfectamente prescindible, del que solo se recordará que demolió el Estado y que supo sobrevivir a los mayores escándalos políticos que hayamos conocido en el actual periodo democrático de nuestra historia. 
         Recordaremos su cinismo hasta que caiga en el olvido.
       Y el Parlamento, en ocasiones, más parece un corral de comedias donde se representa una farsa interminable, en la que cada uno busca su momento de gloria, de protagonismo ante los medios o la ocasión del lucimiento para renovar el contenido de los foros sociales en los que tanto fían..
      Tengo la creciente sensación de que eso es todo, una parodia de lo que debiera ser un verdadero Parlamento.
       Se afronta lo irresoluble, -no hay capacidad de desalojar a Rajoy por el momento -, o lo inútil, como esa propuesta de Rivera sobre la duración limitada de la presidencia del gobierno. Incluso ocho años pudieran parecer una eternidad según el caso.
     A fuerza de ser honesto, no fue Rajoy el único cínico esmeradísimo de la comparecencia. El diputado Tardá no le anduvo a la zaga. Sobre su cínico discurso no se me ocurren calificativos publicables. 
         Vino a decir que la corrupción es una lacra española y esa es la justificación de esa demanda de una purísima República Catalana que se divisa ya a la vuelta de la esquina. 
       Habría que aclararle  que esa esperanza se ha asentado en los cimientos endebles de mentiras calculadas, y manipulaciones incontables y que se ha animado, como siempre sucede, con una calculada liturgia de banderas al viento enarboladas por una saga familiar de corruptos expertos que ha contado con una legión de cómplices. 
      Habría que contarle que cuando desaparezcan las banderas que ahora disimulan las miserias, habrá quien caiga en la cuenta de que las miserias siguen allí, intactas, permanentes, feroces, porque no hay frontera que pueda detenerlas. 
       Deberíamos avisar al señor Tardá de que estas miserias serán aun más aguerridas, porque estarán asentadas en una quiebra social de la que casi nadie se atreve a hablar. 
      Siempre hay quiebras y trincheras cuando una multitud se entrega a la liturgia de envolver el sentimiento en la tela manchada de sangre de cualquier bandera. Y ahora, suceda lo que suceda el uno de octubre, no será diferente. Todos habremos perdido algo.
         La nueva izquierda parece que solo aspira a ser el tribunal donde el pasado reconozca sus culpas. Pero con ello deja su culpa al descubierto. Quien de tal manera se encela con el tiempo pasado como señal de identidad, no tiene propuestas de futuro.
      Y  esta oposición tan plural y que prometía política verdadera, de pacto, de gestión de la vida cotidiana, se olvida por sistema, en un proceso de complicidad imperdonable con la derecha que gobierna, de lo que nos empobrece el presente y nos amenaza el futuro.
       Ese olvido desatiende el empleo, la calidad de los servicios públicos, la garantía de las pensiones, la educación, la protección de la creatividad, la investigación, el medio ambiente o el modelo de la España del futuro, por citar solo algunas cuestiones que, igual, ni siquiera resultan trascendentes para nadie.  
         Eso justificaría que no encuentren cabida en la agenda de nuestros cómicos de plantilla en el Corral de Comedias de la Carrera de San Jerónimo.

martes, 25 de julio de 2017

PRINCIPIOS



No hace mucho, en las elecciones generales del 2011, debatía en las redes con aguerridos anarquistas sobre los inconvenientes de la abstención que favorece, dadas las características de nuestra ley electoral, a los partidos más votados. La abstención no se traduce en escaños vacíos en el Parlamento. De ese voto se adueñan los partidos, porcentualmente, y convierten la abstención en votos propios. Enemigos irredentos, y por igual, del PP y del PSOE estaban empeñados en beneficiarlos con su abstención, puesto que a todas luces serían los dos partidos más votados
No abundaré en esa cuestión ahora.
Mi reflexión es otra. A pesar de que entonces di la batalla por perdida, debí ser muy convincente. Muchos de quienes en aquellos momentos me tildaron de votante colaboracionista con un régimen podrido y moribundo, son hoy el batallón más activo en la redes de Podemos. Tan activos que se diría que no tienen otro oficio que servir de voceros. 
Bien es verdad que pudiera haber razones más humanas. Quizás aspiran a figurar en alguna lista en el futuro; sospecho que esa avanzadilla de ecos sin reflexión y sin sustancia, espera ocupar pronto un sillón entre la casta que detesta.
Alguno de ellos me ha pedido hoy que firme un manifiesto de apoyo a la Constituyente de Maduro. Si la izquierda alternativa de este país no percibe en Maduro lo que  sin duda es,  un gobernante nefasto que ha arruinado al país más próspero de América Latina, un individuo mediocre y ambicioso con aspiraciones de dictador perpetuo que no respeta al Parlamento surgido de las urnas, que amenaza con la cárcel y la expropiación de sus bienes a jueces y fiscales que califican sus propuestas de ilegales y que está dispuesto a arrastrar a Venezuela a la guerra civil, esa izquierda alternativa necesita revisar a fondo sus principios. 
      Esa nueva izquierda corre el riesgo de aparecer como una propuesta decrépita y envejecida, enredada en remover los estantes polvorientos del pasado que no tiene remedio, porque resulta incapaz de ofrecer un modelo habitable de futuro en el que  este país encuentre motivos para el esfuerzo colectivo y noble. 
       No dudo que es un problema de cultura, de cultura democrática y de sentido de estado. En realidad, de cultura política, tan estrechamente unida a la reflexión y la lectura, dos actividades actualmente en desuso.

