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sábado, 22 de abril de 2017

Hay gente que llora a solas

          Rajoy parece no saberlo, pero hay gente que llora a solas con frecuencia. Y están en cualquier lugar, si tienes la valentía de indagar en la intimidad de quien se siente fracasado.
            Pero Rajoy, enlodado hasta el cuello con los casos de corrupción que  mantienen a su partido bajo una montaña de basura acumulada desde los gobiernos de Aznar, ha dado órdenes de ensalzar la recuperación económica como almadía que los libere del naufragio. El gallego taimado que preside el gobierno no sabe que hay gente que llora a solas con frecuencia. Y si lo sabe, prefiere no hacer mención de ese tributo humano que cada crisis reclama como pago.
            Tampoco parecen saberlo quienes apoyarán sus presupuestos.
            Sin embargo, lo peor que nos ha dejado la crisis es esta gente que llora a solas.
            Desconozco la realidad de las cifras y las previsiones económicas que cada día va desgranando el gobierno como justificación de sus aciagas medidas y para poner sordina al llanto de quienes lloran a escondidas.
            Y me resulta imposible creer las noticias al respecto. Soy consciente de que el principal recurso político en la actualidad para conseguir el poder o para mantenerse en él es la manipulación, la mentira cruda, y la complicidad de muchas fuerzas que interactúan para mantenernos medianamente apaciaguados.
            Pero aun siendo ciertas, sería una verdad que no consuela a casi nadie. El crecimiento, de haberlo, no tiene apenas proyección social. Engrosa, en todo caso, la hucha de los beneficios empresariales y los dividendos del accionariado de las empresas que han convertido la tormenta económica en la ocasión perfecta. Para eso llevó a cabo el PP su reforma laboral. Para eso ha llevado a cabo sus reformas fiscales  o ha acentuado sus tendencias para facilitar la evasión fiscal, especialmente de las grandes corporaciones y de las firmas que integran el IBEX 35. Prácticamente todas ellas tienen sucursales en paraísos fiscales, y no creo que se deba a una decidida voluntad de expandirse por otras regiones de la tierra.
            Y como consecuencia de esa gestión interesada de la crisis que han hecho cleptócratas de pro y discurso engañoso, hay gente que llora desconsoladamente con frecuencia. Y me consta que a solas  casi siempre, ocultando a los demás su conciencia de culpa, de fracaso y su autoestima hundida en el fango maloliente de un presente sin empleo y un futuro sin esperanzas. La recuperación no será una realidad hasta que esta gente que llora a solas no deje de llorar y detente ese derecho ambiguo que establecen las constituciones democráticas a gozar de condiciones  que le permitan llevar una vida digna.
            ¿Y la izquierda…? ¿Dónde habita la izquierda, aquella que enarbolaba no hace mucho las palabras justicia y dignidad? ¿En qué tajo se afana para que recuperemos al menos una parte de lo que perdimos? ¿Dónde guerrea ese ejército al que confiamos la defensa de nuestras escasas pertenencias? ¿Sabe esa izquierda que hay mucha gente que llora a escondidas con frecuencia porque el sistema les ha arrebatado la esperanza, la autoestima y el futuro?
            Lo dudo.
            Unos se afanan en presentarse como alternativa de gobierno, como un partido con futuro, pero ante nuestros ojos aparece sumido una guerra fratricida y feroz, que lo dejará débil, dividido, inútil para prestar ningún servicio a la sociedad durante un largo periodo.
            Y otros son evidentemente extraparlamentarios e imitan a la derecha más integrista en las maneras. Prefieren el autobús a los escaños.
            Lo diré abiertamente, rememorando a un maestro antiguo en un discurso ante el Senado Romano, “aperte dicam”, la izquierda que hoy ocupa los escaños en el Parlamento no me representa. Y la derecha nos es digna de representarme.
            No soy un caso extraordinario. Por lo que oigo y leo, mucha gente de la que consolidó la democracia, casi en los límites ya de nuestra vida laboral y en cierto modo pública, compartimos ese sentimiento de orfandad.
             La tecnología subvencionada en su desarrollo por el gran capital trabaja contra el hombre en muchos casos, con el objetivo no confeso de expulsarlo del sistema productivo para reducir costes y obligaciones sociales, y nadie parece excesivamente preocupado por la legión de víctimas que  está generando este proceso imparable, víctimas condenadas a la exclusión, a la vergonzante beneficencia o a la solidaridad de la familia.
            La aberración mayor es que el sistema tiene medios precisos para que las víctimas se conviertan en culpables: inadecuada formación, poca flexibilidad, inadaptación a las nuevas condiciones del mercado, falta de iniciativa y de ambición. A la larga la culpa recaerá sobre la víctima.
            Ese sentimiento de orfandad que creo compartir con mucha gente tiene que ver con el convencimiento íntimo de que, a pesar de los esfuerzos realizados, nuestros hijos tendrán una vida peor que la nuestra.
            Tiene, también, que ver con el hecho de que nadie, desde el Parlamento y desde la propia sociedad civil quiere oír ese llanto avergonzado y sordo de los que lloran a solas, porque entre todos les hemos arrebatado la dignidad, la esperanza y la autoestima.
            Nosotros, también hemos ayudado a arrebatárselas..
            Lo hacemos cuando otorgamos mayorías a un partido plagado de cleptómanos corruptos; cuando convertimos la defensa del líder ególatra en asunto de estado, cuando valoramos más en los discursos políticos el insulto al  contrario que una propuesta razonable para nuestras vidas.
            Nosotros también somos culpables del llanto solitario y sordo de tanta gente que ha perdido el futuro, sin que nuestras conciencias se rebelen de manera solidaria y eficaz.

