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miércoles, 1 de marzo de 2017

¿Adios a Europa...?

Ni recuerdo cuántas veces habré dicho que La Historia de Europa comenzó con un rapto. Un dios rijoso y transformista raptó a una doncella fenicia que llevaba consigo un alfabeto y, por tanto, la llave del progreso.
            He dicho otras tantas, también, que muy al principio de los tiempos, lo que hoy llamamos Europa era el caos incierto gobernado por las imprecisas leyes de la evolución.
            Jamás hubo una edad de oro.
            Jamás los dioses bajaban cada tarde a compartir conversación y mesa.
            Jamás perdimos paraíso alguno.
             Pero dijo Grecia: “Hágase la luz”. Y vio Grecia que el pensamiento racional era bueno y que la palabra, unida al pensamiento, genera obras hermosas y deja un poso de memoria colectiva que llamamos cultura y nos permite progresar.
            Y Europa fue posible desde aquellas semillas caídas por azar en torno al Mar Mediterráneo.
            He afirmado también, en ocasiones, que durante un tiempo esta Europa contradictoria y dolorida, con un pasado sangriento, me hizo alimentar una esperanza secreta. Esta Europa tenía los instrumentos políticos y sociales para humanizar el fenómeno desconocido de la globalización.
            Ya que tantas veces colaboró a deshumanizar el mundo, Europa tenía ahora la obligación moral de mejorarlo.
            Pero de nuevo la raptaron. Y ahora no ha sido un toro enamorado.          Las consecuencias de este rapto las conocemos todos. La Europa que estaba llamada,  por su cultura única, a exportar sus valores humanistas y su sistema de convivencia basado en el respeto a los derechos humanos, es ahora una comunidad con escasa influencia en el devenir del futuro inmediato, presa de sus viejos demonios.    
            Y la razón más destacada en ese deterioro es que ha renunciado a sus raíces culturales y a la reflexión constructiva sobre las fuentes del pasado. El estudio de las Humanidades en un sentido amplio ha ido quedando postergado, perdiendo prestigio en favor de saberes productivos.
            Europa afronta hoy riesgos que ponen en tela de juicio su futuro. Debe dar respuesta a problemas, probablemente muy graves para los que no hay respuestas comunes por parte del conjunto de países que la integran. En realidad la cohesión en asuntos primordiales no existe. El envejecimiento de la población, la presión de los inmigrantes en sus fronteras, las desigualdades crecientes, la imprescindible armonización fiscal, y la  floración de nacionalismos muy próximos a los fascismos del siglo XX en sus postulados y mensajes, son problemas muy graves que precisan una respuesta armónica y pronta. Hay otros, pero estos son urgentes. De la respuesta que les demos dependerá el futuro.
            El presidente de la Comisión ha presentado hoy un plan para que los líderes nacionales europeos decidan a dónde quieren llevar el proyecto. Ha propuesto desde reducirlo a un mero mercado común, con libertad de tránsito solo para capitales y mercancías, hasta convertirnos en unos Estados Unidos de Europa.
            Habrá que ver qué surge, si es que surge algo.
            Si la Constitución Europea debe ser transformada brutalmente para recuperar lo que fuimos, un club de comerciantes aventajados, que es lo que marca la tendencia actual, yo abogaría por abandonar el club.
            Sin armonización fiscal para las empresas, Europa ya está corrompiendo su naturaleza y permitiendo el saqueo de los impuestos de los vecinos mediante  ventajas fiscales por parte de países insignificantes en el PIB de Europa que hacen gala de tener las rentas per cápita más altas del mundo.
            Y de eso sabe Juncker más que nadie.
            Donald Trump, enemigo declarado de la UE, debe andar frotándose las manos.
            Y, yo, europeísta convencido por cultura y un poco por desesperación, tengo hoy menos motivos para sentirme esperanzado.

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