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lunes, 26 de enero de 2015

Cumplir los compromisos

En Europa hay una derecha inerte, emocional, irredenta, que se alimenta de consignas y que desprecia la reflexión como proceso previo a comunicar o a decidir.
Hoy es un día propicio para ser testigos de la manifestación pública de sus emociones epiteliales  que son una mezcla de hostilidad preventiva y miedo ancestral sin justificación alguna.
Esa derecha está convencida de que en Grecia ha triunfado la izquierda radical y de que eso supone una vaga amenaza para sus propias vidas. Esta derecha inerte rara vez profundiza más allá de los titulares de la prensa amiga. El mundo no le produce curiosidad alguna; la realidad no merece una valoración diferente a la que le garantiza la inmutabilidad de su verdad inalterable. Como su ideología, su conocimiento es superficial .Con eso se calma su conciencia.
Esa derecha inerte que sostiene el sistema hoy rumia una verdad indiscutible:  que el pueblo griego merece el sufrimiento que padece y que se lo ha ganado con su comportamiento irresponsable, mala gestión de sus recursos, corrupción financiera y política, y un pueblo cómplice que jamás pagó impuestos.
Debe ser un pecado exclusivo de ese pueblo. La corrupción política, la evasión de impuestos, la economía sumergida, las facturas sin IVA, el clientelismo, la financiación delictiva de los partidos políticos, la colonización de las instituciones judiciales por parte de los poderes establecidos no es una patente griega. Basta con que miremos nuestro ombligo. Pero si así fuera, las consecuencias de ese comportamiento no resisten comparación alguna con las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial a la que la locura alemana arrastró al mundo, produciendo la ruina de Europa y de otras regiones de la tierra y una pérdida de vidas humanas  que rondó los setenta millones de muertos. Casi todos los países de la tierra aportaron su cuota de cadáveres, pero fue Europa la que pagó una factura más elevada.
No obstante, el resto del mundo condonó en buena parte la deuda alemana, dulcificó las condiciones de devolución de la misma, condicionándola a la unificación de la Alemania descuartizada y dividida, y se comprometió a contribuir a su comercio exterior para facilitar su recuperación.
Había razones estratégicas, desde luego. Media Alemania, en manos comunistas, no podía sobrevivir mientras la Alemania gestionada por el capitalismo occidental se desmoronaba con estrépito. Pero también hay razones de este tipo en la Europa actual. Grecia está obligada por convenio a destinar a sus fuerzas armadas más dinero que Alemania, por ejemplo, ya que es  el bastión europeo de Oriente, poblado de vecinos incómodos y peligrosos. Parte del préstamo europeo, cuyas ventajas alaba esta derecha inerte, revierten de forma inmediata en las industrias armamentísticas alemana y francesa.
Pasa el tiempo y los mensajeros de los mercados esparcen las culpabilidades de esta ruina entre los que soportamos en mayor grado sus nefastas consecuencias. ¿Hemos olvidado cuándo, dónde y por qué surgió este tsunami? ¿Hemos olvidado ya por qué repiten estas crisis cíclicas y cada vez más dañinas?  ¿Ya hemos olvidado que el liberalismo radical, ese que patrocina la libertad absoluta de los mercados para regular el mundo y las locuras financieras de la banca americana fueron el detonante original? ¿De verdad ha sido el pueblo griego, apenas un 3% del PIB europeo, el que ha generado el cataclismo de la Unión Europea?
La derecha inerte hace votos para que Tsipras no cometa locuras.
Y los socios europeos le recuerdan que hay que cumplir los compromisos.
De eso se trata ciertamente, de cumplir los compromisos. Todos los compromisos. Y cualquier gobierno electo tiene el compromiso inviolable de defender la dignidad de su pueblo. Alexis Tsipras ha  heredado el compromiso de hacer frente a una deuda insoportable, pero ante las urnas ha asumido también el compromiso de atender las necesidades de su pueblo.
Para hacer frente a esa deuda, millones de griegos han perdido sus pensiones  o las han visto devaluadas hasta límites de pobreza extrema.
 Millones de griegos han perdido las prestaciones sanitarias, – y entendamos de una vez el valor de las palabras: millones de griegos caen enfermos y no hay medicina pública que los atienda; si hay suerte alguna ONG médica los atenderá en la medida de sus escuálidas posibilidades.
Millones de griegos no tienen acceso a los medicamentos, ni siquiera en los casos de grave riesgo para su vida.
La mitad de los Centros de Enseñanza públicos han sido cerrados y la mitad de los profesores despedidos.
Casi un tercio de la población griega depende  de los comedores de caridad para sobrevivir.
Solucionar estas situaciones de absoluta emergencia nacional y humanitaria parece un compromiso obligatorio de cualquier gobierno que se precie.
Alexis Tsipras ha heredado el compromiso de hacer frente a una deuda inviable con una economía de guerra, la economía generada en buena medida por las exigencias de sus socios, esa Europa envejecida, entregada a los intereses del capitalismo financiero,  incapaz de asumir el reto de afrontar la globalidad con el arsenal de su pensamiento ético y  con osadía política.
La Europa merkeliana es la región desarrollada que peor ha gestionado esta crisis y la que peores consecuencias está generando para muchas de sus regiones. Sus recetas, devaluación de salarios y empobrecimiento de los servicios de los Estados, generan las condiciones perfectas para que algunos pueblos no puedan cumplir sus compromisos.
En cuanto a la amenaza que supone Syriza para la estabilidad de Europa, yo no veo en la Europa dominante preocupación alguna. La derecha inerte puede dormir tranquila. Ya le han torcido la muñeca a economías mucho más influyentes, a pueblos más orgullosos y díscolos y a presidentes de gobierno con más peso específico en Europa que este recién llegado, léase a Zapatero, al que hizo temblar una carta amenazadora del BCE, a Hollande que se ha sacrificado políticamente para cumplir las exigencias de los socios con reformas impropias de un partido que se denomina socialista, y a Rezzi, que desde la izquierda recuperada en Italia aboga ahora por el despido libre.
Alexis Tsipras ha heredado terribles compromisos. Europa debiera ser consciente de que, tras él, agotadas ya otras experiencias políticas, Grecia mantiene viva la desesperación de Amanecer Dorado como último recurso, cruces gamadas, uniformes pardos y rabia irracional.