miércoles, 12 de julio de 2017

La capacidad creativa está obligada a jubilarse


            Se me habrá oído decir en muchas ocasiones que, al contrario de lo que suele suceder, mi jubilación no es para mí causa de júbilo alguno.  Me exigirá un esfuerzo de adaptación a una vida poco útil para nadie, vegetativa, contemplando cómo se acerca el temible deterioro físico que acarrea consigo la vejez, y quién sabe si también el otro deterioro definitivo, el mental; el que te arrebata la conciencia de ti mismo, de los demás, del mundo, y la capacidad de entender y comunicar. A partir de ahí seré nadie. Una carga dolorosa para otros.
            Amenazas temibles, pero también inevitables casi todas si el dado de la suerte no cae  de forma favorable.
            Frente a este discurso lapidario y dolorido, mucha gente me ofrece palabras de consuelo desinteresado y amable.
            Tú escribes,-afirman. Ahora tendrás todo el tiempo que quieras para esa afición tuya. Podrás escribir todo lo que no has escrito hasta ahora.
          En algo aciertan. Dispondré de más tiempo para escribir lo que me plazca. Pero no me puedo permitir que vea la luz. Por si las moscas.
        La mayor parte de las personas que me ofrecen ese consolador refugio desconocen el dilema al que se enfrentan en España los creadores jubilados; pongamos que yo, con mucho empeño,  pueda llegar a serlo. 
            España es de los pocos países de la UE en el que los escritores en edad de jubilación no pueden cobrar su pensión y lo que generan sus derechos de autor y otras actividades, si con ello se rebasa el cómputo anual del Salario Mínimo Interprofesional, según la normativa aprobada por el PP. Dicho cómputo anual era de 9.172,80 euros en 2016.
            Desde 1998, con la nueva ley del IRPF, los derechos de autor, conferencias y coloquios eran compatibles con el cobro de la pensión por la que se ha cotizado toda la vida laboral. Pero en 2013 el Gobierno del PP cambió las cosas al estado actual. Un creador jubilado sólo tiene derecho a percibir su pensión  si no supera con ella y con los derechos de autor el límite establecido del SMI.
            Mucho países de la UE, como Alemania, Austria, Chequia, Chipre, Estonia, Finlandia, Francia, Hungría, Italia, Liechtenstein, Luxemburgo, Noruega, Polonia, Portugal, Reino Unido y Suecia tienen establecido que “una vez cumplida la edad mínima de jubilación es posible acumular el cobro de la pensión de jubilación con el ejercicio de una actividad laboral o profesional, sin que exista un límite para los ingresos obtenidos por esta actividad, norma establecida pensando precisamente, aunque no de forma exclusiva, en la creación artística, literaria o científica.
            Limitar la creación bajo amenaza de hacerte perder la pensión es una medida inexplicable. Quizás no para el PP. De antiguo viene que la mayor parte de los creadores no comulga con este rancio partido plagado de cleptómanos, de corruptos y corruptores, y enemigo del Estado en su vertiente social.
            Más parece un ajuste de cuentas del ínclito Montoro que un asunto importante para las Arcas del Estado. La pensión de los creadores que podrían vivir de los derechos generados por sus obras es el chocolate del loro.
            ¿Acaso pierden su pensión los accionistas que ingresen dividendos de sus acciones por encima del SMI? ¿Se ven obligados quienes tienen ingresos por rendimientos inmobiliarios a renunciar a sus propiedades  o a las rentas de los alquileres para cobrar su pensión?
            ¡Pues, eso!  Un ajuste de cuentas del Consejo de Ministros con la chusma creativa y displicente, reacia a convertirse en un coro de acólitos.     
            He oído que hay iniciativas de PSOE, Podemos y Ciudadanos y que dichos partidos están a favor de que cambie esta situación con la aprobación del Estatuto del Artista. Pero sus señorías tendrán asuntos más urgentes que atender. Ya se sabe que la cultura en este país de creadores universales – esa sí es la marca España-, ahora es un asunto irrelevante, de minorías trasnochadas  y elitistas. Da pocos votos.
            Por tanto, poco consuelo deriva para mí de dedicarme a la escritura. Uno escribe para ser leído. Tener un relativo éxito editorial,-la flauta que sopló el burro- o conseguir uno de esos premios imposibles que siempre ganan escritores con contrato en la editorial que los convoca, resulta una amenaza para un escritor pensionista.
            Si te jubilas y no eres rico ya, en este país no puedes escribir, pintar, esculpir, diseñar o escribir una marcha procesional para la banda de tu pueblo. No sea que tengas algún pequeño éxito y te quedes sin pensión. A ver cómo la recuperas cuando el producto de tu éxito, breve y efímero casi siempre, se te agote.




martes, 11 de julio de 2017

¡Albricias, Montoro nos baja los impuestos!


