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miércoles, 28 de junio de 2017

Corral de Comedias

         Al final la democracia se resiente. Porque cada día el escaparate político va pareciéndose más a una función teatral en la que cada actor realiza su papel durante la representación, según el guión establecido y sin intenciones de cambiarlo.
        Nos cuentan que Bárcenas ha sido fuerte, ha guardado silencio, ha retado  o, incluso, se ha mofado de la Comisión Parlamentaria.
         Pero, ¿acaso sus señorías esperaban otra cosa?
       ¡No!  Sin duda no esperaban otra cosa. Pero en algo han de ocupar el tiempo. Y en algo que parezca trascendente, que ocupe páginas en los periódicos y minutos en las noticias televisivas. Porque eso es lo que importa, el minuto mediático, la foto de portada, la apariencia.
          A nadie en su sano juicio le queda duda alguna sobre la corrupción institucional que ha arraigado en el partido Popular durante décadas, corrupción institucional que ha propiciado también la corrupción individual a niveles desconocidos. 
    Pero nadie en su sano juicio esperaría que estas comparecencias sobre la financiación irregular de ese partido tengan alguna consecuencia. No cambiará el sentido de un solo voto en este país cainita que vota con las tripas, con una arraigada conciencia guerracivilista de pueblo empecinado y primitivo, que concibe los bienes públicos como un cuerpo muerto, carroña que es lícito repartirse.
     Esta Comisión, como tantas otras, es una distracción inútil. En algo han de ocupar sus señorías su tiempo bien pagado.
     Y, al final, la democracia se resiente. Los ves ahí, empeñados en asuntos inútiles, y te parecen cobayas obstinándose en hacer girar la rueda que no puede avanzar, gastando energías de forma mecánica y estúpida.
           En lo demás, en las cosas que afectan a la vida de la gente, nada cambia. Quizás porque todo está atado y bien atado. Quizás porque todo es teatro puro, juego de roles para mantener las apariencias.
            Mientras, por citar solo algún asunto cotidiano de los que carecen de importancia como para merecer la atención de nuestros actores más cualificados, los autónomos españoles, en comparación con otros países europeos de mayor renta per cápita y mucho menor índice de paro, son tratados como los galeotes del sistema, altas cuotas, escasísimas prestaciones  y una desconfianza sistemática que los cerca cuando van al médico. No obstante, el Estado traslada al sistema educativo la obligación moral de formar emprendedores, es decir ilusos que sostengan el chiringuito mientras la evasión de impuestos del gran capital apenas se persigue o se estimula con amnistías fiscales vergonzosas.
       Y los creadores jubilados están amenazados de perder la pensión por la que han cotizado toda su vida laboral, si alguna de sus creaciones tiene éxito, aunque sea un éxito efímero y puntual.
     He ahí dos leyes, entre cientos, que merecerían reclamar la atención de esa caterva de actores bien remunerados que han prometido dejarse la piel para mejorar nuestras vidas, pero saben que todo es una farsa para tenernos distraídos.
   Al final la democracia se resiente, cuando la gente comprueba  durante mucho tiempo que en el Parlamento falta corazón solidario con la gente, compromiso y sentido de Estado y sobran intereses, poses oportunistas, discursos que brillan un momento y se apagan como pavesas de papel, sin que a nada obligue a quien acaba de pronunciarlos, como si fuera el discurso un fin en sí mismo.
    Nos costó mucho cimentar la democracia. 
  No suponíamos que convertirían el Parlamento en un Corral de Comedias