sábado, 24 de enero de 2015

Aunque lo llamen Democracia

           No lo es. Las elecciones en Grecia hoy no son una manifestación democrática. Hay tanto ruido alrededor de nuestras vidas que cuesta trabajo estar atentos a las mil caras de la indignidad, sobre todo cuando afecta a otros pueblos y a otras gentes.
            Medio millón de griegos no podrán participar hoy en las elecciones para decidir el gobierno de su país. Una disposición del gobierno de derecha que ha llevado al país hasta el abismo siguiendo las exigencias de la Troika así lo impone sin que conozcamos las razones.
            No podrán votar los griegos que se han visto obligados a salir al extranjero para poder vivir, salvo que viajen a Grecia para ejercer ese derecho y no podrán votar quienes acaben de cumplir los dieciocho años, edad en que la ley tiene establecida la mayoría de edad.
            Nadie sabe con exactitud qué votaría ese medio millón de griegos, pero a nadie escapa que quienes deben abandonar su país para ganarse la vida y los jóvenes sin futuro no deben estar demasiado satisfechos con la gestión de su gobierno.
            No parece que las amenazas de Europa ni la exclusión de Grecia de los planes de Draghi hayan modificado la intención de voto según han denunciado las encuestas.
            Samarás se refugia en la ortodoxia envenenada que han establecido  los prestamistas como medio de salir de la crisis y aduce la recuperación económica, la misma de la que presume Rajoy en cualquier foro. Esa recuperación es una estadística, seguramente irrefutable, en los marcadores de la macroeconomía que afecta a los inversores y a las grandes empresas. Pero esa recuperación se asienta en millones de desgracias personales.
            Hay millones de víctimas a las que nadie considera, millones de personas condenadas a la muerte lenta, a la pobreza, al desempleo permanente, al abandono del Estado. Son víctimas de guerra, la inevitable contribución del pobre en cualquier guerra. Son personas a las que nunca alcanzará esa recuperación que nos predican los políticos serviles; en todo caso, un empleo precario, mal pagado, amenazado siempre por la indefensión legal del trabajador frente a la empresa. Un empleo que será una condena a la pobreza  y a la supervivencia en los límites mismos de la esclavitud.
            Pero poco pueden las amenazas y las exclusiones sobre quien nada tiene y nada espera. De ahí que Samarás y sus compañeros de viaje hayan maquinado procedimientos oscuros para alejar de las urnas a muchos potenciales votantes de Syriza.
            Si yo fuera griego, hoy votaría a Syriza. Sus propuestas no son una amenaza para Europa; en todo caso es una legítima reclamación de respeto para Grecia por parte de socios que, en demasiadas ocasiones, entregados a defender los intereses exclusivos de la plutocracia inmoral, se olvidan del proyecto común y de los derechos de los pueblos.


