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sábado, 14 de enero de 2017

Modernidad líquida

            Los obituarios de los periódicos son como unas insensibles tijeras de podar, porque con frecuencia nos avisan de que la muerte se nos ha llevado a personas que fueron nuestra referencia para entender mejor el mundo en que vivimos. El árbol del humanismo europeo va perdiendo sus ramas, mientras aguardamos que alguna primavera nos anuncie el desarrollo de otras yemas que vengan a paliar esas pérdidas sensibles. El nueve de enero murió en Inglaterra, donde vivía, el sociólogo polaco Zygmunt Bauman. Cargaba en su vieja espalda con el siglo XX, del que fue testigo excepcional. Emigrado a la URRS en los comienzos de la II Guerra Mundial, luchó contra la Alemania Nazi enrolado en el ejército soviético y sufrió purgas y exilio como correspondía a su condición judía.
            Hasta su muerte siguió siendo un indignado nonagenario y lúcido, indignado contra el liberalismo radical que va generando desigualdades y conflictos permanentemente, mientras la resistencia intelectual se diluye de forma irremediable.
            Él nos ha explicado con lucidez envidiable nuestro estado de ánimo frente a la decadente sociedad en la que nos ha tocado vivir. Su hallazgo conceptual más original es la metáfora con la que define a nuestro tiempo, “modernidad líquida”, título de una de sus obras, porque nada resulta ya consistente. Salvando el valor del dinero, carecemos de principios sólidos que nos permitan restaurar la confianza en el futuro, la esperanza de que alguna vez recuperaremos lo perdido.
            La ética pública ha sido arrollada por el tren de la corrupción casi a todos los niveles imaginables y en cualquier lugar de la tierra al que dirijamos la mirada.
            El proyecto colectivo que hemos dado en llamar Estado ya no garantiza a los ciudadanos la aplicación de las leyes o de los principios constitucionales sobre los que asentamos nuestros valores democráticos, porque el poder ya no reside en el gobierno, nuestro delegado natural, sino en corporaciones económicas anónimas, oscuras e incontrolables que son las que regulan nuestras vidas.
            Privado de su poder, tampoco cumple el Estado su deber primordial, velar por todos y cada uno de nosotros; para eso lo constituimos. El liberalismo lo ha ido desnudando de esa función primordial mientras nos susurra que ese estado protector es inviable y que nos toca velar por nosotros mismos, bajo la falacia del emprendimiento, y no solo laboral, sino con la contratación de seguros médicos privados y planes de pensiones. Sálvate, si puedes. No esperes a los demás. No cuentes con ellos.
            El pensamiento político carece de poder para modificar la realidad controlada por los mercados y los grandes fondos de inversión que acumulan la mayor parte de las riquezas de la tierra. Casi estamos seguros de que las ideas carecen de valor porque están privadas de capacidad transformadora.
            Bauman encontró otro término preciso para definir a la mayor parte de los seres humanos empleados por cuenta ajena en nuestros días, o que esperan estarlo alguna vez, “el precariado”, incapaz de modificar bruscamente sus condiciones de vida porque es víctima de su individualismo indefenso,y porque carece de conciencia colectiva. El precariado es sumiso. Nunca llevará a cabo una revolución de clase como las que la historia ha conocido.
            Bauman siguió con interés los movimientos de los indignados en el Sur de Europa y en Nueva York. Esperaba, seguramente, de esos movimientos el crecimiento de la conciencia colectiva que requiere la modificación de nuestro presente amenazado.
            Probablemente habrá muerto desencantado.
            Y triste.
            Aunque sospecho que nunca perdió la esperanza. Eso sería la derrota definitiva. Creo que la gente consciente de su derrota acaba rindiéndose. Pero él ha muerto en las trincheras intelectuales. Dando guerra hasta el último minuto.
            Sus últimos escritos denuncian la eficacia del liberalismo en su pretensión de privarnos de conciencia colectiva. Nos ha degenerado hasta tal punto que ya ni siquiera nos remueve la conciencia el sufrimiento ajeno. Fugitivos de la miseria mueren de frío en las fronteras de la cristianísima y democrática Europa. Nos importa un bledo. Debatimos. Justificamos. Buscamos argumentos retorcidos que expliquen nuestra crueldad insolidaria. Ese es el rasgo definitorio de esta época: alimentamos una conciencia insolidaria que se oculta tras discursos ambiguos y bien elaborados.
            Quién sabe si no seremos nosotros los refugiados de mañana. ¿No os atemoriza la palabra guerra en boca del gobierno chino como respuesta a las provocaciones de esa culebra que los dioses han mandado a las ranas americanas para que los gobierne? A mí, sí.
      Perder la voz de gente como Bauman nos deja a la intemperie. Necesitamos a esta gente gritándonos al oído que otra vida es posible. O algún día acabaremos de perder definitivamente la esperanza. Y entonces ya no habrá vuelta atrás. Estaremos definitivamente alienados y vencidos.