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viernes, 17 de marzo de 2017

Trump es verdaderamente peligroso

           Calificar a Trump de populista se me antoja erróneo. Es el más brutal y descarado exponente de esa nueva clase de individuos, que han convertido a las democracias occidentales en cleptocracias, si se me permite la expresión. Y hablo de los individuos que han medrado al calor del neoliberalismo, tan condescendiente con aquellos que logran amasar fortunas sin importar los medios, abusando de las condiciones favorables de la globalización para explotar a los trabajadores de cualquier rincón del planeta, evadiendo impuestos o usando las arcas públicas en su propio beneficio .
            Quizás le faltaba a Trump esta última experiencia, pero cualquiera en su sano juicio sabrá ya que este individuo saldrá de la Casa Blanca mucho más rico que el día que la pisó por primera vez como presidente de los Estados Unidos de Norteamérica.
            Podríais decir que eso no justifica el título de esta entrada.
            Por sus obras los conoceréis. 
          Ya no se trata de lo que diga o de cómo cumple sus proyectos de cleptócrata. 
         Se trata de su proyecto político, el auténtico, el que se plasma en los presupuestos. Y ahí sobran razones para considerarlo un individuo  que se ha convertido en una verdadera amenaza para el resto del mundo.
            Tenemos que ser grandes de nuevo,- dice Trump. Tenemos que ser capaces de volver a ganar guerras.
            Según el borrador de presupuestos que ha hecho público la Casa Blanca, esa alusión a ganar guerras no es la frase de un megalómano. Trump ha rebajado todos los capítulos del presupuesto anual, para subir de forma radical el dinero destinado a Defensa y a Seguridad Nacional.
             Sufren rebajas drásticas Educación, Sanidad, Justicia y Medio Ambiente.
            Lleva al límite las pretensiones de la derecha radical de los Estados Unidos. La única justificación del Estado es la defensa de agresores externos o internos. El resto de los servicios son superfluos. Cada ciudadano tendrá los que pueda costearse.
            Esa subida de un elevado porcentaje en los gastos de defensa y su permanente alusión a la necesidad de ganar guerras para mejorar la autoestima  del país y su confianza en sí mismo, lo convierten en un individuo temible.
       En el interior de su cerebro viciado hay un dictador que empieza a desperezarse, tras la borrachera del poder que ha conquistado de forma inesperada y la resaca de impunidad momentánea que le ha otorgado ese triunfo.  Y por lo que sabemos de su gobierno,  está rodeado de gente muy afín, sacada del mismo muladar financiero, donde los códigos morales fueron suprimidos hace tiempo.

martes, 7 de marzo de 2017

Asilo y refugio

          En caso de persecución, toda persona tiene derecho a buscar asilo, y a disfrutar de él, en cualquier país.
Este derecho no podrá ser invocado contra una acción judicial realmente originada por delitos comunes o por actos opuestos a los propósitos y  principios de las Naciones Unidas.
Artículo 14 de la Declaración Universal de Derechos Humanos (1948)

Se garantiza el derecho de asilo dentro del respeto de las normas de la Convención de Ginebra de 28 de julio de 1951 y del Protocolo de 31 de enero de 1967 sobre el Estatuto de los Refugiados y de conformidad con la Constitución.
Artículo 18 de la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea de 2007