martes, 20 de enero de 2015

La mafia ha mejorado mucho en sus procedimientos

      El próximo domingo Grecia elegirá un nuevo Parlamento y un nuevo presidente de gobierno. La Europa Merkeliana, la de los esbirros de los intereses económicos de las élites financieras, ha enarbolado amenazas  sin cuento. El propio presidente de la Comisión Europea, creativo de la financiación oportunista de su propio estado traicionando la confianza de sus socios  y hospedador low cost de gente fraudulenta en el interior de sus fronteras, advirtió no hace mucho que preferían tener en la comisión caras amigas.
            Se refería, sin duda, a Samarás, el actual presidente de gobierno. El mismo que se presenta de nuevo por Nueva Democracia, el equivalente al Partido Popular en Grecia.
            El  término amigo, en tratando de política, ha de ser limitado en su preciso significado. Juncker quiso decir cómplice.
            Actualmente, la estructura de la Unión Europea ha sido reflejada infinidad de veces en el cine negro americano.
            Seguramente este argumento os resultará familiar: Alguien, privado de su autonomía por un problema grave que debe solucionar de forma urgente, recurre a la mafia solicitando un préstamo. Con ello abre la caja de Pandora: intereses abusivos, plazos de devolución breves, aumento de la deuda hasta cantidades imposibles de devolver. El incumplimiento de las condiciones leoninas acarrea consecuencias terribles para el tomador  del préstamo y, llegado el caso, también para su familia: violencia, mutilaciones, la muerte incluso. En el mejor de los casos, una servidumbre de por vida. Y no es la menor de las consecuencias  arrastrar la conciencia de culpa porque tú iniciaste la cadena de desgracias. Habrá gente a sueldo de la mafia que se encargue de recordártelo cuantas veces sean precisas.
            Hay diferencias, claro. La plutocracia europea, el sistema financiero internacional carece de cualquier forma de ética, pero actúa con pleno respeto a las leyes del Mercado  que santifican cualquier inmoralidad si media beneficio. Y el desgraciado que cae en las garras de la mafia carece de un Banco Central que lo proteja. En el caso de la Unión Europea tenemos un Banco central, pero tan maniatado que uno sospecha que la moneda común se llama euro, pero es en realidad un marco que adoptó un seudónimo para no generar desconfianza.
          El chiringuito ha funcionado de forma satisfactoria con algunos altibajos.
            Ahora han sonado las alarmas. 
      Porque cualquier sistema tiene estructuras frágiles que ponen en riesgo de forma ocasional la integridad de la maquinaria. El chiringuito de la plutocracia europea tiene un costado frágil, el agotamiento de la muy duradera paciencia de los ciudadanos desposeídos de derechos, de trabajo, de esperanzas y de una vida digna. El condenado voto de los desahuciados que puede poner en cuestión ese dominio indiscutible con el que nos conducen a la ruina y ponen en peligro el proyecto común.
        La democracia tiene esas servidumbres. Y ellos, los mafiosos reciclados de cuello blanco, maneras dignas y discurso interesado no sienten empacho en predicarnos que la ciudadanía que carece de la formación necesaria, de conocimientos, de información fidedigna sobre la economía real, arrastrada por el mensaje populista, corre el riesgo de poner en la Comisión Europa caras “no amigas” con su voto irreflexivo y poner en riesgo "su recuperación", que no es la nuestra.
            Y todo indica que el estropicio empezará en Grecia el domingo 25 de enero. Les duele la boca de calificar a Syriza como un partido de izquierda radical.
            Yo he intentado buscar esos radicalismos populistas en las propuestas programáticas de este partido  de la izquierda griega. Han desgastado tanto las palabras inundando de mentiras  nuestras vidas para justificar sus tropelías, que producen vergüenza y asco.
            Las propuestas de Syriza son tan radicales como las que se debatieron durante todo un año en el Congreso de Londres y que en 1953 llevaron a todos los acreedores de la Alemania derrotada y destruida tras la Segunda Guerra Mundial, a permitirle seguir existiendo como nación. De otra manera, Alemania hoy sería un capítulo,- bastante oscuro-, de la historia humana, un país fallido, una cicatriz en la memoria del continente.
            Y Nueva Democracia, el Partido Popular Griego, de cuyo comportamiento político se avergüenza la derecha europea, durante sus muchos años de gobierno ha destruido el futuro de su pueblo, pero ha cumplido con los encargos de la plutocracia europea: convertir la deuda privada griega en deuda pública para que sea el Estado, encadenado al euro, el garante de su devolución y del pago de los intereses generados y salvar a un sistema financiero corrompido. A ello ha destinado las multimillonarias ayudas de Europa, mientras el pueblo griego se desangra en la miseria más vergonzosa que haya conocido nadie en el mundo desarrollado.  Los multimillonarios griegos, sin embargo, han encontrado su refugio seguro en los paraísos a los que no alcanzan los recortes.
            Europa necesita a su cómplice griego, aunque se avergüenza de él. Por eso, y porque lo dan ya por perdido, ni un dirigente europeo ha acudido a apoyarlo en su campaña.
            Bueno, sí. Ha acudido uno, el recadero Rajoy, al que Merkel le encomienda estas funciones vergonzosas y condenadas al fracaso de antemano.
           


