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sábado, 13 de mayo de 2017

Nostalgia

        Hubo un tiempo en el que el futuro era una patria desconocida, pero amable,  en la que nuestros sueños esperaban convertirse en realidad; y hacia el futuro  volaban nuestras esperanzas.
            Hoy el futuro es igualmente desconocido, pero lo presentimos hostil, insolidario y agresivo. Y a falta de un futuro acogedor al que encaminarnos con confianza, vemos en las naciones más desarrolladas de la tierra una floración inesperada de nostalgia. Cuando avistamos un futuro amenazante, buscamos refugio en el pasado.
            Esa querencia por la protección imposible del pasado vota en las elecciones, y ha dado el triunfo inesperado a un impresentable Donald Trump, analfabeto político con la acuciante necesidad de pasar a la historia como el comandante en jefe que fue capaz de volver a ganar guerras y delincuente financiero confeso. A Trump lo ha elegido la nostalgia de una América grande y protectora
            Es la misma querencia que ha provocado una alarma justificada en la vieja Europa de los mercaderes ante el riesgo de que un triunfo del nacionalismo fascista francés diera al traste con el chiringuito del mercado único y los paraísos fiscales para la tributación empresarial en seno de la Unión. A Marine Le Pen la ha llevado en volandas hasta las elecciones presidenciales la nostalgia de un pasado difuso donde se atisba el franco,  las fronteras cerradas y la persecución de minorías debidamente criminalizadas.
            Podemos decir que Macron ha derrotado a la nostalgia y ha hecho el boca a boca a una Europa exahusta que pierde adeptos al mismo tiempo que se diluye su influencia política en el mundo globalizado. Pero los efectos de esta victoria se diluirán en muy corto plazo.
            Porque el cuarto poder que Montesquieu ignoró a voluntad en su propuesta de control mutuo no da respiro. Nos predican que este que tenemos entre manos es el único mundo posible, que no hay alternativa. Y Rajoy añade una sabida coletilla, este mundo es el que propone el sentido común. Pero desde el horizonte de este mundo dominado por el sentido común de  una minoría que permanece en las sombras de las grandes corporaciones económicas no percibimos que sea posible en el futuro esa vieja utopía que era la meta de nuestro viejo empeño político, conseguir algún día una sociedad equilibrada, más justa, más humana, en la que las desigualdades tendieran a ir desapareciendo. ¿Qué otro objetivo puede perseguir una ideología decente, de la que uno no deba avergonzarse?
            Ese viejo sueño, forjar una polis donde la felicidad del individuo encuentra su concreción en la felicidad colectiva, ha perdido vigor. Y en consecuencia ha perdido sentido el esfuerzo colectivo por el bien común.
            La sociedad actual es una enferma crónica. Está aquejada por graves dolencias sociales, pero intenta paliarlas con soluciones para los individuos. Tampoco esas soluciones están garantizadas. Son legión los individuos que quedarán desconectados, aislados, olvidados, sacrificados en suma. El mensaje dominante y el que ha calado en la conciencia de la gente es bien simple, pero bastante eficaz. “Este es el único mundo posible”, nos dicen. “Adáptate o perece. Mejora tu posición, búscate un sitio en la cubierta del barco o morirás entre las olas”. “Pilla tu trozo del despojo que se está repartiendo y defiéndelo con uñas y dientes”. Olvida a los demás, no hay para todos”.
            Pero esta sociedad deshumanizada que se vislumbra desde el presente no es la mía, no es la nuestra. Es inmoral, irracional, insolidaria y degenerada.
           A fuerza de haber sido frustrados en sus esperanzas, ante la amenaza de quedar desprotegidos en un mundo sin reglas morales, la reacción defensiva es la autodefensa, el miedo, – o el odio-, al otro, al que vemos como competidor. Y el miedo-odio es la tierra fértil donde crecen salvadores inicuos, mesiánicos manipuladores que inventan paraísos imposibles. Cada uno de ellos guarda en su interior el proyecto de un dictador viable.
         Los conozco. La historia ha dado ya muchas cosechas de salvadores mesiánicos.
            Hemos transitado ya muchas veces por periodos oscuros donde el futuro resultaba amenazante. Sin embargo, una cosa resulta indiscutible. El futuro no está escrito, depende de nosotros, de nuestra capacidad de recuperar  la conciencia colectiva y de corregir esta deriva que nos lleva a una organización social inestable e injusta . 
     Y el pasado que quiere recuperar la nostalgia que vota por miedo  es una bandera harapienta sobre la que aún se pueden distinguir manchas de sangre.
               