            Hay estudios profesionales de los que no caben sospechas que estiman a cuánto asciende cada año el fraude fiscal en España.
            Estos estudios coinciden en que el fraude menos influyente es el fraude en el IRPF, es decir, en las rentas dependientes de trabajo asalariado, el único campo fiscal sometido a un rígido control. No obstante, el Estado deja de percibir en torno a 20.000 millones de euros por este capítulo.
            El fraude en el IVA y en el impuesto de sociedades supone de forma resumida la pérdida de otros 20.000 millones de euros.
            El capital huido y refugiado en paraísos fiscales deja de aportar  a las arcas del Estado en torno a 10.000 millones cada año.
            Y la puñalada más grave a los ingresos establecidos por la ley deriva de la economía sumergida. Una quinta parte, calculando de forma generosa, de la actividad económica del país es opaca, invisible para la Hacienda Pública; uno de cada cinco euros de los que circulan cada día por el país no cotiza, no paga impuestos, es dinero negro.
            Calculando sus ciclos y altibajos el fraude fiscal en España oscila entre los 80.000 y 100.000 millones de euros cada año.
            De hecho, la recaudación correcta  mantendría equilibradas las cuentas del Estado; las habría mantenido, incluso, en los peores momentos de la crisis, sin necesidad de recurrir a los fondos de inversión, a los usureros que generaron la crisis y nos hacen pagar las consecuencias de sus locuras económicas. Pero, con semejante panorama, el déficit será eterno y creciente o tendremos que sacrificar buena parte de los servicios públicos y de las pensiones para pagar nuestra deuda.
            Lejos de acometer reformas fiscales, destinadas a ejercer un control eficaz sobre esa forma de delincuencia empobrecedora y terrible, el Estado se ha dedicado a pedir dinero a crédito o a recortarnos los servicios que  nos debe.
            España dedica muchos menos medios al control del fraude fiscal que cualquier otro país europeo de nuestro entorno  y de ello se quejan continuamente los propios inspectores de Hacienda.
       Hay, además, una ley inicua que afecta profundamente a la persecución de esos delincuentes organizados. Es arbitraria, inexplicable, injustificable para cualquier ciudadano de a pie, y  establece la obligación de cerrar cualquier investigación fiscal en un plazo de doce meses. Es decir, cuando los inspectores comienzan una investigación por indicios de fraude, o encuentran pruebas fehacientes de la existencia del fraude en un año, o deben cerrar el expediente. Un plazo que no responde a ninguna razón lógica, y cuya única finalidad objetiva es la protección de los grandes evasores.
        El gran delito fiscal, el multimillonario,es difícil de investigar; cuenta con el apoyo de infinidad de expertos, economistas, asesores, abogados, bancos que blanquean y cierran el rastro de las cuentas… Una selva virgen.  
            En ocasiones, la Inspección Tributaria desiste de iniciar determinadas actuaciones, a pesar de la importancia de las cantidades defraudadas, por el convencimiento de que en el plazo establecido será imposible concretar las pruebas.
            ¿Por qué ningún gobierno ha propuesto el cambio de esta ley? ¿Es que nadie en el Parlamento es consciente de esta injustísima disposición que favorece el crimen organizado? No otra cosa es la evasión de impuestos.
            Parece duro, pero sólo cabe catalogarlo como complicidad necesaria  del Legislativo con los delincuentes de cuello blanco y maneras educadas.
           Lejos de afrontar la necesaria reforma fiscal, el Parlamento se ocupa de sus cosas.
            La derecha, seguramente complacida con la Deuda que ha aumentado durante su gestión  en 300.000 millones de euros, complacida con el saqueo de la Caja de Pensiones que ha dejado vacía, complacida con los copagos sanitarios, con las listas de espera de personas dependientes sin atender y que morirán sin ser atendidas, con los recortes en los servicios públicos y con la necesidad de recurrir a préstamos para pagar la pensiones de junio, nos bajará los impuestos, el “caramelito” de final de legislatura , en opinión de Montoro, que ahora se adelanta a petición de sus compañeros de viaje, la otra derecha de rostro juvenil que anda sacando pecho por su logro.
            Y la izquierda anda calculando cuántas Españas caben en esta vieja piel de toro o proponiendo maniobras divertidas  que merecen algún minuto de gloria, como la expropiación y conversión en economato de una catedral de Barcelona.
            Echo de menos el sentido de Estado necesario para que este país tenga un futuro razonable. Estoy convencido de que ese futuro es posible,  de que  el estado del bienestar no es inviable. España es viable si combate el fraude de forma eficaz. 
    El fraude sistemático , organizado y de larga duración ha generado nuestra deuda, no los servicios del Estado. 
     Basta ya de mentiras. La cuna de la pobreza la mecen con mentiras y verdades a medias.
            Lo inviable, lo inaceptable, lo ilegítimo es el fraude fiscal que goza de tan buena salud entre nosotros.
            También resulta inaceptable esta clase política, sin distinción de siglas, que oscila entre la desvergüenza, la ineptitud y la irresponsabilidad.
            Me avergüenzan casi sin excepción.