lunes, 12 de enero de 2015

Tierras sin ley

          Isabel Rodríguez es una profesora jubilada. Durante treinta y ocho años ha prestado servicios al Estado, esos servicios costosos, inútiles, destinados a los parásitos que abusan de la protección pública; servicios que el ultraliberalismo desprestigia como paso previo a convertirlos en dominio propio y   ocasión  de negocio, pero  sin los que ningún Estado tendría justificación alguna.
            Durante treinta y ocho años cotizó religiosamente como integrante de la Mutualidad de Funcionarios Civiles del Estado y gozó de una vida saludable que no originó gastos a la aseguradora privada que cobró por ella la póliza estatal. Desconozco cuál de ellas se benefició de su salud. Carece de importancia, porque todas ellas,- ASISA, ADESLAS, DKV e IGUALATORIA DE CANTABRIA, según la prensa,- han decidido recortar prestaciones a los funcionarios en especialidades vitales : oncología, neurología y cardiología.
            Ahora la vida le juega una de esas pasadas lamentables que suele tenernos reservadas. Se le ha diagnosticado un cáncer de mama. El oncólogo le prescribe quimioterapia inmediata.
            La vida está llena de sorpresas; muchas resultan llevaderas. Otras indignan.  La sorpresa que su hospital le comunica es que tras treinta y ocho años de cotización, y en peligro de muerte, no tiene derecho a recibir quimioterapia. Unilateralmente su aseguradora, seguramente autorizada por el tomador de la póliza, el propio Estado que nos cuida, ha establecido que ese tratamiento es muy costoso.
            La alternativa que se le ofrece a esta mujer es clara: o ampliación de la póliza a título particular, una insignificancia de mil euros al año, o muerte lenta y dolorosa en su propio domicilio. Un calco del sistema yanqui. La expresión inhumana de lo que ya nos ha repetido la derecha mil veces; el Estado es costoso. Hay que acostumbrarse a la idea de que el ciudadano tendrá los derechos que pueda costear.
            El capital negocia con nuestras necesidades vitales. El Estado que propugna este gobierno indeseable autoriza, otorga, bendice los planes de sus socios; y de paso deja entreabierta la puerta giratoria por la que se le brinde el pago de los favores que hoy está prestando.
    Tierras sin ley. Necesitamos que la conciencia de la propia dignidad arraigue en este país calcinado y, como un vendaval, arrastre a los indeseables que hoy gobiernan. A galopar, a galopar hasta enterrarlos  en la mar. No merecen nuestro respeto. 
      Y en cuanto a las compañías privadas que prestan servicios a MUFACE, una baja masiva de los funcionarios en enero quizás las hiciera aprender algunas cosas útiles sobre la dignidad humana y el beneficio legítimo. 
                