domingo, 7 de mayo de 2017

El candidato Macron según un Nobel de Literatura



            He de reconocer que me ha tenido desconcertado durante varios días la negativa de Mélenchon a solicitar el apoyo de sus votantes para Macron, a sabiendas de que la abstención es una transfusión de poder para el  Frente Nacional. Y el Frente Nacional es el rostro amenazante del Fascismo que renace de sus cenizas por la nefasta gestión de la crisis que ha llevado a cabo la Europa de los mercaderes, la de los prestamistas y la de la ingeniería fiscal aventajada que arrebata los impuestos a los socios.
            La Europa Liberal que olvida las personas, porque a veces entorpecen el legítimo derecho a enriquecerse, ha amamantado a esos hijos que ahora amenazan su futuro.
            Pero hoy he llegado a entender a Mélenchon. Y se lo debo al premio Nobel de Literatura don Jorge Mario Pedro Vargas Llosa. Hoy don Mario, con su pluma magistral, derrama sabiduría en las páginas de opinión de El País y me ha hecho comprender la razón de la abstención de buena parte de la izquierda más radical o más consciente del país vecino.
            Pide el Marqués de Vargas Llosa el voto para Macron, un verdadero revolucionario en la Francia actual, puesto que se proclama liberal.  Y según Vargas Llosa Francia lo necesita ahora porque él devolverá el protagonismo al empresariado, y lo librará del pesado yugo de los impuestos de un Estado rapaz y empobrecedor. Macron, en opinión de este apátrida de las letras tras su descalabro político en su propio país, adelgazará a ese estado adiposo y voraz para reducirlo a sus funciones primordiales, aquellas que verdaderamente le competen, la administración de la justicia, la seguridad y el orden público.
            Desconozco el programa político del señor Macron en sus aspectos concretos. Por tanto desconozco si las afirmaciones de Vargas Llosa  responden a su programa verdadero o son la proyección del Liberalismo que el escritor peruano concibe como solución del mundo.
            Concebir que la organización de una sociedad cualquiera ha de estar supeditada a la barra libre de la empresa para generar riqueza es, cuando menos, una irresponsabilidad de proporciones  escandalosas. Pero es sobre todo una inmoralidad y una aberración que tiene que alarmarnos, especialmente por provenir de una persona de indudable talla intelectual.
            Su concepción del hombre me avergüenza. Por muy liberal que este hombre se proclame, no parece haber superado aún la teoría política que estableció Platón en la República. Solo que ahora la finalidad de la organización social no es la justicia y el bienestar, sino el enriquecimiento de algunos y el lugar privilegiado no es el de los filósofos y los sabios, sino el de los empresarios; suyo es el mundo, suyo es el derecho a diseñarlo y a diseñar las leyes que gobiernen las vidas. A su servicio han de ponerse los gobiernos. Sucede, desde luego. Pero proclamarlo como doctrina política resulta de un cinismo insultante.
            Y por lo que respecta a su concepción del Estado, ha avanzado en el tiempo. Arrinconó a Platón y ya conoce a Hobbes. Pero no parece haber superado la visión de aquel filósofo misántropo de siglo XVII. Ese estado que concibe Vargas Llosa, cuya función primordial sea defendernos a los unos de los otros, es prácticamente incompatible con las democracias occidentales. Esa teoría sirvió para intentar justificar el mantenimiento de las Monarquías Autoritarias. Contra ese Estado que tiene Vargas Llosa en la cabeza Europa hizo innumerables revoluciones y las fue ganando poco a poco.
            Él, seguramente por el privilegio tardío de su título nobiliario, no podrá comprender que la función de los Estados no es defender privilegios de nadie , sino dar sentido a la proclamación primordial de la igualdad humana y eso se hace redistribuyendo las riquezas que una nación genera mediante servicios que sirven para paliar las desigualdades que el Liberalismo a ultranza se complace en generar. Para eso establecimos los impuestos y para eso reclamamos a los Estados servicios más importantes que mantener el orden público, como  la educación, la salud, el cuidado medioambiental y a la atención a los excluidos del sistema, por citar solo algunos que él olvida a voluntad.
            Vargas Llosa llama a la prestación de esos servicios un “estatismo adiposo que empobrece”. Y esos servicios no los considera competencia del Estado, sino de gestión privada. Y que cada cual goce de aquellos que pueda costearse, la proclama más salvaje del pensamiento liberal.
            Con esa concepción del hombre y de la sociedad no resulta difícil entender que la defensa y el orden público sean su principal preocupación. La sociedad que derivaría de sus propuestas llevadas a efecto sería radicalmente injusta y, como consecuencia, explosiva.
            Gracias al artículo de opinión de don Jorge Mario Pedro Vargas Llosa, si yo fuera francés y estuviera en condiciones de votar, quizás habría optado hoy por la abstención.
             El candidato Macron que dibuja resulta espeluznante.

