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miércoles, 31 de diciembre de 2014

¡¡Pobre Grecia, entregada al diablo!!


            Es bien cierto que la izquierda europea hace ya mucho tiempo que se entregó con armas y bagajes a los dictados del liberalismo radical que han ido imponiendo los denominados mercados, ambiguo término que esconde los intereses desmedidos del capitalismo  especulativo. Pero, a veces, la memoria ciudadana de que fue la izquierda histórica la que se  dejó el pellejo en pos de la igualdad verdadera ante la ley, la igualdad ante la ley que no excluyera a nadie, florece por desesperación y sus brotes frágiles alarman al enemigo poderoso, acostumbrado a un dominio indiscutible sobre la vida humana.
      Ese capitalismo que domina actualmente nuestras vidas está revestido de un cinismo que solo pueden permitirse los que están plenamente convencidos de su propia invulnerabilidad, de su fuerza indiscutible. Ya no necesita ni argumentos morales. Le basta hacer oír su discurso unívoco, dar rienda suelta a sus heraldos feroces y unánimes. “O nuestras reglas, o el llanto y el crujir de dientes”, nos repiten enarbolando las dos tablas pétreas donde el becerro de oro al que dan culto dejó escrito que el sacrificio humano no solo forma parte del juego, sino que resulta imprescindible.
     Es lo que están haciendo con Grecia, una vez más el gran damnificado, el país innecesario, el leproso de Europa, por ahora. Syriza, la voz desesperada de un pueblo al que condenan a pagar los insoportables intereses de los especuladores con el hambre de sus niños, los medicamentos de sus tres millones de personas privadas de atención médica y,  desde ahora, con las pensiones de sus ancianos indefensos, es el diablo mismo. Votarlos será digno de castigos bíblicos. Ya han empezado, y envían un aviso feroz. El FMI, la Comisión Europea, El Banco Central Europeo, vicario de los intereses alemanes, ya les han cerrado el grifo que gotea raciones de supervivencia para poder acabarlos de esquilmar mientras respiren.
      Oigo mensajes que defienden la postura de esta Europa inhumana y crudelísima, como lo son los principios que hoy la inspiran. Las políticas económicas europeas son erróneas, dicen, pero es Europa, con su ayuda, la que mantiene a los países en peores circunstancias.
            ¿Ayuda…?, me pregunto. En ausencia de otros yacimientos de inversión, el excedente monetario de los especuladores que creen empobrecerse si no aumentan sus riquezas cada día, usa las necesidades financieras de los países como recurso seguro para sus inversiones. Tengo por cierto que no quieren países sin necesidad de déficit. Y esta crisis ha sido una lluvia de oro sobre sus bolsillos. De ahí la conveniencia de prolongarla cuanto puedan. La ayuda verdadera debería haber partido, hace ya años, del Banco Central Europeo, pero el capitalismo especulativo la ha vetado, con el visto bueno de los gobiernos denominados liberales. Esa es la realidad sangrante y dolorosa
      Pero la gallina que deja los huevos en su cesta ha de estar asegurada. Necesitan políticos afines, cómplices, colaboradores; gente que no solicite revisar el sistema miserable con que ahora gobiernan nuestras vidas, sino que se esmere en mantenerlo.
     Oigo argumentos en torno a la idea de que fueron los griegos, sus propias irresponsabilidades financieras y fiscales, los causantes de su propia desgracia. ¿Qué griegos?, me pregunto. ¿Los que tienen sus capitales culpables del desastre  a buen recaudo en los paraísos fiscales que Europa tolera y patrocina o los griegos pobres, prisioneros en este campo de concentración en que las políticas europeas han convertido a la cuna de Europa?
      Syriza, como otras fuerzas a las que la Europa miserable que especula con el sufrimiento humano, tilda de populismos empobrecedores, no es sino la voz desesperada de un pueblo que necesita recuperar su dignidad y el control de su propia existencia.
            ¿Fuera del euro? ¿Y qué? 
            ¿Qué ofrece el euro a un pueblo empobrecido? 
            ¿Una deuda insoportable pendiente como la espada de Damocles sobre diez generaciones? ¿Una existencia miserable? ¿Paraísos fiscales para su capital fugitivo tras causar la ruina de una nación? ¿Fronteras cerradas a sus desempleados que mendigan trabajo en otras latitudes? ¿Amenazas ante la soberanía del individuo que se acerca a una urna a depositar su voto? ¿Socios que especulan con el hambre de sus hijos, con el dolor de sus enfermos, con la indefensión de sus ancianos…?
     ¿Era esta la Europa a la que aspirábamos cuando éramos jóvenes, hermosos y  bien intencionados…? ¿En esta Europa depositamos un día nuestra esperanza? ¿Es esta Europa la que merece que yo acepte su ciudadanía…?
    Porque esta Europa  me produce rechazo y me avergüenza.