lunes, 5 de enero de 2015

Administrar el miedo

           Las próximas elecciones generales en Grecia han removido un avispero. Y los intereses financieros de la Europa rica y especuladora se han despojado de la máscara. Merkel amenaza sin tapujos al votante griego.
            Si votáis en contra de los intereses de mi plutocracia, os expulsaré del euro.
            Y aun habrá quien diga que el problema de Europa es que Alemania se niega a ejercer su indiscutible liderato. ¡Menos mal!
            Syriza y otras alternativas políticas similares que han surgido son la respuesta lógica a la desnaturalización de la propia Europa. Y la propuesta de sus programas, la revisión de la UE, también son lógicas, porque la Unión Europea, controlada por los intereses financieros casi exclusivamente, ha olvidado las bases sobre las que cimentó su andamio que se ha manifestado frágil y escasamente protector, la solidaridad, la dignidad de los pueblos y las personas, y la paz en el interior del continente.
            La reacción de una buena parte de Europa ante la crisis ha sido una respuesta colonial, aprovechar las circunstancias de manera rentable para sus excedentes de capital, invertir en las economías más dependientes y controlar luego a los Estados con los criterios deshumanizados del mercado, garantizar los dividendos, asegurar el beneficio, evitar las desviaciones en los objetivos económicos.  
            Criterios empresariales, pero muy alejados de los criterios políticos que fundamentaron la fundación de la Unión Europea.
            Europa, la Europa rica, se ha olvidado de los derechos de los pueblos y de la dignidad de las personas. Y desprecia, por supuesto, la soberanía de las naciones. Solo hemos renunciado a parte de ella, pero Merkel, admonitoria y grave, parece creer que está entre sus privilegios decirle al pueblo griego a quién debe votar si no quiere recibir un castigo ejemplar.
            Pero ni Syriza, ni Podemos, las dos manifestaciones más visibles de la nausea de la ciudadanía europea ante el rostro impresentable de la Europa convertida en espolón de proa del capitalismo especulativo, son el problema de Europa, aunque nos dolerán los oídos de escucharlo desde cualquier rincón. Son solo el síntoma de una mala gestión.
            Ofuscados por la defensa de los intereses de sus verdaderos patrones, interesados en mantener sus cuotas de poder, mediocres como casi nunca en la Historia Política de este continente tumultuoso, depravado en tantas ocasiones y admirable en tantas otras, los rectores europeos parecen destinados a conducirnos a una Europa fallida, cuyas consecuencias en  el mundo incontrolable e inmoral de la globalización serán verdaderamente lamentables.
            O son obtusos y amodorrados, perezosos y acomodaticios, o están sometidos a algún poder oscuro que les impide afrontar los problemas de Europa con honestidad.
            Esta gente que ahora gestiona nuestras vidas es realmente inútil, improductiva, perjudicial. Europa es una tierra dotada por la propia evolución histórica, por el azar o por la fortuna de condiciones extraordinarias para la vida humana. Producimos la cuarta parte de la riqueza mundial y no sumamos ni la décima parte de la población mundial.  No obstante, tenemos treinta millones de desempleados, rechazamos el necesario rejuvenecimiento que podría prestarnos la inmigración, tenemos millones de pobres y excluidos, millones de niños europeos pasan hambre y carecen de los servicios básicos que establecen nuestras pomposas declaraciones políticas, millones de ancianos europeos carecen de condiciones de vida dignas y de atención sanitaria; millones de europeos carecen de vivienda. Y en Europa las desigualdades crecen a un ritmo mayor que en cualquier otro lugar del mundo.
            Quienes gestionan nuestras vidas son inútiles, improductivos y perjudiciales.
            Y  moralmente resultan inaceptables. Si os parece excesiva la afirmación que precede, reflexionad qué valoración moral os merece que presida la Comisión Europea un individuo que maquinó un sistema de protección a los mayores evasores de impuestos del capitalismo internacional por un precio insignificante en contra  de los legítimos intereses de sus socios y de los derechos de los ciudadanos de otros países. ¿Os parece moralmente irreprochable?  Pues  ahí está ese inmoral aupado a la presidencia de Europa con el voto de las dos formaciones mayoritarias.
            Cuando nos afirman que Syriza o Podemos son la amenaza de Europa están ejercitándose en su juego preferido, manipular la realidad, administrar el miedo como último recurso para mantener  su dominio férreo sobre la economía colonizada de los países más dependientes y más frágiles, convertidos en yacimiento de inversión para los depósitos de su sistema financiero.
     Las dos amenazas verdaderas que Europa soporta son el continuismo de las políticas denominadas liberales, cuyo mascarón de proa es Merkel, con el objetivo inmoral  y exclusivo de defender los intereses de la Banca y de los grandes inversores y el lento, pero imparable, ascenso de la extrema derecha en Europa, el voto del miedo alimentado en sus actitudes irracionales, racistas, xenófobas y excluyentes por una política económica interesadamente injusta y dañina para amplias capas de población.