sábado, 22 de abril de 2017

Hay gente que llora a solas

          Rajoy parece no saberlo, pero hay gente que llora a solas con frecuencia. Y están en cualquier lugar, si tienes la valentía de indagar en la intimidad de quien se siente fracasado.
            Pero Rajoy, enlodado hasta el cuello con los casos de corrupción que  mantienen a su partido bajo una montaña de basura acumulada desde los gobiernos de Aznar, ha dado órdenes de ensalzar la recuperación económica como almadía que los libere del naufragio. El gallego taimado que preside el gobierno no sabe que hay gente que llora a solas con frecuencia. Y si lo sabe, prefiere no hacer mención de ese tributo humano que cada crisis reclama como pago.
            Tampoco parecen saberlo quienes apoyarán sus presupuestos.
            Sin embargo, lo peor que nos ha dejado la crisis es esta gente que llora a solas.
            Desconozco la realidad de las cifras y las previsiones económicas que cada día va desgranando el gobierno como justificación de sus aciagas medidas y para poner sordina al llanto de quienes lloran a escondidas.
            Y me resulta imposible creer las noticias al respecto. Soy consciente de que el principal recurso político en la actualidad para conseguir el poder o para mantenerse en él es la manipulación, la mentira cruda, y la complicidad de muchas fuerzas que interactúan para mantenernos medianamente apaciaguados.
            Pero aun siendo ciertas, sería una verdad que no consuela a casi nadie. El crecimiento, de haberlo, no tiene apenas proyección social. Engrosa, en todo caso, la hucha de los beneficios empresariales y los dividendos del accionariado de las empresas que han convertido la tormenta económica en la ocasión perfecta. Para eso llevó a cabo el PP su reforma laboral. Para eso ha llevado a cabo sus reformas fiscales  o ha acentuado sus tendencias para facilitar la evasión fiscal, especialmente de las grandes corporaciones y de las firmas que integran el IBEX 35. Prácticamente todas ellas tienen sucursales en paraísos fiscales, y no creo que se deba a una decidida voluntad de expandirse por otras regiones de la tierra.
            Y como consecuencia de esa gestión interesada de la crisis que han hecho cleptócratas de pro y discurso engañoso, hay gente que llora desconsoladamente con frecuencia. Y me consta que a solas  casi siempre, ocultando a los demás su conciencia de culpa, de fracaso y su autoestima hundida en el fango maloliente de un presente sin empleo y un futuro sin esperanzas. La recuperación no será una realidad hasta que esta gente que llora a solas no deje de llorar y detente ese derecho ambiguo que establecen las constituciones democráticas a gozar de condiciones  que le permitan llevar una vida digna.
            ¿Y la izquierda…? ¿Dónde habita la izquierda, aquella que enarbolaba no hace mucho las palabras justicia y dignidad? ¿En qué tajo se afana para que recuperemos al menos una parte de lo que perdimos? ¿Dónde guerrea ese ejército al que confiamos la defensa de nuestras escasas pertenencias? ¿Sabe esa izquierda que hay mucha gente que llora a escondidas con frecuencia porque el sistema les ha arrebatado la esperanza, la autoestima y el futuro?
            Lo dudo.
            Unos se afanan en presentarse como alternativa de gobierno, como un partido con futuro, pero ante nuestros ojos aparece sumido una guerra fratricida y feroz, que lo dejará débil, dividido, inútil para prestar ningún servicio a la sociedad durante un largo periodo.
            Y otros son evidentemente extraparlamentarios e imitan a la derecha más integrista en las maneras. Prefieren el autobús a los escaños.
            Lo diré abiertamente, rememorando a un maestro antiguo en un discurso ante el Senado Romano, “aperte dicam”, la izquierda que hoy ocupa los escaños en el Parlamento no me representa. Y la derecha nos es digna de representarme.
            No soy un caso extraordinario. Por lo que oigo y leo, mucha gente de la que consolidó la democracia, casi en los límites ya de nuestra vida laboral y en cierto modo pública, compartimos ese sentimiento de orfandad.
             La tecnología subvencionada en su desarrollo por el gran capital trabaja contra el hombre en muchos casos, con el objetivo no confeso de expulsarlo del sistema productivo para reducir costes y obligaciones sociales, y nadie parece excesivamente preocupado por la legión de víctimas que  está generando este proceso imparable, víctimas condenadas a la exclusión, a la vergonzante beneficencia o a la solidaridad de la familia.
            La aberración mayor es que el sistema tiene medios precisos para que las víctimas se conviertan en culpables: inadecuada formación, poca flexibilidad, inadaptación a las nuevas condiciones del mercado, falta de iniciativa y de ambición. A la larga la culpa recaerá sobre la víctima.
            Ese sentimiento de orfandad que creo compartir con mucha gente tiene que ver con el convencimiento íntimo de que, a pesar de los esfuerzos realizados, nuestros hijos tendrán una vida peor que la nuestra.
            Tiene, también, que ver con el hecho de que nadie, desde el Parlamento y desde la propia sociedad civil quiere oír ese llanto avergonzado y sordo de los que lloran a solas, porque entre todos les hemos arrebatado la dignidad, la esperanza y la autoestima.
            Nosotros, también hemos ayudado a arrebatárselas..
            Lo hacemos cuando otorgamos mayorías a un partido plagado de cleptómanos corruptos; cuando convertimos la defensa del líder ególatra en asunto de estado, cuando valoramos más en los discursos políticos el insulto al  contrario que una propuesta razonable para nuestras vidas.
            Nosotros también somos culpables del llanto solitario y sordo de tanta gente que ha perdido el futuro, sin que nuestras conciencias se rebelen de manera solidaria y eficaz.