lunes, 5 de junio de 2017

Cuando la derecha baja impuestos


      La derecha política, es decir,  la derecha económica que busca administrar los poderes del Estado en su propio beneficio, es también una enemiga declarada del Estado en su vertiente social, la que presta servicios que palien en parte las desigualdades que genera el capitalismo.
            La primera obligación de un político de derechas cuando alcanza el poder de legislar es bajar los impuestos. Y, a veces, hasta la gente pobre lo celebra y lo agradece.
            Bien por la derecha que nos baja los impuestos. Porque el Estado nos roba con impuestos el sudor de la frente.
             La mentira o la verdad a medias generan hoy rendimientos netos extraordinarios en el ámbito político. Cuando la derecha baja impuestos a los pobres es como cuando les sube las pensiones a los pensionistas. En ningún caso lo perciben los bolsillos de los afectados. Las bajadas de impuestos de la derecha solo las perciben los ricos. Solo a ellos se los baja de verdad
            Y cuando la derecha baja impuestos, se resiente el Estado y se resienten los servicios que el Estado nos debe devolver por los impuestos que pagamos.
            Y se resienten los servicios de aquellos que más lo necesitan.
            Mirad el caso inglés que aún sangra en los titulares de prensa de media Europa. Theresa May, la discípula pazguata de aquella Thacher que tanta paz haya como olvido merece, ha hecho una propuesta demencial en su programa político.
            En cuatro días los votantes dirán algo al respecto, pero el votante a veces acepta una propuesta criminal si con ello cree que pone a salvo su pellejo.
            Theresa May ha propuesto lo que  se ha bautizado en el Reino Unido como un impuesto a la demencia. Consiste en un copago sanitario que deben afrontar en exclusiva los jubilados. Esas personas deben hacer frente a sus necesidades sanitarias con sus propios  recursos, aunque tengan que hipotecar sus domicilios para ello. La otra opción es no recibir la atención que su salud precisa.
            El impuesto será mucho mayor si la persona anciana ha de recibir asistencia sanitaria en su propio domicilio, personas dependientes  con movilidad reducida o  afectadas por enfermedades mentales sin remedio, como el alzhéimer o la demencia senil. De ahí el nombre con que su propuesta ha sido recibida.
            La derecha política ha de hacer propuestas como esta, contra los más desvalidos y necesitados, cuando no le cuadran los números. Las necesidades sin cubrir le importan un bledo. Veréis el grado de radicalización ideológica en el aumento progresivo de desprecio a los servicios públicos, en la descalificación de los dependientes, en la proclamación a voz en grito de que cada uno tiene derecho a los servicios que pueda costear.
            El punto más nocivo de esta ideología establece como únicos servicios que el Estado debiera atender un cuerpo de policía, los jueces y el ejército. Aquellos servicios que sirven para defendernos de los otros.
            Todo lo demás es superfluo, gasto inútil del Estado que se destina a mantener gorrones, perezosos,  gente acomodaticia y sin ambición que no se esfuerza en cuidar de sí misma, y que vive a costa de lo que el Estado roba a la gente creadora de riqueza mediante los impuestos, para conseguir votos.
            Id a besar la mano que os baja los impuestos, es la misma que os deja sin la protección que nos debe el Estado, la misma que propone abandonar a los viejos improductivos  a su suerte.
            Sin un Estado con proyección social, la mayor parte de nosotros acabaremos mendigando o buscando alimento en los contenedores de basura, el mismo destino de los viejos inútiles en Bangladesh, el modelo hacia el que tiende la Europa del mercado, que nada tiene que ver con la Europa de los pueblos.
    Pero nos encanta que nos bajen los impuestos. Y secundamos campañas en la red, porque creemos en la historia bíblica de un maná que cayó del cielo. 
     Como el burro de la noria, felizmente protegido por el antifaz orejero, nada vemos de lo que sucede alrededor.         