El asilo es un instrumento de carácter político; se otorga a las personas que alegan persecución por razones políticas. 
Sin embargo, el refugio es de carácter humanitario y por lo tanto se le reconoce a las personas que tengan un temor fundado de persecución por motivos no sólo políticos sino también por raza, religión, o condición social y está imposibilitado de regresar a su país, donde su vida e integridad física corren peligro. No hay mayores generadores de refugiados que la guerra y la pobreza endémica, dos viejos conocidos, dos vecinos. 
Ambos, el derecho de asilo y de refugio, son derechos establecidos para garantizar la integridad de los seres humanos. Derechos solidarios y de sentido común.
Están reconocidos como un derecho  de los perseguidos y una obligación legal  y moral de aquellos a quienes solicitan ayuda.
Dos noticias de hoy mismo contradicen la condición humanitaria de esta Europa nuestra. El gobierno Belga está dispuesto a cerrar sus embajadas, territorios de asilo diplomático, en los países con conflictos bélicos para evitarse el cumplimiento de esa temible obligación, asilar al perseguido.Y Hungría levanta campos de concentración para aislar a los refugiados. Los refugiará hacinándolos en cárceles que recuerdan con crudeza  ese trozo de historia no muy lejana cuya sola mención debiera hacernos más humanos.
Europa no sólo ha perdido su sentido común. Ha perdido también la vergüenza y empieza a perder la dignidad. 
Culpar a los gobiernos de esas medidas vergonzantes podría ser una verdad a medias. Los gobiernos toman medidas que otorgan votos. Cada pueblo es culpable de esas medidas. De hecho, buena parte del pueblo las reclama.
Mientras, una Europa envejecida camina hacia una futuro en el que será difícil mantener sus niveles de bienestar. Pronto habrá dos viejos pensionistas y dependientes por cada persona en edad de trabajar. 
Veintidós provincias españolas en palabras del demógrafo Francisco Zamora conforman el mapa de la España terminal. Más de un tercio de sus habitantes superan los sesenta y cinco años. Y esa España terminal habrá desaparecido prácticamente en el año 2050 salvo que las mujeres en edad fértil que la habitan tuvieran una media de siete hijos y medio. 
O eso, o aceptar la migración como salvación de ese destino de pobreza segura.
Situación parecida vive el Noroeste de Europa.
Buena parte de la solución está a punto de  entrar en campos de concentración en nuestras fronteras inhumanas y estúpidas.
Decididamente Europa ha perdido la memoria y el sentido común. Ha perdido también la vergüenza, y empieza a perder la dignidad.

miércoles, 1 de marzo de 2017

¿Adios a Europa...?

Ni recuerdo cuántas veces habré dicho que La Historia de Europa comenzó con un rapto. Un dios rijoso y transformista raptó a una doncella fenicia que llevaba consigo un alfabeto y, por tanto, la llave del progreso.
            He dicho otras tantas, también, que muy al principio de los tiempos, lo que hoy llamamos Europa era el caos incierto gobernado por las imprecisas leyes de la evolución.
            Jamás hubo una edad de oro.
            Jamás los dioses bajaban cada tarde a compartir conversación y mesa.
            Jamás perdimos paraíso alguno.
             Pero dijo Grecia: “Hágase la luz”. Y vio Grecia que el pensamiento racional era bueno y que la palabra, unida al pensamiento, genera obras hermosas y deja un poso de memoria colectiva que llamamos cultura y nos permite progresar.
            Y Europa fue posible desde aquellas semillas caídas por azar en torno al Mar Mediterráneo.
            He afirmado también, en ocasiones, que durante un tiempo esta Europa contradictoria y dolorida, con un pasado sangriento, me hizo alimentar una esperanza secreta. Esta Europa tenía los instrumentos políticos y sociales para humanizar el fenómeno desconocido de la globalización.
            Ya que tantas veces colaboró a deshumanizar el mundo, Europa tenía ahora la obligación moral de mejorarlo.
            Pero de nuevo la raptaron. Y ahora no ha sido un toro enamorado.          Las consecuencias de este rapto las conocemos todos. La Europa que estaba llamada,  por su cultura única, a exportar sus valores humanistas y su sistema de convivencia basado en el respeto a los derechos humanos, es ahora una comunidad con escasa influencia en el devenir del futuro inmediato, presa de sus viejos demonios.    
            Y la razón más destacada en ese deterioro es que ha renunciado a sus raíces culturales y a la reflexión constructiva sobre las fuentes del pasado. El estudio de las Humanidades en un sentido amplio ha ido quedando postergado, perdiendo prestigio en favor de saberes productivos.
            Europa afronta hoy riesgos que ponen en tela de juicio su futuro. Debe dar respuesta a problemas, probablemente muy graves para los que no hay respuestas comunes por parte del conjunto de países que la integran. En realidad la cohesión en asuntos primordiales no existe. El envejecimiento de la población, la presión de los inmigrantes en sus fronteras, las desigualdades crecientes, la imprescindible armonización fiscal, y la  floración de nacionalismos muy próximos a los fascismos del siglo XX en sus postulados y mensajes, son problemas muy graves que precisan una respuesta armónica y pronta. Hay otros, pero estos son urgentes. De la respuesta que les demos dependerá el futuro.
            El presidente de la Comisión ha presentado hoy un plan para que los líderes nacionales europeos decidan a dónde quieren llevar el proyecto. Ha propuesto desde reducirlo a un mero mercado común, con libertad de tránsito solo para capitales y mercancías, hasta convertirnos en unos Estados Unidos de Europa.
            Habrá que ver qué surge, si es que surge algo.
            Si la Constitución Europea debe ser transformada brutalmente para recuperar lo que fuimos, un club de comerciantes aventajados, que es lo que marca la tendencia actual, yo abogaría por abandonar el club.
            Sin armonización fiscal para las empresas, Europa ya está corrompiendo su naturaleza y permitiendo el saqueo de los impuestos de los vecinos mediante  ventajas fiscales por parte de países insignificantes en el PIB de Europa que hacen gala de tener las rentas per cápita más altas del mundo.
            Y de eso sabe Juncker más que nadie.
            Donald Trump, enemigo declarado de la UE, debe andar frotándose las manos.
            Y, yo, europeísta convencido por cultura y un poco por desesperación, tengo hoy menos motivos para sentirme esperanzado.