          

martes, 4 de abril de 2017

Campeones de la recuperación

             En ocasiones me invade la certeza de que la crisis ha consumado ya la obligación que le impusieron. Al principio fue crisis, uno de esos desajustes temibles que el liberalismo radical provoca de manera cíclica, porque lo lleva incrustado en su genética irresponsable de animal de rapiña. Luego, se convirtió en oportunidad. Y aquí estamos; a punto de celebrar con cohetería y redoble de campanas los presupuestos generales del PP que anda bendiciendo Ciudadanos por las esquinas mediáticas de la patria.
            Toca ahora insistir en la recuperación. Somos los campeones de la recuperación, el crecimiento y la creación de empleo.
            Al servicio de esa buena causa el Banco de España insiste en las bondades del sistema y aventura un crecimiento y un descenso del paro bastante prometedores.
            Nos mienten. Hay gente a la que nunca alcanzará esa ola de bonanza. Hay gente que ha sido sacrificada para propiciar el beneficio ajeno. Y, al parecer, lo hemos aceptado, como un sacrificio necesario y nos apresuramos a esconder los cadáveres en ese armario que tenemos  repleto de miserias: uno de cada tres niños españoles bordea la exclusión en los límites de la pobreza; los parados de larga duración mayores de cuarenta y cinco años no encontrarán ya salida laboral alguna, mientras el Estado se inhibe y los margina poco a poco de sus planes de ayuda;  siete de cada diez empleos de los que el Gobierno se ufana en haber ayudado a generar, lo son por horas o por días y no generan ingresos para atender las propias necesidades del trabajador, y  el fraude fiscal no perseguido y triunfante se aproxima a la mitad de los presupuestos generales del Estado.
            La crisis ha sido la ocasión perfecta para desmontar muchos de los logros que nos habían convertido en una sociedad más igualitaria que nunca en nuestra larga historia. Pero, afortunadamente, la crisis es pasado gracias al buen gobierno de una derecha cleptócrata y vicaria de sus cómplices económicos según figura escrito en su partida de nacimiento.
            Esta derecha ha sido fiel a los principios ideológicos en los que fundamenta su existencia: menos estado; traspaso de servicios públicos que puedan generar beneficios a la gestión privada; recortes presupuestarios que atentan contra el principio radical de la democracia, la igualdad ante ley; instrumentación de la enseñanza pública en torno a la  religión y el emprendimiento como pilares básicos, amén de una selección temprana de los parias del futuro;  reforma laboral que ha dejado a los trabajadores indefensos frente  a la voracidad empresarial; y la permisividad acostumbrada con el gran capital para evitarles las pesada carga de la contribución al mantenimiento del estado con los impuestos.
            Y yo tengo la impresión que ese golpe de estado que suele generar cada gran crisis económica se ha hecho carne y habita entre nosotros.
            Se cimenta esa certeza, sobre todo, en la actitud de la llamada izquierda, la inacción absoluta frente a esa hoja de ruta que pende sobre el futuro de todos nosotros. Quizás han descubierto que carecen de respuestas o  que ya pasó su hora, que su única función es servir de espita tranquilizadora a los descamisados de este mundo con propuestas peregrinas e inútiles, discursos agresivos, y formando parte de comisiones de investigación para investigar aquello de lo que nadie duda. 
            Mientras, pelean a dentelladas por lograr la jefatura de la tribu sin más pretensión que alimentar el ego y se atrincheran frente a quienes deberían, por proximidad ideológica y de proyecto político, ser compañeros de viaje.