          

martes, 4 de abril de 2017

Campeones de la recuperación

             En ocasiones me invade la certeza de que la crisis ha consumado ya la obligación que le impusieron. Al principio fue crisis, uno de esos desajustes temibles que el liberalismo radical provoca de manera cíclica, porque lo lleva incrustado en su genética irresponsable de animal de rapiña. Luego, se convirtió en oportunidad. Y aquí estamos; a punto de celebrar con cohetería y redoble de campanas los presupuestos generales del PP que anda bendiciendo Ciudadanos por las esquinas mediáticas de la patria.
            Toca ahora insistir en la recuperación. Somos los campeones de la recuperación, el crecimiento y la creación de empleo.
            Al servicio de esa buena causa el Banco de España insiste en las bondades del sistema y aventura un crecimiento y un descenso del paro bastante prometedores.
            Nos mienten. Hay gente a la que nunca alcanzará esa ola de bonanza. Hay gente que ha sido sacrificada para propiciar el beneficio ajeno. Y, al parecer, lo hemos aceptado, como un sacrificio necesario y nos apresuramos a esconder los cadáveres en ese armario que tenemos  repleto de miserias: uno de cada tres niños españoles bordea la exclusión en los límites de la pobreza; los parados de larga duración mayores de cuarenta y cinco años no encontrarán ya salida laboral alguna, mientras el Estado se inhibe y los margina poco a poco de sus planes de ayuda;  siete de cada diez empleos de los que el Gobierno se ufana en haber ayudado a generar, lo son por horas o por días y no generan ingresos para atender las propias necesidades del trabajador, y  el fraude fiscal no perseguido y triunfante se aproxima a la mitad de los presupuestos generales del Estado.
            La crisis ha sido la ocasión perfecta para desmontar muchos de los logros que nos habían convertido en una sociedad más igualitaria que nunca en nuestra larga historia. Pero, afortunadamente, la crisis es pasado gracias al buen gobierno de una derecha cleptócrata y vicaria de sus cómplices económicos según figura escrito en su partida de nacimiento.
            Esta derecha ha sido fiel a los principios ideológicos en los que fundamenta su existencia: menos estado; traspaso de servicios públicos que puedan generar beneficios a la gestión privada; recortes presupuestarios que atentan contra el principio radical de la democracia, la igualdad ante ley; instrumentación de la enseñanza pública en torno a la  religión y el emprendimiento como pilares básicos, amén de una selección temprana de los parias del futuro;  reforma laboral que ha dejado a los trabajadores indefensos frente  a la voracidad empresarial; y la permisividad acostumbrada con el gran capital para evitarles las pesada carga de la contribución al mantenimiento del estado con los impuestos.
            Y yo tengo la impresión que ese golpe de estado que suele generar cada gran crisis económica se ha hecho carne y habita entre nosotros.
            Se cimenta esa certeza, sobre todo, en la actitud de la llamada izquierda, la inacción absoluta frente a esa hoja de ruta que pende sobre el futuro de todos nosotros. Quizás han descubierto que carecen de respuestas o  que ya pasó su hora, que su única función es servir de espita tranquilizadora a los descamisados de este mundo con propuestas peregrinas e inútiles, discursos agresivos, y formando parte de comisiones de investigación para investigar aquello de lo que nadie duda. 
            Mientras, pelean a dentelladas por lograr la jefatura de la tribu sin más pretensión que alimentar el ego y se atrincheran frente a quienes deberían, por proximidad ideológica y de proyecto político, ser compañeros de viaje.
            Evitan así la responsabilidad de tener que gobernar, no sea que descubramos entonces que, agotada ya la política de gestos, carecen de proyecto de estado, que se quedaron perdidos en discursos enardecedores y vacios y renunciaron, o jamás lo tuvieron, al fundamento imprescindible de las ideas y los principios que dan sentido a la actuación política.
            Puede que incluso se hayan vuelto descreídos y cínicos.
              Saben que quien gobierna el mundo es el dinero.
         Da la sensación de que esa izquierda inútil ha asumido también el papel que el sistema le otorga, adormecer nuestras demandas mientras los marginados del sistema se acostumbran a su nuevo papel, integrarse en el precariado imprescindible que reclama la globalidad, el hallazgo más rentable del capitalismo en toda su larga y exitosa trayectoria. 

