Páginas vistas en total

miércoles, 15 de febrero de 2017

De la indignación a la esperanza

            Ayer, una noticia que me trajo la radio, breve y punzante, desgarró con su descarnada objetividad los restos de conciencia europeísta que me quedan. Un niño subsahariano de seis años, afectado de un tumor en el cuello, murió en nuestra frontera tras una larga espera del visado sanitario que le habría permitido ser intervenido por nuestro sistema de salud y, seguramente, conservar su vida. Su madre, una mujer residente en España, no pudo conseguir la cantidad que la Unión Europea solicita por ese tipo de visados, entre los 20.000 y 30.000 euros.
            Es solo un niño muerto, un pobre niño más que ha muerto sin entender por qué nadie sintió piedad por su dolor y su indefensión. Pasará desapercibido para todos nosotros. Mañana nadie recordará su caso.
            Una ley así no es una ley. Es un crimen de lesa humanidad. Y el parlamento que la  haya aprobado, debe saber que no me representa. Una Europa que teme tanto a un niño moribundo que lo deja morir en sus fronteras no es  mi Europa. La Europa que pone precio a la vida de un niño es una Europa inhumana, sin valores, anquilosada, decrépita y egoísta; la Europa que está invocando a sus demonios totalitarios y sangrientos desde el olvido donde los creíamos enterrados. 
         Esa Europa, ¡no!
            Afortunadamente hay otra que empieza a despuntar. He visto ya otra Europa colectiva, vigorosa, joven, con la conciencia limpia.
            Y la ventana, diáfana, por la que la he visto cruzar ante mi casa son  dos instrumentos de comunicación social.
            Uno es mucho más recio, más arraigado, más antiguo porque comenzó su andadura en el 2001. Y es políglota. Su nombre es Café  Babel y fue fundado  por un grupo de jóvenes europeístas, profesionales que un día, no muy lejano, mientras andaban por Europa con las becas Erasmus, descubrieron que esa Europa Común era un hallazgo demasiado importante para dejarla en manos de los  comerciantes y los políticos tramposos que hacen ingeniería fiscal, legalmente aceptada para saquear a los socios. Ellos saben que esa Europa Común, la Europa de los Pueblos que un día nos pregonaron, es un instrumento poderoso para atenuar los efectos  de la globalización y para hacer frente a la deshumanización del pensamiento racional, atento solo al sistema productivo y a la justificación del reparto desigual del beneficio. Son también conscientes de que el terreno sobre el que podrá arraigar un futuro europeo creíble y humanitario descansa sobre los fundamentos de nuestra riqueza cultural, la que durante tiempo se preocupó del ser humano. Esa cultura, a pesar de los errores que hemos ido perpetrando en nuestra historia, alumbró el continente más respetuoso con los derechos humanos y con sistemas democráticos más arraigados.
            Ellos, además, no dramatizan. Y en ocasiones convierten la ironía y el humor en instrumentos útiles y eficaces.
            Café  Babel se edita en Castellano, Francés, Inglés, Alemán, Italiano y Polaco. Asomarme a sus páginas me anima a tener esperanza en una Europa regenerada y humanista. No todo está perdido. Ellos son la prueba.
            El otro medio al que me refiero es un recién nacido; es humilde, de barrio; el foro de un Instituto en el extrarradio de una ciudad ególatra y provinciana a la que amo. Se trata del Diario Digital del IES Pino Montano.
Por sus páginas empieza a ser costumbre que asome la palabra hermosa de una juventud consciente y limpia, valerosa, con las ideas muy claras; una juventud que niega con su expresión brillante y ordenada ese tópico sucio del fracaso escolar que tanto se enarbola en esta patria nuestra, mal hablada y doctorada en quejas, que acusa a la escuela de sus defectos ancestrales.
            Los miro y empiezo a confiar en el futuro. Veo en ellos a los nuevos humanistas recién embarcados para la hermosa y exigente travesía de la vida.
Pero ellos no son obra nuestra, no los expongo ante vosotros con el orgullo de la gente  artesana que los labró con su maestría. No son obra nuestra. Cada uno de ellos es obra propia. Obra de su propio proyecto. Nosotros les prestamos ayuda, les mostramos caminos, insinuamos ante su mirada curiosa los principios morales que alientan nuestras vidas. Y ellos eligen. Cada individuo definitivo es obra propia. También, de su familia que generó el ambiente propicio para que fraguara esa persona y le dio la orientación más adecuada. No son obra nuestra, pero verlos gobernando su vida con criterio, asentados sobre cimientos hondos, nos llena de orgullo, emociona nuestros corazones, en algún caso, encanecidos.
            Unos y otros quizás aun no sean conscientes, pero ya han salido ilesos de ese naufragio humano que consiste en perder de vista los valores colectivos. Son tiempos propicios para la floración del individualismo improductivo, cuando se trata de generar las condiciones en las que habremos de vivir. Cuando el sistema político que sustenta nuestros derechos y reclama nuestra colaboración pierde su autoridad moral, el individuo acaba refugiado en su cueva, entregando su fe a los que predican la salvación personal sin atender al otro.
Esta gente de la que os hablo, no. Tengo la sensación de que esta gente mira al futuro y lo imagina como un espacio generoso donde quepamos todos. Incluso ese niño que ha muerto y cuyo nombre no guardo en la memoria.