            Evitan así la responsabilidad de tener que gobernar, no sea que descubramos entonces que, agotada ya la política de gestos, carecen de proyecto de estado, que se quedaron perdidos en discursos enardecedores y vacios y renunciaron, o jamás lo tuvieron, al fundamento imprescindible de las ideas y los principios que dan sentido a la actuación política.
            Puede que incluso se hayan vuelto descreídos y cínicos.
              Saben que quien gobierna el mundo es el dinero.
         Da la sensación de que esa izquierda inútil ha asumido también el papel que el sistema le otorga, adormecer nuestras demandas mientras los marginados del sistema se acostumbran a su nuevo papel, integrarse en el precariado imprescindible que reclama la globalidad, el hallazgo más rentable del capitalismo en toda su larga y exitosa trayectoria. 

viernes, 17 de marzo de 2017

Trump es verdaderamente peligroso

           Calificar a Trump de populista se me antoja erróneo. Es el más brutal y descarado exponente de esa nueva clase de individuos, que han convertido a las democracias occidentales en cleptocracias, si se me permite la expresión. Y hablo de los individuos que han medrado al calor del neoliberalismo, tan condescendiente con aquellos que logran amasar fortunas sin importar los medios, abusando de las condiciones favorables de la globalización para explotar a los trabajadores de cualquier rincón del planeta, evadiendo impuestos o usando las arcas públicas en su propio beneficio .
            Quizás le faltaba a Trump esta última experiencia, pero cualquiera en su sano juicio sabrá ya que este individuo saldrá de la Casa Blanca mucho más rico que el día que la pisó por primera vez como presidente de los Estados Unidos de Norteamérica.
            Podríais decir que eso no justifica el título de esta entrada.
            Por sus obras los conoceréis. 
          Ya no se trata de lo que diga o de cómo cumple sus proyectos de cleptócrata. 
         Se trata de su proyecto político, el auténtico, el que se plasma en los presupuestos. Y ahí sobran razones para considerarlo un individuo  que se ha convertido en una verdadera amenaza para el resto del mundo.
            Tenemos que ser grandes de nuevo,- dice Trump. Tenemos que ser capaces de volver a ganar guerras.
            Según el borrador de presupuestos que ha hecho público la Casa Blanca, esa alusión a ganar guerras no es la frase de un megalómano. Trump ha rebajado todos los capítulos del presupuesto anual, para subir de forma radical el dinero destinado a Defensa y a Seguridad Nacional.
             Sufren rebajas drásticas Educación, Sanidad, Justicia y Medio Ambiente.
            Lleva al límite las pretensiones de la derecha radical de los Estados Unidos. La única justificación del Estado es la defensa de agresores externos o internos. El resto de los servicios son superfluos. Cada ciudadano tendrá los que pueda costearse.
            Esa subida de un elevado porcentaje en los gastos de defensa y su permanente alusión a la necesidad de ganar guerras para mejorar la autoestima  del país y su confianza en sí mismo, lo convierten en un individuo temible.
       En el interior de su cerebro viciado hay un dictador que empieza a desperezarse, tras la borrachera del poder que ha conquistado de forma inesperada y la resaca de impunidad momentánea que le ha otorgado ese triunfo.  Y por lo que sabemos de su gobierno,  está rodeado de gente muy afín, sacada del mismo muladar financiero, donde los códigos morales fueron suprimidos hace tiempo.