viernes, 17 de marzo de 2017

Trump es verdaderamente peligroso

           Calificar a Trump de populista se me antoja erróneo. Es el más brutal y descarado exponente de esa nueva clase de individuos, que han convertido a las democracias occidentales en cleptocracias, si se me permite la expresión. Y hablo de los individuos que han medrado al calor del neoliberalismo, tan condescendiente con aquellos que logran amasar fortunas sin importar los medios, abusando de las condiciones favorables de la globalización para explotar a los trabajadores de cualquier rincón del planeta, evadiendo impuestos o usando las arcas públicas en su propio beneficio .
            Quizás le faltaba a Trump esta última experiencia, pero cualquiera en su sano juicio sabrá ya que este individuo saldrá de la Casa Blanca mucho más rico que el día que la pisó por primera vez como presidente de los Estados Unidos de Norteamérica.
            Podríais decir que eso no justifica el título de esta entrada.
            Por sus obras los conoceréis. 
          Ya no se trata de lo que diga o de cómo cumple sus proyectos de cleptócrata. 
         Se trata de su proyecto político, el auténtico, el que se plasma en los presupuestos. Y ahí sobran razones para considerarlo un individuo  que se ha convertido en una verdadera amenaza para el resto del mundo.
            Tenemos que ser grandes de nuevo,- dice Trump. Tenemos que ser capaces de volver a ganar guerras.
            Según el borrador de presupuestos que ha hecho público la Casa Blanca, esa alusión a ganar guerras no es la frase de un megalómano. Trump ha rebajado todos los capítulos del presupuesto anual, para subir de forma radical el dinero destinado a Defensa y a Seguridad Nacional.
             Sufren rebajas drásticas Educación, Sanidad, Justicia y Medio Ambiente.
            Lleva al límite las pretensiones de la derecha radical de los Estados Unidos. La única justificación del Estado es la defensa de agresores externos o internos. El resto de los servicios son superfluos. Cada ciudadano tendrá los que pueda costearse.
            Esa subida de un elevado porcentaje en los gastos de defensa y su permanente alusión a la necesidad de ganar guerras para mejorar la autoestima  del país y su confianza en sí mismo, lo convierten en un individuo temible.
       En el interior de su cerebro viciado hay un dictador que empieza a desperezarse, tras la borrachera del poder que ha conquistado de forma inesperada y la resaca de impunidad momentánea que le ha otorgado ese triunfo.  Y por lo que sabemos de su gobierno,  está rodeado de gente muy afín, sacada del mismo muladar financiero, donde los códigos morales fueron suprimidos hace tiempo.