domingo, 4 de enero de 2015

Quiero saber

        Aparentemente, la frase más desalentadora de la Historia del pensamiento humano la dijo Sócrates. “Solo sé que no sé nada” cuentan que dijo el viejo maestro. ἓν οἶδα ὅτι οὐδὲν οἶδα, dicho en la lengua que engendró a esta Europa olvidadiza, la misma que saca partido del turismo que atraen la Venus de Milo, la Victoria de Samotracia o el friso del Partenon que en su día le arrebataron al país que generó tanta belleza junta.
       Era indudablemente un cínico. Ni el mismo lo creía.
            Pero era un extraordinario punto de partida. Porque una vez detectada la carencia, lo más humano es  buscarle remedio. “Quiero saber” debe ser también uno de los deseos más expresados por la mente humana. Tampoco creo que exista un planteamiento más radical, en el sentido etimológico, porque de ese afán de saber surge gran parte de lo que da coherencia a nuestras vidas, la organización social, la ética, el establecimiento de principios morales, el sentido de la existencia  e, incluso,  el de la muerte.
            Y hoy el instrumento transformador más útil que poseemos es justamente el valor solidario de la ética social frente al sistema económico dominante que está en guerra con el propio planeta. El capitalismo, ciego, estúpido y destructivo desprecia los dos factores principales del verdadero capital que resulta imprescindible para tener futuro, el medio ambiente y el ser humano.
            Puede que en esa capacidad transformadora radique su peligrosidad y el desprestigio al que quiere someter a la Filosofía, la madre putativa de las Ciencias Sociales y  Morales, la Ley Wert de Educación.
            Así que quiero saber.
            Y lo que llama hoy poderosamente mi atención de  usuario neófito es la red, hablo de Internet, por supuesto, y de las herramientas sociales que pone a nuestra disposición, porque en este siglo que vivimos casi todo lo transcendental ocurrirá en la red, pero no necesariamente ante nuestros ojos. La red es una selva virgen, útil, vistosa, eficacísima como nunca soñamos, pero plagada de peligros invisibles, unos terribles y otros llevaderos.
            He observado con curiosidad malsana la proliferación de “tests on line”, en las redes sociales, aparentemente inocentes, desprovistos de intenciones ocultas. “¿Qué dios de la mitología griega eres?”, “¿Qué princesa Disney eres?”, “ ¿Qué teleñeco eres?”, “¿Qué madre eres?”… Tú aceptas el reto sin malicia visible, juegas a superar a otros, a medirte con ellos, a conseguir una posición en alguna clasificación sin valor alguno y, desde tu propio perfil, con nombre y apellidos, desde tu indefensa identidad, rellenas el aparentemente inocuo formulario y vas dejando el rastro imborrable de tus gustos, tus aficiones, tus intereses, tus valores, tus inclinaciones de todo tipo en una base de datos de utilidad desconocida y variada, que será vendida para campañas publicitarias, diseño de productos comerciales, campañas políticas,o publicidad personalizada en tu perfil.
            Seguramente también irán conformando tu currículum, un currículum más fiable en el futuro para las empresas que el que tú presentes por escrito, elaborado con mimo y esperanza.
            Por los datos que he podido reunir es un negocio rentable. Las grandes firmas valoran muchísimo el producto resultante en esas bases de datos a cuya elaboración tú colaboras, pero sin dar tu autorización conscientemente, porque en 2015 obtendrá más de cuarenta mil millones de euros de beneficios.
            Cada vez la orientación comercial resulta más visible. Ya no parece necesario disimular sus intenciones. “¿En qué capital te gustaría vivir?” o ¿Qué zapato de los que estás viendo eres?” afirman claramente su intencionalidad de diseñar ofertas turísticas  o  zapatos de temporada.
            Nada excesivamente grave, si lo comparamos con otras manipulaciones y otros usos de nuestros datos personales, pero inaceptable ya que disimulan sus verdaderas intenciones. Quizás, si las personas supieran la verdadera finalidad de estos inocentes juegos que la red propone,  no habrían realizado el famosísimo test de las princesas Disney casi noventa millones de personas, que a su vez han publicado sus resultados en la red animando a conocidos y amigos a compartir la gratísima experiencia.
            Hay que saber. Hoy más que nunca. Porque el mundo es una selva en la que solo se valora el beneficio económico y la finalidad justifica cualquier medio.