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lunes, 29 de agosto de 2016

DE VUELTA, AÚN SIGO INDIGNADO Y CONFUSO.

         En estos meses de silencio he recibido alguna muestra de educada protesta por cerrar el blog sin despedirme. En realidad no había cerrado el blog. Me he distanciado de él a voluntad.
      La indignidad que cerca nuestras vidas es mucho más resistente que la grama, te desborda, te deja sin recursos creativos a fuerza de repetirse de forma ineludible o de ofrecer mil caras que uno es incapaz de abordar con la coherencia y el distanciamiento necesarios.  
            La indignidad agota.
            Y confunde.
            Uno acaba por sospechar de las certezas propias, del análisis que aplica a los acontecimientos cotidianos que limitan nuestra existencia individual y colectiva.
            Y una persona confundida poco tiene que aportar a los demás. No tengo la arrogancia alocada que impulsa a creerse necesario en este mundo donde todos escribimos y casi nadie lee.
            Vuelvo;  aún sigo indignado. Y cada vez más confundido.
            La indignación tiene mil causas. Permanecen intactas. Incluso proliferan como casi todas plagas. Se multiplican cada día y atascan los respiraderos de la esperanza.
            Y sobre mis confusiones, la más llamativa tiene que ver con la actitud del PSOE en este largo periodo de desgobierno desde las últimas elecciones. No logro descubrir qué objetivo persigue. Parece rehén de un ejército de temores aguerridos, que probablemente nos llevarán a las terceras elecciones generales.
            Desde la noche electoral, Rajoy reclamó su concurso para que este país resultara gobernable. Era consciente de que sin la abstención del PSOE no podría, no podrá, forma gobierno tras la política soberbia y de tierra quemada que practicó durante el negro cuatrienio de mayoría absoluta.
            ¿Qué podemos hacer con ochenta y cinco escaños y rodeado de enemigos por los cuatro costados? ,- se preguntarán en la Ejecutiva nacional. Habrá también quién se pregunte hasta cuándo será capaz de resistir Pedro Sánchez, porque ambiciona ocupar esa vacante, al parecer envenenada.
            Entiendo que el único partido que asumió la responsabilidad de formar gobierno en las anteriores elecciones, frente a la cobardía del ganador nominal, sea preso de un cierto resentimiento hacia la sociedad española que lo castiga en las urnas y lo convierte en responsable único de la crisis.
            Pero en política esa actitud es autodestructiva.
          Si yo, un hombre confuso, hubiera tenido que decidir, habría puesto ante Rajoy, – parece inevitable que gobierne de nuevo-, un alto precio por la abstención del grupo socialista. Una negociación con luz y taquígrafos y con un alto contenido de políticas sociales y económicas. Habría obligado a Rajoy a gobernar con una parte sustancial de mi propio programa. Habría hecho algo extraordinario, gobernar, o casi, desde la oposición e intentar capitalizar parte del voto perdido.
          Pero yo soy solo un hombre cargado con el peso de la confusión, que pone en duda cada día sus propias certezas ¿Quién soy yo para aconsejar a un partido centenario? A los partidos les basta con pedirnos nuestro voto. Jamás nos piden consejo.