miércoles, 15 de febrero de 2017

De la indignación a la esperanza

            Ayer, una noticia que me trajo la radio, breve y punzante, desgarró con su descarnada objetividad los restos de conciencia europeísta que me quedan. Un niño subsahariano de seis años, afectado de un tumor en el cuello, murió en nuestra frontera tras una larga espera del visado sanitario que le habría permitido ser intervenido por nuestro sistema de salud y, seguramente, conservar su vida. Su madre, una mujer residente en España, no pudo conseguir la cantidad que la Unión Europea solicita por ese tipo de visados, entre los 20.000 y 30.000 euros.
            Es solo un niño muerto, un pobre niño más que ha muerto sin entender por qué nadie sintió piedad por su dolor y su indefensión. Pasará desapercibido para todos nosotros. Mañana nadie recordará su caso.
            Una ley así no es una ley. Es un crimen de lesa humanidad. Y el parlamento que la  haya aprobado, debe saber que no me representa. Una Europa que teme tanto a un niño moribundo que lo deja morir en sus fronteras no es  mi Europa. La Europa que pone precio a la vida de un niño es una Europa inhumana, sin valores, anquilosada, decrépita y egoísta; la Europa que está invocando a sus demonios totalitarios y sangrientos desde el olvido donde los creíamos enterrados. 
         Esa Europa, ¡no!
            Afortunadamente hay otra que empieza a despuntar. He visto ya otra Europa colectiva, vigorosa, joven, con la conciencia limpia.
            Y la ventana, diáfana, por la que la he visto cruzar ante mi casa son  dos instrumentos de comunicación social.
            Uno es mucho más recio, más arraigado, más antiguo porque comenzó su andadura en el 2001. Y es políglota. Su nombre es Café  Babel y fue fundado  por un grupo de jóvenes europeístas, profesionales que un día, no muy lejano, mientras andaban por Europa con las becas Erasmus, descubrieron que esa Europa Común era un hallazgo demasiado importante para dejarla en manos de los  comerciantes y los políticos tramposos que hacen ingeniería fiscal, legalmente aceptada para saquear a los socios. Ellos saben que esa Europa Común, la Europa de los Pueblos que un día nos pregonaron, es un instrumento poderoso para atenuar los efectos  de la globalización y para hacer frente a la deshumanización del pensamiento racional, atento solo al sistema productivo y a la justificación del reparto desigual del beneficio. Son también conscientes de que el terreno sobre el que podrá arraigar un futuro europeo creíble y humanitario descansa sobre los fundamentos de nuestra riqueza cultural, la que durante tiempo se preocupó del ser humano. Esa cultura, a pesar de los errores que hemos ido perpetrando en nuestra historia, alumbró el continente más respetuoso con los derechos humanos y con sistemas democráticos más arraigados.
            Ellos, además, no dramatizan. Y en ocasiones convierten la ironía y el humor en instrumentos útiles y eficaces.
            Café  Babel se edita en Castellano, Francés, Inglés, Alemán, Italiano y Polaco. Asomarme a sus páginas me anima a tener esperanza en una Europa regenerada y humanista. No todo está perdido. Ellos son la prueba.
            El otro medio al que me refiero es un recién nacido; es humilde, de barrio; el foro de un Instituto en el extrarradio de una ciudad ególatra y provinciana a la que amo. Se trata del Diario Digital del IES Pino Montano.
Por sus páginas empieza a ser costumbre que asome la palabra hermosa de una juventud consciente y limpia, valerosa, con las ideas muy claras; una juventud que niega con su expresión brillante y ordenada ese tópico sucio del fracaso escolar que tanto se enarbola en esta patria nuestra, mal hablada y doctorada en quejas, que acusa a la escuela de sus defectos ancestrales.
            Los miro y empiezo a confiar en el futuro. Veo en ellos a los nuevos humanistas recién embarcados para la hermosa y exigente travesía de la vida.
Pero ellos no son obra nuestra, no los expongo ante vosotros con el orgullo de la gente  artesana que los labró con su maestría. No son obra nuestra. Cada uno de ellos es obra propia. Obra de su propio proyecto. Nosotros les prestamos ayuda, les mostramos caminos, insinuamos ante su mirada curiosa los principios morales que alientan nuestras vidas. Y ellos eligen. Cada individuo definitivo es obra propia. También, de su familia que generó el ambiente propicio para que fraguara esa persona y le dio la orientación más adecuada. No son obra nuestra, pero verlos gobernando su vida con criterio, asentados sobre cimientos hondos, nos llena de orgullo, emociona nuestros corazones, en algún caso, encanecidos.
            Unos y otros quizás aun no sean conscientes, pero ya han salido ilesos de ese naufragio humano que consiste en perder de vista los valores colectivos. Son tiempos propicios para la floración del individualismo improductivo, cuando se trata de generar las condiciones en las que habremos de vivir. Cuando el sistema político que sustenta nuestros derechos y reclama nuestra colaboración pierde su autoridad moral, el individuo acaba refugiado en su cueva, entregando su fe a los que predican la salvación personal sin atender al otro.
Esta gente de la que os hablo, no. Tengo la sensación de que esta gente mira al futuro y lo imagina como un espacio generoso donde quepamos todos. Incluso ese niño que ha muerto y cuyo nombre no guardo en la memoria.