jueves, 6 de julio de 2017

No tenéis derecho a nada

         Miguel Ángel Belloso (@ChicoDeDerechas), en la Revista Expansión de la semana pasada nos ilustra sobre el viejo sueño de los verdaderos enemigos del Estado, el ultraliberalismo, cada día más arraigado y más nocivo, en tanto en cuanto su discurso, que destila babas venenosas como las que atribuyen a los dragones de Comodo, se hace fuerte y encuentra eco, incluso entre los parias de la tierra.
Lo alarmante es justamente eso, que el discurso de los enemigos del Estado se hace fuerte, encuentra resquicios, gana adeptos en una sociedad manipulable, inculta, irreflexiva, y probablemente cansada y confundida; una sociedad indefensa.
El tal Belloso ((@ChicoDeDerechas) se hace eco de un discurso del protagonista – magistralmente encarnado por  Kevin Spacey- de la serie “House of Cards”  que narra crudamente las miserias políticas que genera la ambición del poder, incluso en sistemas democráticos aparentemente irreprochables.
Frustrado en sus ambiciones cuando ya las tiene al alcance de la mano, en su despedida como presidente interino, ese político sin conciencia deja a sus conciudadanos un discurso demoledor.
Yo no he seguido la serie de forma regular, así que transcribo el resumen de Belloso; dice esto:

“Los políticos de Washington les mentimos. Habitualmente. Todos los días. No estamos aquí para servirles. Nuestro propósito máximo es ser reelegidos. Ése es nuestro deseo principal, y eso eclipsa nuestra voluntad de trabajar por el bien común. 
Pero yo hoy vengo a decirles la verdad. Y la verdad es que el sueño americano ha fracasado. Que trabajar duro y que cumplir con las normas no les asegura el éxito. La verdad es que sus hijos no tendrán mejor vida que ustedes si todo sigue igual. Hoy hay millones de desempleados que no encuentran trabajo y que no lo van a encontrar si nada cambia. 
Y bien: ¿qué es lo que lo impide?; ¿qué es lo que nos ha colocado en esta desagradable posición?; ¿qué es lo que nos perjudica? Pues se lo diré. 
Lo que lo impide es la seguridad social, el Estado del Bienestar y los derechos sociales. 
¡¡Los derechos sociales!! 
Esos son el problema. Esta es la clave, la raíz de nuestro fracaso”

Propongo humildemente que se tomen la ligera molestia de releer el párrafo anterior.
No es el producto de la mente imaginativa de un guionista pasado de rosca. Es el extracto de miles de discursos políticos que se van desgranando cada día como la gran verdad de nuestras vidas. 
Envalentonado, a favor de corriente, sin que se aviste una izquierda vigorosa en lontananza, con un precariado acobardado por la escasas o nulas expectativas laborales, ese discurso escapa del guión de una serie y cobra visos de proyecto político, un proyecto que se enuncia con tibieza, un territorio que se conquista poco a poco y luego se blinda con leyes emanadas de parlamentos aparentemente democráticos. Eso lo sabe el tal Belloso que cierra su exposición en la Revista con palabras vibrantes y autocomplacientes.

“Los que somos un poco inteligentes, los que hemos estudiado algo, sabemos que ese discurso es realmente fabuloso. Fascinante. Esconde un magisterio universal: el Estado del Bienestar ha reblandecido nuestra voluntad, ha cortado nuestras alas. La protección social indiscriminada ha producido una sociedad mediocre y temerosa. El Estado del Bienestar fabrica unos ciudadanos de tercera división. Esto es lo realmente importante del discurso…/..  ¡Que ha dado en el clavo del mal que asuela el mundo! 
España es un bueno ejemplo de lo que digo. Por eso, en aras de empezar una nueva era, las primeras palabras que un político de nuestra nación que se precie debería pronunciar serían éstas: "Españoles, no tenéis derecho a nada. Repito, no tenéis derecho a nada". Yo estoy altamente persuadido de que, al día siguiente, a todos nos iría bastante mejor.
Aceptar humildemente que no tenemos derecho a nada sería un buen punto de partida para volver a construir una nación sólida”.

No siente reparos en firmarlo. Seguramente se ufana ante los suyos. Incluso se califica de inteligente, porque ha estudiado algo. 
La vieja aspiración de la derecha y del liberalismo radical es  acabar con la vertiente social del Estado, salvaguardando solo sus funciones represivas para garantizar el orden que precisa la explotación económica de los recursos y de las personas sin grandes inconvenientes ni rechazos. Ya ni se preocupa de las apariencias. Y los más bocazas, los meritorios o los estúpidos, se convierten en voceros de sus verdaderas intenciones.
“Españoles, no tenéis derecho a nada. Os presento el estado ideal, la dictadura; construiremos una nación sólida, grande y libre, donde los derechos sociales no interfieran en la sana ambición de acumular riqueza”.
        Este inteligente individuo, que ha estudiado algo según proclama y yo no pongo en duda, se sentiría feliz si un dictador benéfico nos liberara de esta insoportable carga de derechos, de que acabara con la evolución social de la humanidad desde que nos alumbra la razón. 
     ¿Qué otra cosa es el progreso humano sino la lenta conquista de derechos en pos de esa vieja aspiración, rara vez cumplida, que es la igualdad ante la ley? 
     ¿No es ese el fundamento de la democracia? 
      Parece que el sentido de la democracia es el problema que el  "un poco inteligente y algo estudiado" articulista de Expansión no ha sabido resolver.
        Pero su discurso tiene un largo recorrido.
      "Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades". ¿Se nos ha olvidado que fue esa la gran coartada para justificar la crisis financiera que nos embistió? ¿Se nos ha olvidado que no la generaron los derechos sociales, ni la Seguridad Social, sino el ansia especulativa de la Banca de Inversión y de los Fondos de Riesgo americanos? ¿Se nos ha olvidado que la derecha gobernante ha utilizado esa coartada para desmontar en buena parte el Estado de Derecho que sancionó la Constitución del 78?
        El tiempo produce olvidos inevitables, pero hay olvidos verdaderamente peligrosos.