martes, 30 de mayo de 2017

El comisionista Trump no quiere distracciones

       Sabíamos muchas cosas de Donald Trump. Sospechábamos otras que el tiempo se encargaría de confirmar o desmentir. En el caso de este individuo el tiempo pasa a velocidad de vértigo porque antes de cumplirse los cien días de mandato que alguna norma de cortesía parlamentaria tiene establecidos como plazo para que los nuevos mandatarios se asienten, ya pende sobre su cabeza el último y más poderoso recurso que la Constitución Americana estableció para defenderse de presidentes peligrosos, dementes, inmorales o con tendencias dictatoriales, la destitución por parte de las Cámaras de representantes. Algo que nunca ha sucedido, porque Nixón dimitió antes y porque, en contra de lo esperado, Clinton salió ileso.
            Lo de Trump es  todo un récord. Y no resulta extraño en absoluto.
             Trump es un vendedor de feria de incultura vergonzante, pero capaz de convertir esa carencia, que debiera haberlo inhabilitado en la carrera presidencial, en todo un éxito de ventas.
      Trump carece de conciencia moral y se ufana de ello; y , como acaba de demostrar en su periplo por la Unión Europea, no tiene ni educación elemental. Se ha manifestado ante el resto del mundo con su verdadero rostro, como un patán capaz de hacernos sentir vergüenza ajena en el salón de baile de la diplomacia internacional. Pero  en ese aspecto está mucho más adaptado a sus votantes americanos de lo que la mayor parte de los políticos europeos lo están a los suyos, con la excepción de Marine Le Pen.
            Trump se ha izado sobre cimientos inestables, sobre el voto asustado de los perdedores de la globalización. Sabe que el miedo genera fidelidades inquietas y poco duraderas. De ahí su necesidad de confirmar su discurso ante sus votantes toscos, provincianos, abrumados por la angustia de quedar abandonados en los límites tenebrosos del fracaso,  de convertirse en perdedores,  ese insulto que tanto gusta al ganador Trump.
          El votante americano de Trump no entiende de diplomacia, quiere ganar su guerra contra el empobrecimiento al que la globalización lo ha condenado. Y entiende los problemas derivados de esa globalización como una guerra verdadera. Trump ha pasado por Europa a declararla. “Los alemanes son muy malos porque (fabrican, se supone, buenos coches) venden muchos coches en Estados Unidos. Hay que pararlos”. Eso ha dicho.
            Pero lo ha dicho para lo escuchen sus votantes.
            Y ha dejado en los gobiernos europeos una mezcla de cólera disimulada bajo la necesaria cortesía y de desesperación por las consecuencias sobrevenidas de esa declaración virtual de hostilidades.
            En realidad, Trump se ha montado en el Air  Force One y ha puesto rumbo al extranjero huyendo del aire viciado de la Casa Blanca, envenenado de rumores de connivencia con los servicios secretos rusos para ganar las elecciones presidenciales. Pero, también con la firme voluntad de llevarse a casa algún éxito.
            Y lo ha logrado; el comisionista Trump ha hecho una buena venta de armas, las más alta que se conoce, a las monarquías teocráticas y corruptas del golfo pérsico que instigan y financian el islamismo radical, el mismo que surte de suicidas desesperados al terrorismo; y no le anda a la zaga el acuerdo logrado con Israel, un país proclive a utilizar el argumento de las armas, usadas de forma desmesurada,  en su relación con sus vecinos.
            También ha hecho un intento formidable con la Unión Europea; ha reclamado el diezmo que las inmorales y oscuras industrias de guerra consideran suyo. El comisionista Trump, con el discurso amenazante de un matón que ejerce de cobrador de prestamistas mafiosos, ha venido a reclamarnos que los europeos gastemos en armas un porcentaje importante de nuestro PIB.
    Podría haber intentado, junto a las otras personas poderosas que   se reúnen para tratar sobre las condiciones de la vida humana, pactar un mundo donde las armas no fueran necesarias. Pero su verdadero oficio es actuar de comisionista de la industria armamentística. Esta era una de las sopechas que teníamos, sospecha que él no ha tardado en confirmar.
            El desastre climático y los refugiados abandonados a su sufrimiento son distracciones que su negocio no puede permitirse.