miércoles, 1 de febrero de 2017

Medea


Ayer lo hicimos. En el Salón de Actos de la Fundación Cruzcampo, y ante unas ciento treinta personas que asistieron al acto, liberamos a Medea de sus viejas ataduras y la dejamos caminar por este tiempo. Pero no temáis nada de ella. Esta Medea no es la que todos conocéis. No es la princesa salvaje y sin conciencia que dio muerte a sus hijos para vengarse de un marido ambicioso que había olvidado sus promesas. Ella pudiera ser cualquier mujer con la que os crucéis al caminar.  La Medea que ayer os entregamos debiera ser la verdadera. Yo sé que es mucho más verdadera que la que nos legó el drama griego.
            Kión, el narrador omnisciente de mi novela, el testigo directo de los acontecimientos, nos dice que la Medea que él inventó y que ha llegado hasta nosotros es una Medea falsa. También nos dice que cuando un mito arraiga en la conciencia colectiva ya no habrá manera de modificarlo. La Medea que conocemos por el Mito será ya eterna. Y esta novela no cambiará su destino.
            No reclamo que censuremos a nuestros clásicos. Sí reclamo que los leamos con espíritu crítico. La misoginia hunde sus raíces venenosas en el pasado y desconocemos su profundidad y sus razones, pero hemos de ser capaces de desenmascarar las tradiciones arraigadas cuando su fundamento es inmoral.
           Como elegí cuidadosamente a las personas que me asistieron en el acto de presentar mi obra, oí decir cosas hermosas y brillantes, de lectores cualificados y profesores comprometidos.
            Y me sentí reconfortado por la compañía de conocidos, familiares, amigos, compañeros de hoy y de ayer y alumnos que ya no los son pero que me siguen llamando profesor aunque hayan transcurrido cuarenta años. Sin que ese acontecimiento encuentre explicación, en los Centros escolares hay un venero oculto del que mana un afecto imborrable.        
       Es de justicia que yo agradezca hoy aquí algo que ayer olvidé agradecer en la presentación pública de mi novela, la portada es un regalo de mi hijo Andy Jiménez. Muchos de quienes me acompañaron en la presentación me felicitaron por ella, por su esquematismo, simbología y delicadeza.
            Sabed que es un regalo de mi hijo para Medea.
            Y hoy me siento abrumado, sobrecogido por la avalancha de felicitaciones y muestras de afecto. Casi incapaz de decir nada que os merezca la pena.
            Deseo, como es lógico, que este viaje de Medea sea largo y exitoso. De vosotros depende. La escribí con amor cuidadoso. Con amor os la entrego.
            Otro día desbrozaré para vosotros las claves de autor que encierra en su interior. De esa manera podréis acercaros a su interpretación, conociendo mis propias intenciones al escribirla.
            A todos los que de diferentes maneras habéis establecido ya un lazo con esta Medea mía, gracias.