viernes, 26 de diciembre de 2014

Los Santos Inocentes se adelantan este año

          Cosas del calendario. Hoy es el último viernes del año y el calendario obliga a celebrar hoy el último consejo de ministros.
           Tal circunstancia ha evitado a Rajoy y a sus secuaces hacer efectiva la mejor broma del año en el día que mejor les cuadra a esas divertidas ocurrencias que nunca he comprendido.
    Hoy la palabra mágica es subida; dos subidas especialmente sensibles en la conciencia social. 
       El gobierno decreta la subida del salario mínimo que, siguiendo los derroteros de la reforma laboral que perpetraron, afecta ya solo a una insignificante minoría de trabajadores, porque la inmensa mayoría se sentiría feliz si alcanzara a conseguirlo. Bien, por ellos. 
        Y decreta también la subida de las pensiones. Mejor aún. Las cosas mejoran de forma evidente.
         Ya he escuchado cien veces  hoy la feliz afirmación. Revalorización de las pensiones, revalorización del salario mínimo. En cualquier telediario lo repiten sin descanso y solo falta de fondo el "Adeste fideles", para que el efecto tranquilizador inunde nuestras casas, de por sí predispuestas por la contaminación ambiental de la generosidad navideña. Mañana será  titular de prensa en cualquier medio. En su discurso de valoración del año político, Rajoy esgrimirá la medida generosa como la prueba inequívoca de que la crisis ya es historia pasada gracias a las medidas, duras pero necesarias, de este gobierno que la previsión divina ha puesto a nuestro servicio. Un impagable favor.
            Yo tengo otra opinión. Seguramente me han envenenado la conciencia con pócimas populistas en mi larga vida de reflexión política. Malas lecturas, supongo. O no haber elegido bien mis compañías.
            A pesar de mi evidente falta de objetividad, no me cabe duda de que Rajoy es un hombre de buenas intenciones. Ya que no está en su mano arreglarnos la vida, que nos proporcione un buen rato de sana diversión con su ocurrencia resulta digno de agradecimiento.
            Riamos, pues.
          Porque se trata de una broma. De gusto dudoso, pero broma. 
         Los salarios mínimos subirán diez céntimos diarios.
       Y la pensión de mi viejo padre, la que tengo a mano para calcular la incidencia de la generosidad del gobierno en su depauperado bolsillo de gran dependiente, subirá cinco céntimos diarios. Puede que la bajada del petróleo y la deflación europea le mejore la vida, pero él parece no entender  tan complicados razonamientos.
            Son estas bromas lo que la sociedad necesita para reconciliarse con la clase política. Nada mejor que el sano humor para recuperar la confianza. Y no se os ocurra que se trata de una burda maniobra, encuadrada en la campaña electoral que se ha adelantado de forma calculada. Rajoy y sus asesores son gente seria, personas inteligentes y sensatas que nunca despreciarían la inteligencia de la ciudadanía.
         Seamos serios. Nunca usarían esos trucos de trileros políticos en busca del voto iluso de quien no pierde el tiempo en indagar qué se esconde tras los titulares machaconamente repetidos por los medios vicarios o cautivos. 