sábado, 13 de mayo de 2017

Nostalgia

        Hubo un tiempo en el que el futuro era una patria desconocida, pero amable,  en la que nuestros sueños esperaban convertirse en realidad; y hacia el futuro  volaban nuestras esperanzas.
            Hoy el futuro es igualmente desconocido, pero lo presentimos hostil, insolidario y agresivo. Y a falta de un futuro acogedor al que encaminarnos con confianza, vemos en las naciones más desarrolladas de la tierra una floración inesperada de nostalgia. Cuando avistamos un futuro amenazante, buscamos refugio en el pasado.
            Esa querencia por la protección imposible del pasado vota en las elecciones, y ha dado el triunfo inesperado a un impresentable Donald Trump, analfabeto político con la acuciante necesidad de pasar a la historia como el comandante en jefe que fue capaz de volver a ganar guerras y delincuente financiero confeso. A Trump lo ha elegido la nostalgia de una América grande y protectora
            Es la misma querencia que ha provocado una alarma justificada en la vieja Europa de los mercaderes ante el riesgo de que un triunfo del nacionalismo fascista francés diera al traste con el chiringuito del mercado único y los paraísos fiscales para la tributación empresarial en seno de la Unión. A Marine Le Pen la ha llevado en volandas hasta las elecciones presidenciales la nostalgia de un pasado difuso donde se atisba el franco,  las fronteras cerradas y la persecución de minorías debidamente criminalizadas.
            Podemos decir que Macron ha derrotado a la nostalgia y ha hecho el boca a boca a una Europa exhausta que pierde adeptos al mismo tiempo que se diluye su influencia política en el mundo globalizado. Pero los efectos de esta victoria se diluirán en muy corto plazo.
            Porque el cuarto poder que Montesquieu ignoró a voluntad en su propuesta de control mutuo no da respiro. Nos predican que este que tenemos entre manos es el único mundo posible, que no hay alternativa. Y Rajoy añade una sabida coletilla, este mundo es el que propone el sentido común. Pero desde el horizonte de este mundo dominado por el sentido común de  una minoría que permanece en las sombras de las grandes corporaciones económicas no percibimos que sea posible en el futuro esa vieja utopía que era la meta de nuestro viejo empeño político, conseguir algún día una sociedad equilibrada, más justa, más humana, en la que las desigualdades tendieran a ir desapareciendo. ¿Qué otro objetivo puede perseguir una ideología decente, de la que uno no deba avergonzarse?
            Ese viejo sueño, forjar una polis donde la felicidad del individuo encuentra su concreción en la felicidad colectiva, ha perdido vigor. Y en consecuencia ha perdido sentido el esfuerzo colectivo por el bien común.
            La sociedad actual es una enferma crónica. Está aquejada por graves dolencias sociales, pero intenta paliarlas con soluciones para los individuos. Tampoco esas soluciones están garantizadas. Son legión los individuos que quedarán desconectados, aislados, olvidados, sacrificados en suma. El mensaje dominante y el que ha calado en la conciencia de la gente es bien simple, pero bastante eficaz. “Este es el único mundo posible”, nos dicen. “Adáptate o perece. Mejora tu posición, búscate un sitio en la cubierta del barco o morirás entre las olas”. “Pilla tu trozo del despojo que se está repartiendo y defiéndelo con uñas y dientes”. Olvida a los demás, no hay para todos”.
            Pero esta sociedad deshumanizada que se vislumbra desde el presente no es la mía, no es la nuestra. Es inmoral, irracional, insolidaria y degenerada.
           A fuerza de haber sido frustrados en sus esperanzas, ante la amenaza de quedar desprotegidos en un mundo sin reglas morales, la reacción defensiva es la autodefensa, el miedo, – o el odio-, al otro, al que vemos como competidor. Y el miedo-odio es la tierra fértil donde crecen salvadores inicuos, mesiánicos manipuladores que inventan paraísos imposibles. Cada uno de ellos guarda en su interior el proyecto de un dictador viable.
         Los conozco. La historia ha dado ya muchas cosechas de salvadores mesiánicos.
            Hemos transitado ya muchas veces por periodos oscuros donde el futuro resultaba amenazante. Sin embargo, una cosa resulta indiscutible. El futuro no está escrito, depende de nosotros, de nuestra capacidad de recuperar  la conciencia colectiva y de corregir esta deriva que nos lleva a una organización social inestable e injusta . 
     Y el pasado que quiere recuperar la nostalgia que vota por miedo  es una bandera harapienta sobre la que aún se pueden distinguir manchas de sangre.
               