sábado, 14 de enero de 2017

Modernidad líquida

            Los obituarios de los periódicos son como unas insensibles tijeras de podar, porque con frecuencia nos avisan de que la muerte se nos ha llevado a personas que fueron nuestra referencia para entender mejor el mundo en que vivimos. El árbol del humanismo europeo va perdiendo sus ramas, mientras aguardamos que alguna primavera nos anuncie el desarrollo de otras yemas que vengan a paliar esas pérdidas sensibles. El nueve de enero murió en Inglaterra, donde vivía, el sociólogo polaco Zygmunt Bauman. Cargaba en su vieja espalda con el siglo XX, del que fue testigo excepcional. Emigrado a la URRS en los comienzos de la II Guerra Mundial, luchó contra la Alemania Nazi enrolado en el ejército soviético y sufrió purgas y exilio como correspondía a su condición judía.
            Hasta su muerte siguió siendo un indignado nonagenario y lúcido, indignado contra el liberalismo radical que va generando desigualdades y conflictos permanentemente, mientras la resistencia intelectual se diluye de forma irremediable.
            Él nos ha explicado con lucidez envidiable nuestro estado de ánimo frente a la decadente sociedad en la que nos ha tocado vivir. Su hallazgo conceptual más original es la metáfora con la que define a nuestro tiempo, “modernidad líquida”, título de una de sus obras, porque nada resulta ya consistente. Salvando el valor del dinero, carecemos de principios sólidos que nos permitan restaurar la confianza en el futuro, la esperanza de que alguna vez recuperaremos lo perdido.
            La ética pública ha sido arrollada por el tren de la corrupción casi a todos los niveles imaginables y en cualquier lugar de la tierra al que dirijamos la mirada.
            El proyecto colectivo que hemos dado en llamar Estado ya no garantiza a los ciudadanos la aplicación de las leyes o de los principios constitucionales sobre los que asentamos nuestros valores democráticos, porque el poder ya no reside en el gobierno, nuestro delegado natural, sino en corporaciones económicas anónimas, oscuras e incontrolables que son las que regulan nuestras vidas.
            Privado de su poder, tampoco cumple el Estado su deber primordial, velar por todos y cada uno de nosotros; para eso lo constituimos. El liberalismo lo ha ido desnudando de esa función primordial mientras nos susurra que ese estado protector es inviable y que nos toca velar por nosotros mismos, bajo la falacia del emprendimiento, y no solo laboral, sino con la contratación de seguros médicos privados y planes de pensiones. Sálvate, si puedes. No esperes a los demás. No cuentes con ellos.
            El pensamiento político carece de poder para modificar la realidad controlada por los mercados y los grandes fondos de inversión que acumulan la mayor parte de las riquezas de la tierra. Casi estamos seguros de que las ideas carecen de valor porque están privadas de capacidad transformadora.
            Bauman encontró otro término preciso para definir a la mayor parte de los seres humanos empleados por cuenta ajena en nuestros días, o que esperan estarlo alguna vez, “el precariado”, incapaz de modificar bruscamente sus condiciones de vida porque es víctima de su individualismo indefenso,y porque carece de conciencia colectiva. El precariado es sumiso. Nunca llevará a cabo una revolución de clase como las que la historia ha conocido.
            Bauman siguió con interés los movimientos de los indignados en el Sur de Europa y en Nueva York. Esperaba, seguramente, de esos movimientos el crecimiento de la conciencia colectiva que requiere la modificación de nuestro presente amenazado.
            Probablemente habrá muerto desencantado.
            Y triste.
            Aunque sospecho que nunca perdió la esperanza. Eso sería la derrota definitiva. Creo que la gente consciente de su derrota acaba rindiéndose. Pero él ha muerto en las trincheras intelectuales. Dando guerra hasta el último minuto.
            Sus últimos escritos denuncian la eficacia del liberalismo en su pretensión de privarnos de conciencia colectiva. Nos ha degenerado hasta tal punto que ya ni siquiera nos remueve la conciencia el sufrimiento ajeno. Fugitivos de la miseria mueren de frío en las fronteras de la cristianísima y democrática Europa. Nos importa un bledo. Debatimos. Justificamos. Buscamos argumentos retorcidos que expliquen nuestra crueldad insolidaria. Ese es el rasgo definitorio de esta época: alimentamos una conciencia insolidaria que se oculta tras discursos ambiguos y bien elaborados.
            Quién sabe si no seremos nosotros los refugiados de mañana. ¿No os atemoriza la palabra guerra en boca del gobierno chino como respuesta a las provocaciones de esa culebra que los dioses han mandado a las ranas americanas para que los gobierne? A mí, sí.
      Perder la voz de gente como Bauman nos deja a la intemperie. Necesitamos a esta gente gritándonos al oído que otra vida es posible. O algún día acabaremos de perder definitivamente la esperanza. Y entonces ya no habrá vuelta atrás. Estaremos definitivamente alienados y vencidos.