miércoles, 28 de junio de 2017

Corral de Comedias

         Al final la democracia se resiente. Porque cada día el escaparate político va pareciéndose más a una función teatral en la que cada actor realiza su papel durante la representación, según el guión establecido y sin intenciones de cambiarlo.
        Nos cuentan que Bárcenas ha sido fuerte, ha guardado silencio, ha retado  o, incluso, se ha mofado de la Comisión Parlamentaria.
         Pero, ¿acaso sus señorías esperaban otra cosa?
       ¡No!  Sin duda no esperaban otra cosa. Pero en algo han de ocupar el tiempo. Y en algo que parezca trascendente, que ocupe páginas en los periódicos y minutos en las noticias televisivas. Porque eso es lo que importa, el minuto mediático, la foto de portada, la apariencia.
          A nadie en su sano juicio le queda duda alguna sobre la corrupción institucional que ha arraigado en el partido Popular durante décadas, corrupción institucional que ha propiciado también la corrupción individual a niveles desconocidos. 
    Pero nadie en su sano juicio esperaría que estas comparecencias sobre la financiación irregular de ese partido tengan alguna consecuencia. No cambiará el sentido de un solo voto en este país cainita que vota con las tripas, con una arraigada conciencia guerracivilista de pueblo empecinado y primitivo, que concibe los bienes públicos como un cuerpo muerto, carroña que es lícito repartirse.
     Esta Comisión, como tantas otras, es una distracción inútil. En algo han de ocupar sus señorías su tiempo bien pagado.
     Y, al final, la democracia se resiente. Los ves ahí, empeñados en asuntos inútiles, y te parecen cobayas obstinándose en hacer girar la rueda que no puede avanzar, gastando energías de forma mecánica y estúpida.
           En lo demás, en las cosas que afectan a la vida de la gente, nada cambia. Quizás porque todo está atado y bien atado. Quizás porque todo es teatro puro, juego de roles para mantener las apariencias.
            Mientras, por citar solo algún asunto cotidiano de los que carecen de importancia como para merecer la atención de nuestros actores más cualificados, los autónomos españoles, en comparación con otros países europeos de mayor renta per cápita y mucho menor índice de paro, son tratados como los galeotes del sistema, altas cuotas, escasísimas prestaciones  y una desconfianza sistemática que los cerca cuando van al médico. No obstante, el Estado traslada al sistema educativo la obligación moral de formar emprendedores, es decir ilusos que sostengan el chiringuito mientras la evasión de impuestos del gran capital apenas se persigue o se estimula con amnistías fiscales vergonzosas.
       Y los creadores jubilados están amenazados de perder la pensión por la que han cotizado toda su vida laboral, si alguna de sus creaciones tiene éxito, aunque sea un éxito efímero y puntual.
     He ahí dos leyes, entre cientos, que merecerían reclamar la atención de esa caterva de actores bien remunerados que han prometido dejarse la piel para mejorar nuestras vidas, pero saben que todo es una farsa para tenernos distraídos.
   Al final la democracia se resiente, cuando la gente comprueba  durante mucho tiempo que en el Parlamento falta corazón solidario con la gente, compromiso y sentido de Estado y sobran intereses, poses oportunistas, discursos que brillan un momento y se apagan como pavesas de papel, sin que a nada obligue a quien acaba de pronunciarlos, como si fuera el discurso un fin en sí mismo.
    Nos costó mucho cimentar la democracia. 
  No suponíamos que convertirían el Parlamento en un Corral de Comedias