martes, 7 de marzo de 2017

Asilo y refugio

          En caso de persecución, toda persona tiene derecho a buscar asilo, y a disfrutar de él, en cualquier país.
Este derecho no podrá ser invocado contra una acción judicial realmente originada por delitos comunes o por actos opuestos a los propósitos y  principios de las Naciones Unidas.
Artículo 14 de la Declaración Universal de Derechos Humanos (1948)

Se garantiza el derecho de asilo dentro del respeto de las normas de la Convención de Ginebra de 28 de julio de 1951 y del Protocolo de 31 de enero de 1967 sobre el Estatuto de los Refugiados y de conformidad con la Constitución.
Artículo 18 de la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea de 2007

El asilo es un instrumento de carácter político; se otorga a las personas que alegan persecución por razones políticas. 
Sin embargo, el refugio es de carácter humanitario y por lo tanto se le reconoce a las personas que tengan un temor fundado de persecución por motivos no sólo políticos sino también por raza, religión, o condición social y está imposibilitado de regresar a su país, donde su vida e integridad física corren peligro. No hay mayores generadores de refugiados que la guerra y la pobreza endémica, dos viejos conocidos, dos vecinos. 
Ambos, el derecho de asilo y de refugio, son derechos establecidos para garantizar la integridad de los seres humanos. Derechos solidarios y de sentido común.
Están reconocidos como un derecho  de los perseguidos y una obligación legal  y moral de aquellos a quienes solicitan ayuda.
Dos noticias de hoy mismo contradicen la condición humanitaria de esta Europa nuestra. El gobierno Belga está dispuesto a cerrar sus embajadas, territorios de asilo diplomático, en los países con conflictos bélicos para evitarse el cumplimiento de esa temible obligación, asilar al perseguido.Y Hungría levanta campos de concentración para aislar a los refugiados. Los refugiará hacinándolos en cárceles que recuerdan con crudeza  ese trozo de historia no muy lejana cuya sola mención debiera hacernos más humanos.
Europa no sólo ha perdido su sentido común. Ha perdido también la vergüenza y empieza a perder la dignidad. 
Culpar a los gobiernos de esas medidas vergonzantes podría ser una verdad a medias. Los gobiernos toman medidas que otorgan votos. Cada pueblo es culpable de esas medidas. De hecho, buena parte del pueblo las reclama.
Mientras, una Europa envejecida camina hacia una futuro en el que será difícil mantener sus niveles de bienestar. Pronto habrá dos viejos pensionistas y dependientes por cada persona en edad de trabajar. 
Veintidós provincias españolas en palabras del demógrafo Francisco Zamora conforman el mapa de la España terminal. Más de un tercio de sus habitantes superan los sesenta y cinco años. Y esa España terminal habrá desaparecido prácticamente en el año 2050 salvo que las mujeres en edad fértil que la habitan tuvieran una media de siete hijos y medio. 
O eso, o aceptar la migración como salvación de ese destino de pobreza segura.
Situación parecida vive el Noroeste de Europa.
Buena parte de la solución está a punto de  entrar en campos de concentración en nuestras fronteras inhumanas y estúpidas.
Decididamente Europa ha perdido la memoria y el sentido común. Ha perdido también la vergüenza, y empieza a perder la dignidad.

miércoles, 1 de marzo de 2017

¿Adios a Europa...?