domingo, 7 de mayo de 2017

El candidato Macron según un Nobel de Literatura



            He de reconocer que me ha tenido desconcertado durante varios días la negativa de Mélenchon a solicitar el apoyo de sus votantes para Macron, a sabiendas de que la abstención es una transfusión de poder para el  Frente Nacional. Y el Frente Nacional es el rostro amenazante del Fascismo que renace de sus cenizas por la nefasta gestión de la crisis que ha llevado a cabo la Europa de los mercaderes, la de los prestamistas y la de la ingeniería fiscal aventajada que arrebata los impuestos a los socios.
            La Europa Liberal que olvida las personas, porque a veces entorpecen el legítimo derecho a enriquecerse, ha amamantado a esos hijos que ahora amenazan su futuro.
            Pero hoy he llegado a entender a Mélenchon. Y se lo debo al premio Nobel de Literatura don Jorge Mario Pedro Vargas Llosa. Hoy don Mario, con su pluma magistral, derrama sabiduría en las páginas de opinión de El País y me ha hecho comprender la razón de la abstención de buena parte de la izquierda más radical o más consciente del país vecino.
            Pide el Marqués de Vargas Llosa el voto para Macron, un verdadero revolucionario en la Francia actual, puesto que se proclama liberal.  Y según Vargas Llosa Francia lo necesita ahora porque él devolverá el protagonismo al empresariado, y lo librará del pesado yugo de los impuestos de un Estado rapaz y empobrecedor. Macron, en opinión de este apátrida de las letras tras su descalabro político en su propio país, adelgazará a ese estado adiposo y voraz para reducirlo a sus funciones primordiales, aquellas que verdaderamente le competen, la administración de la justicia, la seguridad y el orden público.
            Desconozco el programa político del señor Macron en sus aspectos concretos. Por tanto desconozco si las afirmaciones de Vargas Llosa  responden a su programa verdadero o son la proyección del Liberalismo que el escritor peruano concibe como solución del mundo.
            Concebir que la organización de una sociedad cualquiera ha de estar supeditada a la barra libre de la empresa para generar riqueza es, cuando menos, una irresponsabilidad de proporciones  escandalosas. Pero es sobre todo una inmoralidad y una aberración que tiene que alarmarnos, especialmente por provenir de una persona de indudable talla intelectual.
            Su concepción del hombre me avergüenza. Por muy liberal que este hombre se proclame, no parece haber superado aún la teoría política que estableció Platón en la República. Solo que ahora la finalidad de la organización social no es la justicia y el bienestar, sino el enriquecimiento de algunos y el lugar privilegiado no es el de los filósofos y los sabios, sino el de los empresarios; suyo es el mundo, suyo es el derecho a diseñarlo y a diseñar las leyes que gobiernen las vidas. A su servicio han de ponerse los gobiernos. Sucede, desde luego. Pero proclamarlo como doctrina política resulta de un cinismo insultante.
            Y por lo que respecta a su concepción del Estado, ha avanzado en el tiempo. Arrinconó a Platón y ya conoce a Hobbes. Pero no parece haber superado la visión de aquel filósofo misántropo de siglo XVII. Ese estado que concibe Vargas Llosa, cuya función primordial sea defendernos a los unos de los otros, es prácticamente incompatible con las democracias occidentales. Esa teoría sirvió para intentar justificar el mantenimiento de las Monarquías Autoritarias. Contra ese Estado que tiene Vargas Llosa en la cabeza Europa hizo innumerables revoluciones y las fue ganando poco a poco.
            Él, seguramente por el privilegio tardío de su título nobiliario, no podrá comprender que la función de los Estados no es defender privilegios de nadie , sino dar sentido a la proclamación primordial de la igualdad humana y eso se hace redistribuyendo las riquezas que una nación genera mediante servicios que sirven para paliar las desigualdades que el Liberalismo a ultranza se complace en generar. Para eso establecimos los impuestos y para eso reclamamos a los Estados servicios más importantes que mantener el orden público, como  la educación, la salud, el cuidado medioambiental y a la atención a los excluidos del sistema, por citar solo algunos que él olvida a voluntad.
            Vargas Llosa llama a la prestación de esos servicios un “estatismo adiposo que empobrece”. Y esos servicios no los considera competencia del Estado, sino de gestión privada. Y que cada cual goce de aquellos que pueda costearse, la proclama más salvaje del pensamiento liberal.
            Con esa concepción del hombre y de la sociedad no resulta difícil entender que la defensa y el orden público sean su principal preocupación. La sociedad que derivaría de sus propuestas llevadas a efecto sería radicalmente injusta y, como consecuencia, explosiva.
            Gracias al artículo de opinión de don Jorge Mario Pedro Vargas Llosa, si yo fuera francés y estuviera en condiciones de votar, quizás habría optado hoy por la abstención.
             El candidato Macron que dibuja resulta espeluznante.

