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martes, 7 de marzo de 2017

Asilo y refugio

          En caso de persecución, toda persona tiene derecho a buscar asilo, y a disfrutar de él, en cualquier país.
Este derecho no podrá ser invocado contra una acción judicial realmente originada por delitos comunes o por actos opuestos a los propósitos y  principios de las Naciones Unidas.
Artículo 14 de la Declaración Universal de Derechos Humanos (1948)

Se garantiza el derecho de asilo dentro del respeto de las normas de la Convención de Ginebra de 28 de julio de 1951 y del Protocolo de 31 de enero de 1967 sobre el Estatuto de los Refugiados y de conformidad con la Constitución.
Artículo 18 de la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea de 2007

El asilo es un instrumento de carácter político; se otorga a las personas que alegan persecución por razones políticas. 
Sin embargo, el refugio es de carácter humanitario y por lo tanto se le reconoce a las personas que tengan un temor fundado de persecución por motivos no sólo políticos sino también por raza, religión, o condición social y está imposibilitado de regresar a su país, donde su vida e integridad física corren peligro. No hay mayores generadores de refugiados que la guerra y la pobreza endémica, dos viejos conocidos, dos vecinos. 
Ambos, el derecho de asilo y de refugio, son derechos establecidos para garantizar la integridad de los seres humanos. Derechos solidarios y de sentido común.
Están reconocidos como un derecho  de los perseguidos y una obligación legal  y moral de aquellos a quienes solicitan ayuda.
Dos noticias de hoy mismo contradicen la condición humanitaria de esta Europa nuestra. El gobierno Belga está dispuesto a cerrar sus embajadas, territorios de asilo diplomático, en los países con conflictos bélicos para evitarse el cumplimiento de esa temible obligación, asilar al perseguido.Y Hungría levanta campos de concentración para aislar a los refugiados. Los refugiará hacinándolos en cárceles que recuerdan con crudeza  ese trozo de historia no muy lejana cuya sola mención debiera hacernos más humanos.
Europa no sólo ha perdido su sentido común. Ha perdido también la vergüenza y empieza a perder la dignidad. 
Culpar a los gobiernos de esas medidas vergonzantes podría ser una verdad a medias. Los gobiernos toman medidas que otorgan votos. Cada pueblo es culpable de esas medidas. De hecho, buena parte del pueblo las reclama.
Mientras, una Europa envejecida camina hacia una futuro en el que será difícil mantener sus niveles de bienestar. Pronto habrá dos viejos pensionistas y dependientes por cada persona en edad de trabajar. 
Veintidós provincias españolas en palabras del demógrafo Francisco Zamora conforman el mapa de la España terminal. Más de un tercio de sus habitantes superan los sesenta y cinco años. Y esa España terminal habrá desaparecido prácticamente en el año 2050 salvo que las mujeres en edad fértil que la habitan tuvieran una media de siete hijos y medio. 
O eso, o aceptar la migración como salvación de ese destino de pobreza segura.
Situación parecida vive el Noroeste de Europa.
Buena parte de la solución está a punto de  entrar en campos de concentración en nuestras fronteras inhumanas y estúpidas.
Decididamente Europa ha perdido la memoria y el sentido común. Ha perdido también la vergüenza, y empieza a perder la dignidad.

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