miércoles, 1 de febrero de 2017

Medea


Ayer lo hicimos. En el Salón de Actos de la Fundación Cruzcampo, y ante unas ciento treinta personas que asistieron al acto, liberamos a Medea de sus viejas ataduras y la dejamos caminar por este tiempo. Pero no temáis nada de ella. Esta Medea no es la que todos conocéis. No es la princesa salvaje y sin conciencia que dio muerte a sus hijos para vengarse de un marido ambicioso que había olvidado sus promesas. Ella pudiera ser cualquier mujer con la que os crucéis al caminar.  La Medea que ayer os entregamos debiera ser la verdadera. Yo sé que es mucho más verdadera que la que nos legó el drama griego.
            Kión, el narrador omnisciente de mi novela, el testigo directo de los acontecimientos, nos dice que la Medea que él inventó y que ha llegado hasta nosotros es una Medea falsa. También nos dice que cuando un mito arraiga en la conciencia colectiva ya no habrá manera de modificarlo. La Medea que conocemos por el Mito será ya eterna. Y esta novela no cambiará su destino.
            No reclamo que censuremos a nuestros clásicos. Sí reclamo que los leamos con espíritu crítico. La misoginia hunde sus raíces venenosas en el pasado y desconocemos su profundidad y sus razones, pero hemos de ser capaces de desenmascarar las tradiciones arraigadas cuando su fundamento es inmoral.
           Como elegí cuidadosamente a las personas que me asistieron en el acto de presentar mi obra, oí decir cosas hermosas y brillantes, de lectores cualificados y profesores comprometidos.
            Y me sentí reconfortado por la compañía de conocidos, familiares, amigos, compañeros de hoy y de ayer y alumnos que ya no los son pero que me siguen llamando profesor aunque hayan transcurrido cuarenta años. Sin que ese acontecimiento encuentre explicación, en los Centros escolares hay un venero oculto del que mana un afecto imborrable.        
       Es de justicia que yo agradezca hoy aquí algo que ayer olvidé agradecer en la presentación pública de mi novela, la portada es un regalo de mi hijo Andy Jiménez. Muchos de quienes me acompañaron en la presentación me felicitaron por ella, por su esquematismo, simbología y delicadeza.
            Sabed que es un regalo de mi hijo para Medea.
            Y hoy me siento abrumado, sobrecogido por la avalancha de felicitaciones y muestras de afecto. Casi incapaz de decir nada que os merezca la pena.
            Deseo, como es lógico, que este viaje de Medea sea largo y exitoso. De vosotros depende. La escribí con amor cuidadoso. Con amor os la entrego.
            Otro día desbrozaré para vosotros las claves de autor que encierra en su interior. De esa manera podréis acercaros a su interpretación, conociendo mis propias intenciones al escribirla.
            A todos los que de diferentes maneras habéis establecido ya un lazo con esta Medea mía, gracias.