martes, 7 de marzo de 2017

Asilo y refugio

          En caso de persecución, toda persona tiene derecho a buscar asilo, y a disfrutar de él, en cualquier país.
Este derecho no podrá ser invocado contra una acción judicial realmente originada por delitos comunes o por actos opuestos a los propósitos y  principios de las Naciones Unidas.
Artículo 14 de la Declaración Universal de Derechos Humanos (1948)

Se garantiza el derecho de asilo dentro del respeto de las normas de la Convención de Ginebra de 28 de julio de 1951 y del Protocolo de 31 de enero de 1967 sobre el Estatuto de los Refugiados y de conformidad con la Constitución.
Artículo 18 de la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea de 2007

El asilo es un instrumento de carácter político; se otorga a las personas que alegan persecución por razones políticas. 
Sin embargo, el refugio es de carácter humanitario y por lo tanto se le reconoce a las personas que tengan un temor fundado de persecución por motivos no sólo políticos sino también por raza, religión, o condición social y está imposibilitado de regresar a su país, donde su vida e integridad física corren peligro. No hay mayores generadores de refugiados que la guerra y la pobreza endémica, dos viejos conocidos, dos vecinos. 
Ambos, el derecho de asilo y de refugio, son derechos establecidos para garantizar la integridad de los seres humanos. Derechos solidarios y de sentido común.
Están reconocidos como un derecho  de los perseguidos y una obligación legal  y moral de aquellos a quienes solicitan ayuda.
Dos noticias de hoy mismo contradicen la condición humanitaria de esta Europa nuestra. El gobierno Belga está dispuesto a cerrar sus embajadas, territorios de asilo diplomático, en los países con conflictos bélicos para evitarse el cumplimiento de esa temible obligación, asilar al perseguido.Y Hungría levanta campos de concentración para aislar a los refugiados. Los refugiará hacinándolos en cárceles que recuerdan con crudeza  ese trozo de historia no muy lejana cuya sola mención debiera hacernos más humanos.
Europa no sólo ha perdido su sentido común. Ha perdido también la vergüenza y empieza a perder la dignidad. 
Culpar a los gobiernos de esas medidas vergonzantes podría ser una verdad a medias. Los gobiernos toman medidas que otorgan votos. Cada pueblo es culpable de esas medidas. De hecho, buena parte del pueblo las reclama.
Mientras, una Europa envejecida camina hacia una futuro en el que será difícil mantener sus niveles de bienestar. Pronto habrá dos viejos pensionistas y dependientes por cada persona en edad de trabajar. 
Veintidós provincias españolas en palabras del demógrafo Francisco Zamora conforman el mapa de la España terminal. Más de un tercio de sus habitantes superan los sesenta y cinco años. Y esa España terminal habrá desaparecido prácticamente en el año 2050 salvo que las mujeres en edad fértil que la habitan tuvieran una media de siete hijos y medio. 
O eso, o aceptar la migración como salvación de ese destino de pobreza segura.
Situación parecida vive el Noroeste de Europa.
Buena parte de la solución está a punto de  entrar en campos de concentración en nuestras fronteras inhumanas y estúpidas.
Decididamente Europa ha perdido la memoria y el sentido común. Ha perdido también la vergüenza, y empieza a perder la dignidad.

miércoles, 1 de marzo de 2017

¿Adios a Europa...?