Ni recuerdo cuántas veces habré dicho que La Historia de Europa comenzó con un rapto. Un dios rijoso y transformista raptó a una doncella fenicia que llevaba consigo un alfabeto y, por tanto, la llave del progreso.
            He dicho otras tantas, también, que muy al principio de los tiempos, lo que hoy llamamos Europa era el caos incierto gobernado por las imprecisas leyes de la evolución.
            Jamás hubo una edad de oro.
            Jamás los dioses bajaban cada tarde a compartir conversación y mesa.
            Jamás perdimos paraíso alguno.
             Pero dijo Grecia: “Hágase la luz”. Y vio Grecia que el pensamiento racional era bueno y que la palabra, unida al pensamiento, genera obras hermosas y deja un poso de memoria colectiva que llamamos cultura y nos permite progresar.
            Y Europa fue posible desde aquellas semillas caídas por azar en torno al Mar Mediterráneo.
            He afirmado también, en ocasiones, que durante un tiempo esta Europa contradictoria y dolorida, con un pasado sangriento, me hizo alimentar una esperanza secreta. Esta Europa tenía los instrumentos políticos y sociales para humanizar el fenómeno desconocido de la globalización.
            Ya que tantas veces colaboró a deshumanizar el mundo, Europa tenía ahora la obligación moral de mejorarlo.
            Pero de nuevo la raptaron. Y ahora no ha sido un toro enamorado.          Las consecuencias de este rapto las conocemos todos. La Europa que estaba llamada,  por su cultura única, a exportar sus valores humanistas y su sistema de convivencia basado en el respeto a los derechos humanos, es ahora una comunidad con escasa influencia en el devenir del futuro inmediato, presa de sus viejos demonios.    
            Y la razón más destacada en ese deterioro es que ha renunciado a sus raíces culturales y a la reflexión constructiva sobre las fuentes del pasado. El estudio de las Humanidades en un sentido amplio ha ido quedando postergado, perdiendo prestigio en favor de saberes productivos.
            Europa afronta hoy riesgos que ponen en tela de juicio su futuro. Debe dar respuesta a problemas, probablemente muy graves para los que no hay respuestas comunes por parte del conjunto de países que la integran. En realidad la cohesión en asuntos primordiales no existe. El envejecimiento de la población, la presión de los inmigrantes en sus fronteras, las desigualdades crecientes, la imprescindible armonización fiscal, y la  floración de nacionalismos muy próximos a los fascismos del siglo XX en sus postulados y mensajes, son problemas muy graves que precisan una respuesta armónica y pronta. Hay otros, pero estos son urgentes. De la respuesta que les demos dependerá el futuro.
            El presidente de la Comisión ha presentado hoy un plan para que los líderes nacionales europeos decidan a dónde quieren llevar el proyecto. Ha propuesto desde reducirlo a un mero mercado común, con libertad de tránsito solo para capitales y mercancías, hasta convertirnos en unos Estados Unidos de Europa.
            Habrá que ver qué surge, si es que surge algo.
            Si la Constitución Europea debe ser transformada brutalmente para recuperar lo que fuimos, un club de comerciantes aventajados, que es lo que marca la tendencia actual, yo abogaría por abandonar el club.
            Sin armonización fiscal para las empresas, Europa ya está corrompiendo su naturaleza y permitiendo el saqueo de los impuestos de los vecinos mediante  ventajas fiscales por parte de países insignificantes en el PIB de Europa que hacen gala de tener las rentas per cápita más altas del mundo.
            Y de eso sabe Juncker más que nadie.
            Donald Trump, enemigo declarado de la UE, debe andar frotándose las manos.
            Y, yo, europeísta convencido por cultura y un poco por desesperación, tengo hoy menos motivos para sentirme esperanzado.