sábado, 22 de abril de 2017

Hay gente que llora a solas

          Rajoy parece no saberlo, pero hay gente que llora a solas con frecuencia. Y están en cualquier lugar, si tienes la valentía de indagar en la intimidad de quien se siente fracasado.
            Pero Rajoy, enlodado hasta el cuello con los casos de corrupción que  mantienen a su partido bajo una montaña de basura acumulada desde los gobiernos de Aznar, ha dado órdenes de ensalzar la recuperación económica como almadía que los libere del naufragio. El gallego taimado que preside el gobierno no sabe que hay gente que llora a solas con frecuencia. Y si lo sabe, prefiere no hacer mención de ese tributo humano que cada crisis reclama como pago.
            Tampoco parecen saberlo quienes apoyarán sus presupuestos.
            Sin embargo, lo peor que nos ha dejado la crisis es esta gente que llora a solas.
            Desconozco la realidad de las cifras y las previsiones económicas que cada día va desgranando el gobierno como justificación de sus aciagas medidas y para poner sordina al llanto de quienes lloran a escondidas.
            Y me resulta imposible creer las noticias al respecto. Soy consciente de que el principal recurso político en la actualidad para conseguir el poder o para mantenerse en él es la manipulación, la mentira cruda, y la complicidad de muchas fuerzas que interactúan para mantenernos medianamente apaciaguados.
            Pero aun siendo ciertas, sería una verdad que no consuela a casi nadie. El crecimiento, de haberlo, no tiene apenas proyección social. Engrosa, en todo caso, la hucha de los beneficios empresariales y los dividendos del accionariado de las empresas que han convertido la tormenta económica en la ocasión perfecta. Para eso llevó a cabo el PP su reforma laboral. Para eso ha llevado a cabo sus reformas fiscales  o ha acentuado sus tendencias para facilitar la evasión fiscal, especialmente de las grandes corporaciones y de las firmas que integran el IBEX 35. Prácticamente todas ellas tienen sucursales en paraísos fiscales, y no creo que se deba a una decidida voluntad de expandirse por otras regiones de la tierra.
            Y como consecuencia de esa gestión interesada de la crisis que han hecho cleptócratas de pro y discurso engañoso, hay gente que llora desconsoladamente con frecuencia. Y me consta que a solas  casi siempre, ocultando a los demás su conciencia de culpa, de fracaso y su autoestima hundida en el fango maloliente de un presente sin empleo y un futuro sin esperanzas. La recuperación no será una realidad hasta que esta gente que llora a solas no deje de llorar y detente ese derecho ambiguo que establecen las constituciones democráticas a gozar de condiciones  que le permitan llevar una vida digna.