Ni recuerdo cuántas veces habré dicho que La Historia de Europa comenzó con un rapto. Un dios rijoso y transformista raptó a una doncella fenicia que llevaba consigo un alfabeto y, por tanto, la llave del progreso.
            He dicho otras tantas, también, que muy al principio de los tiempos, lo que hoy llamamos Europa era el caos incierto gobernado por las imprecisas leyes de la evolución.
            Jamás hubo una edad de oro.
            Jamás los dioses bajaban cada tarde a compartir conversación y mesa.
            Jamás perdimos paraíso alguno.
             Pero dijo Grecia: “Hágase la luz”. Y vio Grecia que el pensamiento racional era bueno y que la palabra, unida al pensamiento, genera obras hermosas y deja un poso de memoria colectiva que llamamos cultura y nos permite progresar.
            Y Europa fue posible desde aquellas semillas caídas por azar en torno al Mar Mediterráneo.
            He afirmado también, en ocasiones, que durante un tiempo esta Europa contradictoria y dolorida, con un pasado sangriento, me hizo alimentar una esperanza secreta. Esta Europa tenía los instrumentos políticos y sociales para humanizar el fenómeno desconocido de la globalización.
            Ya que tantas veces colaboró a deshumanizar el mundo, Europa tenía ahora la obligación moral de mejorarlo.
            Pero de nuevo la raptaron. Y ahora no ha sido un toro enamorado.          Las consecuencias de este rapto las conocemos todos. La Europa que estaba llamada,  por su cultura única, a exportar sus valores humanistas y su sistema de convivencia basado en el respeto a los derechos humanos, es ahora una comunidad con escasa influencia en el devenir del futuro inmediato, presa de sus viejos demonios.    
            Y la razón más destacada en ese deterioro es que ha renunciado a sus raíces culturales y a la reflexión constructiva sobre las fuentes del pasado. El estudio de las Humanidades en un sentido amplio ha ido quedando postergado, perdiendo prestigio en favor de saberes productivos.
            Europa afronta hoy riesgos que ponen en tela de juicio su futuro. Debe dar respuesta a problemas, probablemente muy graves para los que no hay respuestas comunes por parte del conjunto de países que la integran. En realidad la cohesión en asuntos primordiales no existe. El envejecimiento de la población, la presión de los inmigrantes en sus fronteras, las desigualdades crecientes, la imprescindible armonización fiscal, y la  floración de nacionalismos muy próximos a los fascismos del siglo XX en sus postulados y mensajes, son problemas muy graves que precisan una respuesta armónica y pronta. Hay otros, pero estos son urgentes. De la respuesta que les demos dependerá el futuro.
            El presidente de la Comisión ha presentado hoy un plan para que los líderes nacionales europeos decidan a dónde quieren llevar el proyecto. Ha propuesto desde reducirlo a un mero mercado común, con libertad de tránsito solo para capitales y mercancías, hasta convertirnos en unos Estados Unidos de Europa.
            Habrá que ver qué surge, si es que surge algo.
            Si la Constitución Europea debe ser transformada brutalmente para recuperar lo que fuimos, un club de comerciantes aventajados, que es lo que marca la tendencia actual, yo abogaría por abandonar el club.
            Sin armonización fiscal para las empresas, Europa ya está corrompiendo su naturaleza y permitiendo el saqueo de los impuestos de los vecinos mediante  ventajas fiscales por parte de países insignificantes en el PIB de Europa que hacen gala de tener las rentas per cápita más altas del mundo.
            Y de eso sabe Juncker más que nadie.
            Donald Trump, enemigo declarado de la UE, debe andar frotándose las manos.
            Y, yo, europeísta convencido por cultura y un poco por desesperación, tengo hoy menos motivos para sentirme esperanzado.