martes, 23 de diciembre de 2014

Vanguardia

              Se acabó la crisis.
       Palabra de Rajoy. Cualquier día publicará un Real Decreto con la firma del rey atestiguándolo. Parece el discurso desesperado de quien ve que se acerca su desahucio.
           Las encuestas han tocado a rebato y la campaña electoral ha comenzado ya, con mucho margen temporal para que este hombre gris, pero atrevido cuando se trata de manipular la realidad, atropelle la razón e insulte a los millones de ciudadanos que sufren en sus carnes, y sufrirán durante mucho tiempo por desgracia, las consecuencias de la crisis y de las medidas envenenadas con las que Europa se obcecó en atajarla.
             Si empieza con afirmaciones tan atrevidas, en los meses venideros todo el gobierno tendrá que entrenar  a conciencia las habilidades de los tahúres callejeros para ocultar la persistente realidad empeñada en desmentir ese discurso.
        Práctica tienen, desde luego. Rajoy y su gobierno no han hecho otra cosa que  emponzoñar la vida política con mentiras desde la anterior campaña electoral.
             Y no estará solo ese hombre gris que ha socavado nuestra inestable democracia con la saña servil de los esbirros sin conciencia, empeñados en demostrar a quien les manda que andan sobrados  de eficacia.
              No estará solo. Vendrá Juncker, el pirata luxemburgués que ofrece refugio en su país a los grandes defraudadores internacionales por un módico precio, a darle golpecitos en la espalda mientras afirma que España es el modelo, pero que hay que profundizar en las reformas. Seguramente nos dirá que prefiere ver en las instituciones europeas rostros amigos, y que sería un desastre para el país y para Europa un resultado equivocado en las elecciones.
            Llegarán los embajadores de la señora Merkel a decirnos que un resultado equivocado en las elecciones provocaría desazón en los Mercados. Que un triunfo de las opciones populistas pondría en riesgo todas las conquistas que hemos ido logrando con dolor, el dolor que han de sufrir los pueblos pecadores que vivieron por encima de sus posibilidades. Y que el triunfo de la opción equivocada pondrá en riesgo el ahorro de las familias europeas.
            No estará solo este hombre gris, huidizo, porque tendrá de su parte las cuarenta y cinco medidas que aprobó en el Parlamento su mayoría absoluta para que su Ministro del Interior crucifique sin intervención judicial a quien se atreva a llamarle, pongamos por caso, cínico, trilero, vendedor de humo, o comandante en jefe de una banda de salteadores del erario público, salvo que las complicidades del caso "Gürtel", o de la operación "Púnica", las contabilidades dobles y el pago en B de las reformas de su sede hayan generado un beneficio público que nuestra simpleza no alcanza a descubrir.
            No estará solo cuando afirme de nuevo que España, el enfermo de Europa que recibió de Zapatero, se ha convertido por su buen gobierno en la vanguardia de la recuperación.
            Reconozcamos que esa última frase encierra una parte de verdad, porque vanguardia somos.
            Somos vanguardia de la desigualdad entre los países desarrollados, de los desahucios, de los recortes en derechos laborales, de la pérdida de poder adquisitivo de los trabajadores, del número de desempleados, del número de desempleados que no recibe ninguna prestación del Estado, del número de personas en riesgo de exclusión, del número de niños que pasa hambre, del número de personas que emigra en busca de un futuro razonable.
            Somos la vanguardia del empobrecimiento de los servicios públicos fundamentales.
            Somos vanguardia de la economía sumergida y  del fraude fiscal.  
            Vanguardia de casi todo aquello que convierte al Estado en una pantomima de sí mismo.
            En la Europa viejuna, lastrada de nuevo por la querencia nacionalista,  cercada por sus miedos ancestrales y sus viejos demonios, España es la vanguardia de la corrupción institucional, vanguardia de la colonización de los medios públicos de comunicación por parte del partido en el poder, vanguardia del control del poder judicial por parte del gobierno, vanguardia  del deterioro del sistema democrático.
            Y algo tendrá que ver en ello este hombre gris, casi invisible en ocasiones, y lleno de nobles intenciones que nos trae tan buenas nuevas en este tiempo propicio para los sentimientos generosos. Dios y la ciudadanía deberían pagarle los desvelos con un merecido descanso, lejos de la pesada obligación de desvelar la realidad luminosa a los empedernidos pesimistas que se han adueñado del país.