            ¿Y la izquierda…? ¿Dónde habita la izquierda, aquella que enarbolaba no hace mucho las palabras justicia y dignidad? ¿En qué tajo se afana para que recuperemos al menos una parte de lo que perdimos? ¿Dónde guerrea ese ejército al que confiamos la defensa de nuestras escasas pertenencias? ¿Sabe esa izquierda que hay mucha gente que llora a escondidas con frecuencia porque el sistema les ha arrebatado la esperanza, la autoestima y el futuro?
            Lo dudo.
            Unos se afanan en presentarse como alternativa de gobierno, como un partido con futuro, pero ante nuestros ojos aparece sumido una guerra fratricida y feroz, que lo dejará débil, dividido, inútil para prestar ningún servicio a la sociedad durante un largo periodo.
            Y otros son evidentemente extraparlamentarios e imitan a la derecha más integrista en las maneras. Prefieren el autobús a los escaños.
            Lo diré abiertamente, rememorando a un maestro antiguo en un discurso ante el Senado Romano, “aperte dicam”, la izquierda que hoy ocupa los escaños en el Parlamento no me representa. Y la derecha nos es digna de representarme.
            No soy un caso extraordinario. Por lo que oigo y leo, mucha gente de la que consolidó la democracia, casi en los límites ya de nuestra vida laboral y en cierto modo pública, compartimos ese sentimiento de orfandad.
             La tecnología subvencionada en su desarrollo por el gran capital trabaja contra el hombre en muchos casos, con el objetivo no confeso de expulsarlo del sistema productivo para reducir costes y obligaciones sociales, y nadie parece excesivamente preocupado por la legión de víctimas que  está generando este proceso imparable, víctimas condenadas a la exclusión, a la vergonzante beneficencia o a la solidaridad de la familia.
            La aberración mayor es que el sistema tiene medios precisos para que las víctimas se conviertan en culpables: inadecuada formación, poca flexibilidad, inadaptación a las nuevas condiciones del mercado, falta de iniciativa y de ambición. A la larga la culpa recaerá sobre la víctima.
            Ese sentimiento de orfandad que creo compartir con mucha gente tiene que ver con el convencimiento íntimo de que, a pesar de los esfuerzos realizados, nuestros hijos tendrán una vida peor que la nuestra.
            Tiene, también, que ver con el hecho de que nadie, desde el Parlamento y desde la propia sociedad civil quiere oír ese llanto avergonzado y sordo de los que lloran a solas, porque entre todos les hemos arrebatado la dignidad, la esperanza y la autoestima.
            Nosotros, también hemos ayudado a arrebatárselas..
            Lo hacemos cuando otorgamos mayorías a un partido plagado de cleptómanos corruptos; cuando convertimos la defensa del líder ególatra en asunto de estado, cuando valoramos más en los discursos políticos el insulto al  contrario que una propuesta razonable para nuestras vidas.
            Nosotros también somos culpables del llanto solitario y sordo de tanta gente que ha perdido el futuro, sin que nuestras conciencias se rebelen de manera solidaria y eficaz.