lunes, 5 de junio de 2017

Cuando la derecha baja impuestos


      La derecha política, es decir,  la derecha económica que busca administrar los poderes del Estado en su propio beneficio, es también una enemiga declarada del Estado en su vertiente social, la que presta servicios que palien en parte las desigualdades que genera el capitalismo.
            La primera obligación de un político de derechas cuando alcanza el poder de legislar es bajar los impuestos. Y, a veces, hasta la gente pobre lo celebra y lo agradece.
            Bien por la derecha que nos baja los impuestos. Porque el Estado nos roba con impuestos el sudor de la frente.
             La mentira o la verdad a medias generan hoy rendimientos netos extraordinarios en el ámbito político. Cuando la derecha baja impuestos a los pobres es como cuando les sube las pensiones a los pensionistas. En ningún caso lo perciben los bolsillos de los afectados. Las bajadas de impuestos de la derecha solo las perciben los ricos. Solo a ellos se los baja de verdad
            Y cuando la derecha baja impuestos, se resiente el Estado y se resienten los servicios que el Estado nos debe devolver por los impuestos que pagamos.
            Y se resienten los servicios de aquellos que más lo necesitan.
            Mirad el caso inglés que aún sangra en los titulares de prensa de media Europa. Theresa May, la discípula pazguata de aquella Thacher que tanta paz haya como olvido merece, ha hecho una propuesta demencial en su programa político.
            En cuatro días los votantes dirán algo al respecto, pero el votante a veces acepta una propuesta criminal si con ello cree que pone a salvo su pellejo.
            Theresa May ha propuesto lo que  se ha bautizado en el Reino Unido como un impuesto a la demencia. Consiste en un copago sanitario que deben afrontar en exclusiva los jubilados. Esas personas deben hacer frente a sus necesidades sanitarias con sus propios  recursos, aunque tengan que hipotecar sus domicilios para ello. La otra opción es no recibir la atención que su salud precisa.
            El impuesto será mucho mayor si la persona anciana ha de recibir asistencia sanitaria en su propio domicilio, personas dependientes  con movilidad reducida o  afectadas por enfermedades mentales sin remedio, como el alzhéimer o la demencia senil. De ahí el nombre con que su propuesta ha sido recibida.
            La derecha política ha de hacer propuestas como esta, contra los más desvalidos y necesitados, cuando no le cuadran los números. Las necesidades sin cubrir le importan un bledo. Veréis el grado de radicalización ideológica en el aumento progresivo de desprecio a los servicios públicos, en la descalificación de los dependientes, en la proclamación a voz en grito de que cada uno tiene derecho a los servicios que pueda costear.
            El punto más nocivo de esta ideología establece como únicos servicios que el Estado debiera atender un cuerpo de policía, los jueces y el ejército. Aquellos servicios que sirven para defendernos de los otros.
            Todo lo demás es superfluo, gasto inútil del Estado que se destina a mantener gorrones, perezosos,  gente acomodaticia y sin ambición que no se esfuerza en cuidar de sí misma, y que vive a costa de lo que el Estado roba a la gente creadora de riqueza mediante los impuestos, para conseguir votos.
            Id a besar la mano que os baja los impuestos, es la misma que os deja sin la protección que nos debe el Estado, la misma que propone abandonar a los viejos improductivos  a su suerte.
            Sin un Estado con proyección social, la mayor parte de nosotros acabaremos mendigando o buscando alimento en los contenedores de basura, el mismo destino de los viejos inútiles en Bangladesh, el modelo hacia el que tiende la Europa del mercado, que nada tiene que ver con la Europa de los pueblos.
    Pero nos encanta que nos bajen los impuestos. Y secundamos campañas en la red, porque creemos en la historia bíblica de un maná que cayó del cielo. 
     Como el burro de la noria, felizmente protegido por el antifaz orejero, nada vemos de lo que sucede alrededor.         

martes, 30 de mayo de 2017

El comisionista Trump no quiere distracciones

       Sabíamos muchas cosas de Donald Trump. Sospechábamos otras que el tiempo se encargaría de confirmar o desmentir. En el caso de este individuo el tiempo pasa a velocidad de vértigo porque antes de cumplirse los cien días de mandato que alguna norma de cortesía parlamentaria tiene establecidos como plazo para que los nuevos mandatarios se asienten, ya pende sobre su cabeza el último y más poderoso recurso que la Constitución Americana estableció para defenderse de presidentes peligrosos, dementes, inmorales o con tendencias dictatoriales, la destitución por parte de las Cámaras de representantes. Algo que nunca ha sucedido, porque Nixón dimitió antes y porque, en contra de lo esperado, Clinton salió ileso.
            Lo de Trump es  todo un récord. Y no resulta extraño en absoluto.
             Trump es un vendedor de feria de incultura vergonzante, pero capaz de convertir esa carencia, que debiera haberlo inhabilitado en la carrera presidencial, en todo un éxito de ventas.
      Trump carece de conciencia moral y se ufana de ello; y , como acaba de demostrar en su periplo por la Unión Europea, no tiene ni educación elemental. Se ha manifestado ante el resto del mundo con su verdadero rostro, como un patán capaz de hacernos sentir vergüenza ajena en el salón de baile de la diplomacia internacional. Pero  en ese aspecto está mucho más adaptado a sus votantes americanos de lo que la mayor parte de los políticos europeos lo están a los suyos, con la excepción de Marine Le Pen.
            Trump se ha izado sobre cimientos inestables, sobre el voto asustado de los perdedores de la globalización. Sabe que el miedo genera fidelidades inquietas y poco duraderas. De ahí su necesidad de confirmar su discurso ante sus votantes toscos, provincianos, abrumados por la angustia de quedar abandonados en los límites tenebrosos del fracaso,  de convertirse en perdedores,  ese insulto que tanto gusta al ganador Trump.
          El votante americano de Trump no entiende de diplomacia, quiere ganar su guerra contra el empobrecimiento al que la globalización lo ha condenado. Y entiende los problemas derivados de esa globalización como una guerra verdadera. Trump ha pasado por Europa a declararla. “Los alemanes son muy malos porque (fabrican, se supone, buenos coches) venden muchos coches en Estados Unidos. Hay que pararlos”. Eso ha dicho.
            Pero lo ha dicho para lo escuchen sus votantes.
            Y ha dejado en los gobiernos europeos una mezcla de cólera disimulada bajo la necesaria cortesía y de desesperación por las consecuencias sobrevenidas de esa declaración virtual de hostilidades.
            En realidad, Trump se ha montado en el Air  Force One y ha puesto rumbo al extranjero huyendo del aire viciado de la Casa Blanca, envenenado de rumores de connivencia con los servicios secretos rusos para ganar las elecciones presidenciales. Pero, también con la firme voluntad de llevarse a casa algún éxito.
            Y lo ha logrado; el comisionista Trump ha hecho una buena venta de armas, las más alta que se conoce, a las monarquías teocráticas y corruptas del golfo pérsico que instigan y financian el islamismo radical, el mismo que surte de suicidas desesperados al terrorismo; y no le anda a la zaga el acuerdo logrado con Israel, un país proclive a utilizar el argumento de las armas, usadas de forma desmesurada,  en su relación con sus vecinos.
            También ha hecho un intento formidable con la Unión Europea; ha reclamado el diezmo que las inmorales y oscuras industrias de guerra consideran suyo. El comisionista Trump, con el discurso amenazante de un matón que ejerce de cobrador de prestamistas mafiosos, ha venido a reclamarnos que los europeos gastemos en armas un porcentaje importante de nuestro PIB.
    Podría haber intentado, junto a las otras personas poderosas que   se reúnen para tratar sobre las condiciones de la vida humana, pactar un mundo donde las armas no fueran necesarias. Pero su verdadero oficio es actuar de comisionista de la industria armamentística. Esta era una de las sopechas que teníamos, sospecha que él no ha tardado en confirmar.
            El desastre climático y los refugiados abandonados a su sufrimiento son distracciones que su negocio no puede permitirse.