jueves, 18 de diciembre de 2014

Valores

      En 2003, un filósofo búlgaro aunque nacionalizado en Francia, un referente ético en el pensamiento europeo contemporáneo, se atrevió a realizar un inventario de los valores que Europa ha ido desgranando por el mundo. Sin duda se trataba de una reflexión necesaria para mantener la autoestima y refrescar a la Europa confusa la memoria de su propia importancia en la Historia de la humanidad. Con menor esfuerzo podría haber hecho un inventario de las  maldades históricas que Europa ha perpetrado. Pero este hombre, Todorov de apellido, y Premio Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales en 2008, se inclinó por recordarnos las aportaciones positivas, con la intención, supongo yo, de reforzar una vieja esperanza que ya hemos perdido de vista, que Europa, el continente de las conquistas sociales, afrontara el fenómeno de la globalidad armada con los valores éticos que había ido desarrollando para superar sus contradicciones y sus desastres numerosos.
            En una entrevista reciente, la mirada lúcida de este hombre que nació el mismo año que Alemania desató los horrores de la Segunda Guerra Mundial sobre la humanidad, se ha vuelto descreída sobre la pervivencia de gran parte de los valores que él relaciono hace apenas diez años. En un corto periodo de tiempo, los fundamentos éticos que las democracias europeas habían convertido en sus cimientos, se han vuelto inestables.
            No difiere Todorov de otros pensadores contemporáneos sobre las causas del deterioro de este arsenal ético europeo. Las democracias liberales han dejado la economía en mano de los mercados, sin establecer reglas precisas al capital. La economía real, la única economía que el ser  humano debiera practicar, se ha convertido en economía especulativa, un proceso inmoral y deslegitimado por la experiencia humana en el que todo vale para acumular riqueza. El sufrimiento de muchos individuos sacrificados en este ritual inhumano ha dejado definitivamente de ser preocupación de los Estados.
            Puede que alguno de los políticos oportunistas  que el capital nos ha infiltrado en los órganos legislativos, de esos que desprecian a los pueblos porque los necesitan desinformados y manipulables, tilde de populista resentido a este viejo humanista que contempla la historia reciente de este continente desde la atalaya de su propia vida.
            Yo, no. Porque yo también pienso que cualquier proyecto económico o político que no tenga como última referencia la igualdad humana y la mejora colectiva de la especie, es inmoral y no es legítimo. Hay que desecharlo en nombre de la Ética y de la propia Humanidad. 
            A él y a gente como él, yo los votaría con los ojos cerrados para entregarles el timón del continente. Quizás Europa tuviera entonces alguna oportunidad de convertirse en la Europa de los pueblos, la de los ciudadanos; aquella Europa a la que aspirábamos no hace tanto tiempo.Quizás sustentada en su vieja espalda y en su lúcido y honesto pensamiento, la política pudiera recuperar su dignidad.


domingo, 7 de diciembre de 2014

Gusanos de seda (Y II)