          

martes, 4 de abril de 2017

Campeones de la recuperación

             En ocasiones me invade la certeza de que la crisis ha consumado ya la obligación que le impusieron. Al principio fue crisis, uno de esos desajustes temibles que el liberalismo radical provoca de manera cíclica, porque lo lleva incrustado en su genética irresponsable de animal de rapiña. Luego, se convirtió en oportunidad. Y aquí estamos; a punto de celebrar con cohetería y redoble de campanas los presupuestos generales del PP que anda bendiciendo Ciudadanos por las esquinas mediáticas de la patria.
            Toca ahora insistir en la recuperación. Somos los campeones de la recuperación, el crecimiento y la creación de empleo.
            Al servicio de esa buena causa el Banco de España insiste en las bondades del sistema y aventura un crecimiento y un descenso del paro bastante prometedores.
            Nos mienten. Hay gente a la que nunca alcanzará esa ola de bonanza. Hay gente que ha sido sacrificada para propiciar el beneficio ajeno. Y, al parecer, lo hemos aceptado, como un sacrificio necesario y nos apresuramos a esconder los cadáveres en ese armario que tenemos  repleto de miserias: uno de cada tres niños españoles bordea la exclusión en los límites de la pobreza; los parados de larga duración mayores de cuarenta y cinco años no encontrarán ya salida laboral alguna, mientras el Estado se inhibe y los margina poco a poco de sus planes de ayuda;  siete de cada diez empleos de los que el Gobierno se ufana en haber ayudado a generar, lo son por horas o por días y no generan ingresos para atender las propias necesidades del trabajador, y  el fraude fiscal no perseguido y triunfante se aproxima a la mitad de los presupuestos generales del Estado.
            La crisis ha sido la ocasión perfecta para desmontar muchos de los logros que nos habían convertido en una sociedad más igualitaria que nunca en nuestra larga historia. Pero, afortunadamente, la crisis es pasado gracias al buen gobierno de una derecha cleptócrata y vicaria de sus cómplices económicos según figura escrito en su partida de nacimiento.
            Esta derecha ha sido fiel a los principios ideológicos en los que fundamenta su existencia: menos estado; traspaso de servicios públicos que puedan generar beneficios a la gestión privada; recortes presupuestarios que atentan contra el principio radical de la democracia, la igualdad ante ley; instrumentación de la enseñanza pública en torno a la  religión y el emprendimiento como pilares básicos, amén de una selección temprana de los parias del futuro;  reforma laboral que ha dejado a los trabajadores indefensos frente  a la voracidad empresarial; y la permisividad acostumbrada con el gran capital para evitarles las pesada carga de la contribución al mantenimiento del estado con los impuestos.
            Y yo tengo la impresión que ese golpe de estado que suele generar cada gran crisis económica se ha hecho carne y habita entre nosotros.
            Se cimenta esa certeza, sobre todo, en la actitud de la llamada izquierda, la inacción absoluta frente a esa hoja de ruta que pende sobre el futuro de todos nosotros. Quizás han descubierto que carecen de respuestas o  que ya pasó su hora, que su única función es servir de espita tranquilizadora a los descamisados de este mundo con propuestas peregrinas e inútiles, discursos agresivos, y formando parte de comisiones de investigación para investigar aquello de lo que nadie duda. 
            Mientras, pelean a dentelladas por lograr la jefatura de la tribu sin más pretensión que alimentar el ego y se atrincheran frente a quienes deberían, por proximidad ideológica y de proyecto político, ser compañeros de viaje.
            Evitan así la responsabilidad de tener que gobernar, no sea que descubramos entonces que, agotada ya la política de gestos, carecen de proyecto de estado, que se quedaron perdidos en discursos enardecedores y vacios y renunciaron, o jamás lo tuvieron, al fundamento imprescindible de las ideas y los principios que dan sentido a la actuación política.
            Puede que incluso se hayan vuelto descreídos y cínicos.
              Saben que quien gobierna el mundo es el dinero.
         Da la sensación de que esa izquierda inútil ha asumido también el papel que el sistema le otorga, adormecer nuestras demandas mientras los marginados del sistema se acostumbran a su nuevo papel, integrarse en el precariado imprescindible que reclama la globalidad, el hallazgo más rentable del capitalismo en toda su larga y exitosa trayectoria.