jueves, 15 de diciembre de 2016

Leña al fuego

        El nombre Andreas Schleicher no os resultará familiar; a mí tampoco hasta ayer mismo. Pero  he conocido por la prensa que es un señor alemán, principal responsable del informe PISA. Solo ese detalle ya despierta mi interés.
    Tras la polvareda mediática que han levantado los resultados de los escolares españoles  en dicha evaluación en el presente curso, afirma este hombre algunas cosas dignas de mención en la entrevista que ha concedido a los periódicos.
        Dice, por ejemplo, que los salarios de los profesores en España convierten la enseñanza en un oficio muy bien pagado, pero que, lejos de comportarnos como profesionales agradecidos y prácticos, actuamos sin motivación, como gente que acude a una fábrica sin implicarse demasiado en  lo que hace. Vivimos de espaldas a la realidad, excesivamente preocupados de los contenidos, sin atender a la verdadera formación que los jóvenes necesitan.
         Ya sabemos la causa principal de los resultados poco satisfactorios.
         Ganamos demasiado, rendimos poco. Empeñados en los inútiles contenidos, no colaboramos en su propósito de fabricar mano de obra acrítica, acomodaticia, y hábil con las nuevas tecnologías o dispuestos a inventar instrumentos novedosos de producción masiva sin necesidad de mano de obra humana. Esperan nuestra colaboración en el montaje de esa pieza humana en el engranaje productivo. Lo demás no importa. Las personas y sus proyectos vitales han de estar supeditados a su afán de controlarlo todo para garantizar el beneficio desmedido de una minoría poderosa y manipuladora.
    ¿Qué contenidos sobran? En realidad, todos. Las personas más capaces del futuro han de ser emprendedores individuales, con capacidades informáticas, experiencia en redes y buena disposición para trabajar en su propio domicilio. Allí prestarán servicios a la gran empresa sin vínculo laboral alguno y sin otro derecho que cobrar por su trabajo, cuando lo realicen, en dura competencia de precios con los millones de emprendedores que habremos fabricado. Habrá millones de emprendedores autónomos, saqueados por el propio Estado que le exigirá cuotas insosotenibles de cotización, y hambrientos. Ese futuro asoma ya su rostro indeseable. Los Centros escolares han de fabricar emprendedores y olvidar los inútiles contenidos. 
      En realidad los conocimientos de Historia, de Filosofía, de Arte o de Literatura son inútiles, una rémora porque quien sepa Historia o Filosofía estará bajo sospecha. Puede esconder bajo la piel un ser inadaptado, un espíritu inconformista, la semilla de una revolución. Los contenidos están cargados de peligro. Enseñan que las verdades únicas son el fundamento de las dictaduras.
      Las apreciaciones de este individuo coinciden en el tiempo y en la motivación con las propuestas del FMI, que recomienda a Rajoy controlar el gasto en Enseñanza y Sanidad, dos servicios públicos innecesarios y ostentosos, un lujo irresponsable impropio de un gobierno sensato.
         Afirmaciones de este tipo son realmente insultantes e inaceptables. Sobre todo porque proceden de un individuo que, seguramente, no habrá pasado ni un minuto en un centro escolar de este país.Descalifica a los docentes españoles y los arroja a los pies de los caballos, porque para eso cobra su salario. Seguramente no habrá intercambiado una sola palabra con ninguno de ellos. Nada sabe de los docentes españoles , pero los califica de inútiles y poco agradecidos con el lujo de salario que perciben. Y en este país cainita e irreflexivo, la opinión maliciosa de ese desconocido será para muchas personas una verdad indiscutible. 
      Pero quien tiene el poder tiene a los medios a su servicio, y su atrevimiento, lejos de comportarle consecuencias, seguramente le traiga prestigio y dividendos.La mentira y la manipulación se han convertido en el instrumento más valioso para dirigir a la ciudadanía por la senda conveniente.
    El capitalismo global y sus secuaces no reparan en medios para lograr sus objetivos. No hay a la vista ni un principio moral que pueda defendernos de la minoría  que se ha adueñado de nuestro presente y amenaza nuestro futuro. Nunca han tenido tantos medios ni tanto poder. Nunca hemos estado más indefensos.