miércoles, 15 de febrero de 2017

De la indignación a la esperanza

            Ayer, una noticia que me trajo la radio, breve y punzante, desgarró con su descarnada objetividad los restos de conciencia europeísta que me quedan. Un niño subsahariano de seis años, afectado de un tumor en el cuello, murió en nuestra frontera tras una larga espera del visado sanitario que le habría permitido ser intervenido por nuestro sistema de salud y, seguramente, conservar su vida. Su madre, una mujer residente en España, no pudo conseguir la cantidad que la Unión Europea solicita por ese tipo de visados, entre los 20.000 y 30.000 euros.
            Es solo un niño muerto, un pobre niño más que ha muerto sin entender por qué nadie sintió piedad por su dolor y su indefensión. Pasará desapercibido para todos nosotros. Mañana nadie recordará su caso.
            Una ley así no es una ley. Es un crimen de lesa humanidad. Y el parlamento que la  haya aprobado, debe saber que no me representa. Una Europa que teme tanto a un niño moribundo que lo deja morir en sus fronteras no es  mi Europa. La Europa que pone precio a la vida de un niño es una Europa inhumana, sin valores, anquilosada, decrépita y egoísta; la Europa que está invocando a sus demonios totalitarios y sangrientos desde el olvido donde los creíamos enterrados. 
         Esa Europa, ¡no!
            Afortunadamente hay otra que empieza a despuntar. He visto ya otra Europa colectiva, vigorosa, joven, con la conciencia limpia.
            Y la ventana, diáfana, por la que la he visto cruzar ante mi casa son  dos instrumentos de comunicación social.
            Uno es mucho más recio, más arraigado, más antiguo porque comenzó su andadura en el 2001. Y es políglota. Su nombre es Café  Babel y fue fundado  por un grupo de jóvenes europeístas, profesionales que un día, no muy lejano, mientras andaban por Europa con las becas Erasmus, descubrieron que esa Europa Común era un hallazgo demasiado importante para dejarla en manos de los  comerciantes y los políticos tramposos que hacen ingeniería fiscal, legalmente aceptada para saquear a los socios. Ellos saben que esa Europa Común, la Europa de los Pueblos que un día nos pregonaron, es un instrumento poderoso para atenuar los efectos  de la globalización y para hacer frente a la deshumanización del pensamiento racional, atento solo al sistema productivo y a la justificación del reparto desigual del beneficio. Son también conscientes de que el terreno sobre el que podrá arraigar un futuro europeo creíble y humanitario descansa sobre los fundamentos de nuestra riqueza cultural, la que durante tiempo se preocupó del ser humano. Esa cultura, a pesar de los errores que hemos ido perpetrando en nuestra historia, alumbró el continente más respetuoso con los derechos humanos y con sistemas democráticos más arraigados.
            Ellos, además, no dramatizan. Y en ocasiones convierten la ironía y el humor en instrumentos útiles y eficaces.
            Café  Babel se edita en Castellano, Francés, Inglés, Alemán, Italiano y Polaco. Asomarme a sus páginas me anima a tener esperanza en una Europa regenerada y humanista. No todo está perdido. Ellos son la prueba.
            El otro medio al que me refiero es un recién nacido; es humilde, de barrio; el foro de un Instituto en el extrarradio de una ciudad ególatra y provinciana a la que amo. Se trata del Diario Digital del IES Pino Montano.
Por sus páginas empieza a ser costumbre que asome la palabra hermosa de una juventud consciente y limpia, valerosa, con las ideas muy claras; una juventud que niega con su expresión brillante y ordenada ese tópico sucio del fracaso escolar que tanto se enarbola en esta patria nuestra, mal hablada y doctorada en quejas, que acusa a la escuela de sus defectos ancestrales.
            Los miro y empiezo a confiar en el futuro. Veo en ellos a los nuevos humanistas recién embarcados para la hermosa y exigente travesía de la vida.
Pero ellos no son obra nuestra, no los expongo ante vosotros con el orgullo de la gente  artesana que los labró con su maestría. No son obra nuestra. Cada uno de ellos es obra propia. Obra de su propio proyecto. Nosotros les prestamos ayuda, les mostramos caminos, insinuamos ante su mirada curiosa los principios morales que alientan nuestras vidas. Y ellos eligen. Cada individuo definitivo es obra propia. También, de su familia que generó el ambiente propicio para que fraguara esa persona y le dio la orientación más adecuada. No son obra nuestra, pero verlos gobernando su vida con criterio, asentados sobre cimientos hondos, nos llena de orgullo, emociona nuestros corazones, en algún caso, encanecidos.
            Unos y otros quizás aun no sean conscientes, pero ya han salido ilesos de ese naufragio humano que consiste en perder de vista los valores colectivos. Son tiempos propicios para la floración del individualismo improductivo, cuando se trata de generar las condiciones en las que habremos de vivir. Cuando el sistema político que sustenta nuestros derechos y reclama nuestra colaboración pierde su autoridad moral, el individuo acaba refugiado en su cueva, entregando su fe a los que predican la salvación personal sin atender al otro.
Esta gente de la que os hablo, no. Tengo la sensación de que esta gente mira al futuro y lo imagina como un espacio generoso donde quepamos todos. Incluso ese niño que ha muerto y cuyo nombre no guardo en la memoria.