sábado, 13 de mayo de 2017

Nostalgia

        Hubo un tiempo en el que el futuro era una patria desconocida, pero amable,  en la que nuestros sueños esperaban convertirse en realidad; y hacia el futuro  volaban nuestras esperanzas.
            Hoy el futuro es igualmente desconocido, pero lo presentimos hostil, insolidario y agresivo. Y a falta de un futuro acogedor al que encaminarnos con confianza, vemos en las naciones más desarrolladas de la tierra una floración inesperada de nostalgia. Cuando avistamos un futuro amenazante, buscamos refugio en el pasado.
            Esa querencia por la protección imposible del pasado vota en las elecciones, y ha dado el triunfo inesperado a un impresentable Donald Trump, analfabeto político con la acuciante necesidad de pasar a la historia como el comandante en jefe que fue capaz de volver a ganar guerras y delincuente financiero confeso. A Trump lo ha elegido la nostalgia de una América grande y protectora
            Es la misma querencia que ha provocado una alarma justificada en la vieja Europa de los mercaderes ante el riesgo de que un triunfo del nacionalismo fascista francés diera al traste con el chiringuito del mercado único y los paraísos fiscales para la tributación empresarial en seno de la Unión. A Marine Le Pen la ha llevado en volandas hasta las elecciones presidenciales la nostalgia de un pasado difuso donde se atisba el franco,  las fronteras cerradas y la persecución de minorías debidamente criminalizadas.
            Podemos decir que Macron ha derrotado a la nostalgia y ha hecho el boca a boca a una Europa exhausta que pierde adeptos al mismo tiempo que se diluye su influencia política en el mundo globalizado. Pero los efectos de esta victoria se diluirán en muy corto plazo.
            Porque el cuarto poder que Montesquieu ignoró a voluntad en su propuesta de control mutuo no da respiro. Nos predican que este que tenemos entre manos es el único mundo posible, que no hay alternativa. Y Rajoy añade una sabida coletilla, este mundo es el que propone el sentido común. Pero desde el horizonte de este mundo dominado por el sentido común de  una minoría que permanece en las sombras de las grandes corporaciones económicas no percibimos que sea posible en el futuro esa vieja utopía que era la meta de nuestro viejo empeño político, conseguir algún día una sociedad equilibrada, más justa, más humana, en la que las desigualdades tendieran a ir desapareciendo. ¿Qué otro objetivo puede perseguir una ideología decente, de la que uno no deba avergonzarse?
            Ese viejo sueño, forjar una polis donde la felicidad del individuo encuentra su concreción en la felicidad colectiva, ha perdido vigor. Y en consecuencia ha perdido sentido el esfuerzo colectivo por el bien común.
            La sociedad actual es una enferma crónica. Está aquejada por graves dolencias sociales, pero intenta paliarlas con soluciones para los individuos. Tampoco esas soluciones están garantizadas. Son legión los individuos que quedarán desconectados, aislados, olvidados, sacrificados en suma. El mensaje dominante y el que ha calado en la conciencia de la gente es bien simple, pero bastante eficaz. “Este es el único mundo posible”, nos dicen. “Adáptate o perece. Mejora tu posición, búscate un sitio en la cubierta del barco o morirás entre las olas”. “Pilla tu trozo del despojo que se está repartiendo y defiéndelo con uñas y dientes”. Olvida a los demás, no hay para todos”.
            Pero esta sociedad deshumanizada que se vislumbra desde el presente no es la mía, no es la nuestra. Es inmoral, irracional, insolidaria y degenerada.
           A fuerza de haber sido frustrados en sus esperanzas, ante la amenaza de quedar desprotegidos en un mundo sin reglas morales, la reacción defensiva es la autodefensa, el miedo, – o el odio-, al otro, al que vemos como competidor. Y el miedo-odio es la tierra fértil donde crecen salvadores inicuos, mesiánicos manipuladores que inventan paraísos imposibles. Cada uno de ellos guarda en su interior el proyecto de un dictador viable.
         Los conozco. La historia ha dado ya muchas cosechas de salvadores mesiánicos.
            Hemos transitado ya muchas veces por periodos oscuros donde el futuro resultaba amenazante. Sin embargo, una cosa resulta indiscutible. El futuro no está escrito, depende de nosotros, de nuestra capacidad de recuperar  la conciencia colectiva y de corregir esta deriva que nos lleva a una organización social inestable e injusta . 
     Y el pasado que quiere recuperar la nostalgia que vota por miedo  es una bandera harapienta sobre la que aún se pueden distinguir manchas de sangre.
               