miércoles, 1 de febrero de 2017

Medea


Ayer lo hicimos. En el Salón de Actos de la Fundación Cruzcampo, y ante unas ciento treinta personas que asistieron al acto, liberamos a Medea de sus viejas ataduras y la dejamos caminar por este tiempo. Pero no temáis nada de ella. Esta Medea no es la que todos conocéis. No es la princesa salvaje y sin conciencia que dio muerte a sus hijos para vengarse de un marido ambicioso que había olvidado sus promesas. Ella pudiera ser cualquier mujer con la que os crucéis al caminar.  La Medea que ayer os entregamos debiera ser la verdadera. Yo sé que es mucho más verdadera que la que nos legó el drama griego.
            Kión, el narrador omnisciente de mi novela, el testigo directo de los acontecimientos, nos dice que la Medea que él inventó y que ha llegado hasta nosotros es una Medea falsa. También nos dice que cuando un mito arraiga en la conciencia colectiva ya no habrá manera de modificarlo. La Medea que conocemos por el Mito será ya eterna. Y esta novela no cambiará su destino.
            No reclamo que censuremos a nuestros clásicos. Sí reclamo que los leamos con espíritu crítico. La misoginia hunde sus raíces venenosas en el pasado y desconocemos su profundidad y sus razones, pero hemos de ser capaces de desenmascarar las tradiciones arraigadas cuando su fundamento es inmoral.
           Como elegí cuidadosamente a las personas que me asistieron en el acto de presentar mi obra, oí decir cosas hermosas y brillantes, de lectores cualificados y profesores comprometidos.
            Y me sentí reconfortado por la compañía de conocidos, familiares, amigos, compañeros de hoy y de ayer y alumnos que ya no los son pero que me siguen llamando profesor aunque hayan transcurrido cuarenta años. Sin que ese acontecimiento encuentre explicación, en los Centros escolares hay un venero oculto del que mana un afecto imborrable.        
       Es de justicia que yo agradezca hoy aquí algo que ayer olvidé agradecer en la presentación pública de mi novela, la portada es un regalo de mi hijo Andy Jiménez. Muchos de quienes me acompañaron en la presentación me felicitaron por ella, por su esquematismo, simbología y delicadeza.
            Sabed que es un regalo de mi hijo para Medea.
            Y hoy me siento abrumado, sobrecogido por la avalancha de felicitaciones y muestras de afecto. Casi incapaz de decir nada que os merezca la pena.
            Deseo, como es lógico, que este viaje de Medea sea largo y exitoso. De vosotros depende. La escribí con amor cuidadoso. Con amor os la entrego.
            Otro día desbrozaré para vosotros las claves de autor que encierra en su interior. De esa manera podréis acercaros a su interpretación, conociendo mis propias intenciones al escribirla.
            A todos los que de diferentes maneras habéis establecido ya un lazo con esta Medea mía, gracias.