domingo, 7 de mayo de 2017

El candidato Macron según un Nobel de Literatura



            He de reconocer que me ha tenido desconcertado durante varios días la negativa de Mélenchon a solicitar el apoyo de sus votantes para Macron, a sabiendas de que la abstención es una transfusión de poder para el  Frente Nacional. Y el Frente Nacional es el rostro amenazante del Fascismo que renace de sus cenizas por la nefasta gestión de la crisis que ha llevado a cabo la Europa de los mercaderes, la de los prestamistas y la de la ingeniería fiscal aventajada que arrebata los impuestos a los socios.
            La Europa Liberal que olvida las personas, porque a veces entorpecen el legítimo derecho a enriquecerse, ha amamantado a esos hijos que ahora amenazan su futuro.
            Pero hoy he llegado a entender a Mélenchon. Y se lo debo al premio Nobel de Literatura don Jorge Mario Pedro Vargas Llosa. Hoy don Mario, con su pluma magistral, derrama sabiduría en las páginas de opinión de El País y me ha hecho comprender la razón de la abstención de buena parte de la izquierda más radical o más consciente del país vecino.
            Pide el Marqués de Vargas Llosa el voto para Macron, un verdadero revolucionario en la Francia actual, puesto que se proclama liberal.  Y según Vargas Llosa Francia lo necesita ahora porque él devolverá el protagonismo al empresariado, y lo librará del pesado yugo de los impuestos de un Estado rapaz y empobrecedor. Macron, en opinión de este apátrida de las letras tras su descalabro político en su propio país, adelgazará a ese estado adiposo y voraz para reducirlo a sus funciones primordiales, aquellas que verdaderamente le competen, la administración de la justicia, la seguridad y el orden público.
            Desconozco el programa político del señor Macron en sus aspectos concretos. Por tanto desconozco si las afirmaciones de Vargas Llosa  responden a su programa verdadero o son la proyección del Liberalismo que el escritor peruano concibe como solución del mundo.
            Concebir que la organización de una sociedad cualquiera ha de estar supeditada a la barra libre de la empresa para generar riqueza es, cuando menos, una irresponsabilidad de proporciones  escandalosas. Pero es sobre todo una inmoralidad y una aberración que tiene que alarmarnos, especialmente por provenir de una persona de indudable talla intelectual.
            Su concepción del hombre me avergüenza. Por muy liberal que este hombre se proclame, no parece haber superado aún la teoría política que estableció Platón en la República. Solo que ahora la finalidad de la organización social no es la justicia y el bienestar, sino el enriquecimiento de algunos y el lugar privilegiado no es el de los filósofos y los sabios, sino el de los empresarios; suyo es el mundo, suyo es el derecho a diseñarlo y a diseñar las leyes que gobiernen las vidas. A su servicio han de ponerse los gobiernos. Sucede, desde luego. Pero proclamarlo como doctrina política resulta de un cinismo insultante.
            Y por lo que respecta a su concepción del Estado, ha avanzado en el tiempo. Arrinconó a Platón y ya conoce a Hobbes. Pero no parece haber superado la visión de aquel filósofo misántropo de siglo XVII. Ese estado que concibe Vargas Llosa, cuya función primordial sea defendernos a los unos de los otros, es prácticamente incompatible con las democracias occidentales. Esa teoría sirvió para intentar justificar el mantenimiento de las Monarquías Autoritarias. Contra ese Estado que tiene Vargas Llosa en la cabeza Europa hizo innumerables revoluciones y las fue ganando poco a poco.
            Él, seguramente por el privilegio tardío de su título nobiliario, no podrá comprender que la función de los Estados no es defender privilegios de nadie , sino dar sentido a la proclamación primordial de la igualdad humana y eso se hace redistribuyendo las riquezas que una nación genera mediante servicios que sirven para paliar las desigualdades que el Liberalismo a ultranza se complace en generar. Para eso establecimos los impuestos y para eso reclamamos a los Estados servicios más importantes que mantener el orden público, como  la educación, la salud, el cuidado medioambiental y a la atención a los excluidos del sistema, por citar solo algunos que él olvida a voluntad.
            Vargas Llosa llama a la prestación de esos servicios un “estatismo adiposo que empobrece”. Y esos servicios no los considera competencia del Estado, sino de gestión privada. Y que cada cual goce de aquellos que pueda costearse, la proclama más salvaje del pensamiento liberal.
            Con esa concepción del hombre y de la sociedad no resulta difícil entender que la defensa y el orden público sean su principal preocupación. La sociedad que derivaría de sus propuestas llevadas a efecto sería radicalmente injusta y, como consecuencia, explosiva.
            Gracias al artículo de opinión de don Jorge Mario Pedro Vargas Llosa, si yo fuera francés y estuviera en condiciones de votar, quizás habría optado hoy por la abstención.
             El candidato Macron que dibuja resulta espeluznante.