         El verdadero fracaso de la Enseñanza empezó a gestarse hace ya tiempo. Y la última Reforma Educativa, esa que conocemos como Ley Wert, pero que es la Ley del gobierno de Rajoy, responde de forma nítida a un proyecto de organización social que  atenta contra la dignidad humana y contra la igualdad de oportunidades. Programa, para mañana mismo, una sociedad injusta y regresiva.
             La OCDE -(Organización para la Cooperación y el Desarrollo, integrada por los países más ricos de la tierra)-, la misma que lleva a cabo las Evaluaciones PISA,  ya en el año 1996 auguraba que el mercado laboral de los países desarrollados manifestaba una tendencia bipolar, y que se generarían empleos de alta cualificación tecnológica y bien remunerados, pero en torno al 60 % de los empleos futuros  sería para trabajadores sin cualificación.
            Lógicamente, ante esta perspectiva, el capitalismo se planteaba, ya en 1996, la absoluta ineficacia económica de la masificación de las enseñanzas.           
            La OCDE recomendaba entonces a los gobiernos disminuir de forma paulatina la dotación a la enseñanza; recomendaba no limitar el acceso a las enseñanzas públicas, aspecto que tendría fuerte contestación social, sino ir bajando gradualmente la calidad de la misma mediante el aumento de las ratios escolares, el aumento de las horas de dedicación del profesorado, la supresión de programas costosos de atención a la diversidad, la selección temprana del alumnado cuyo destino debería ser engrosar esos empleos de baja cualificación, y, al tiempo, aumentar las exigencias económicas en las matriculas de la Universidades e ir disminuyendo la cantidad destinada a  las becas.
         Es lo que propone la Ley Wert palabra por palabra.
      Ese es el auténtico fracaso de la Enseñanza, aunque pretendan ocultarlo a nuestros ojos.          
      Y la Europa que ha renunciado a sus valores nos coló en las leyes educativas el desarrollo y la evaluación de competencias, los intereses del mercado laboral envueltos en palabras engañosas.
    ¿Y el conocimiento?  ¿Qué necesidad tienen de conocimiento personas destinadas a un mercado laboral que apenas les planteará requerimientos de ese tipo?  No obstante la ausencia de conocimientos será el gran argumento para su clasificación entre la población sin otro futuro que el empleo precario y mal pagado que la empresa lleva decenios reclamando. Bangladesh, aquí mismo; en las esquinas, mendigando un empleo por lo que el capital quiera pagarle cuando a bien lo tenga.
            No hay ni una de esas leyes orgánicas de educación que ha generado la democracia que no reconozca, de forma progresiva, su sumisión a las necesidades de la empresa o del mercado laboral.
            He ahí el fracaso verdadero que nadie se atreve a mencionar. El fracaso programado y que se atreven a considerar, con cinismo rayano en desvergüenza, la causa de los males del país.
            ¿Fracaso del sistema de Enseñanza? La mayor parte de los titulados españoles de los últimos años han de abandonar el país en busca de trabajo. Todo mi alumnado sabe que terminar con éxito estudios superiores en este país ya no significa nada en cuanto a garantizarse un trabajo digno.
            Y, pronto, en ninguna parte.
        La señora Merkel, esa defensora feroz de la plutocracia alemana, con maneras suaves de matrona bávara, acaba de comunicar oficialmente, por si quedaban dudas, que Europa no es ahora tierra de futuro para los jóvenes, que soportan tasas de desempleo del 40% en la mayor parte de los países europeos.
            Es legítimo preguntarse por qué.
            Europa es un continente envejecido que sustenta en sus fronteras  apenas a un 8% de la población mundial. Creamos, sin embargo, el 25% de la riqueza mundial, unos quince billones de euros anuales. ¿Cómo es posible que en esas condiciones no sea Europa el lugar ideal para los jóvenes europeos? ¿A qué destinamos esa ingente cantidad de riqueza? ¿Qué clase de organización política y social desaprovecha las condiciones más ventajosas de la tierra para garantizar el bienestar y el pleno empleo de sus ciudadanos? ¿Cómo que los servicios públicos resultan inviables? ¿A qué políticos irresponsables o a qué gente miserable hemos confiado la gestión de nuestras vidas?
            ¿Cuál es el verdadero fracaso que nos convierte en un proyecto colectivo cercado por la  descomposición?
           La señora Merkel no puede dar respuesta a esas preguntas porque las leyes del mercado son sagradas e insondables; y el mercado es el hijo mundano de aquel dios deforme y monstruoso que la iglesia protestante fabricó a la medida del capitalismo moderno, para mantener apaciguada su conciencia; un dios que premia al hombre bueno con riquezas y al hombre malvado y perezoso lo condena a la incuria, a la miseria, a purgar su pecado arrastrando sus andrajos ante los ojos satisfechos de los triunfadores.
            Por aquellos tiempos la voluntad de Dios era la última, e indiscutible, justificación de cualquier maldad que el ser humano soportara, como la monarquía absoluta, los privilegios de una minoría, las sangrantes desigualdades en la condición humana. Hoy el Antiguo Régimen reclama su vigencia y, aunque Dios ha perdido en buena parte  su prestigio, han encontrado los Mercados como suprema e indiscutible explicación.
        Pero la señora Merkel, seguramente cristiana cumplidora, ofrece consejos útiles a los jóvenes europeos como una gobernanta afectuosa que se preocupa por la imagen de un internado maloliente donde el hambre ha cavado una trinchera.
            La solución estaba en el trabajo digital.
            Emprendedores del teletrabajo digital, el mundo es vuestro. Ilusionados autónomos, el Estado espera vuestra generosa colaboración en la reducción de las estadísticas del paro juvenil y en la aportación a la caja general depauperada por las exenciones tributarias a los poderosos y por la permisividad con los grandes defraudadores. 
         La señora Merkel os está fabricando un futuro de gusanos de seda encerrados en vuestro propio domicilio, ante la tablet o el portátil que habréis financiado de vuestros bolsillos, pagando de esos mismos bolsillos la factura  de internet  y la factura eléctrica. La señora Merkel os encarece que pongáis todo eso al servicio del capital, y  que fabriquéis febrilmente la seda de la que otros sacarán el beneficio, sin riesgos  y sin obligaciones sociales por su parte.
            Y si no os hemos preparado para eso, vocearán por las esquinas que el sistema educativo es un fracaso en toda regla.
            Yo debo ser un tipo sin principios, porque asumo esa acusación sin inmutarme.
            Mientras tanto, por hablar de algo más cercano, la Consejería de Educación de Andalucía, esa tierra que se deja la garganta vociferando que aquí se hace política de forma diferente, ha notificado por sorpresa el cuatro de diciembre a los Centros de Enseñanza Secundaria un recorte del 12% en los presupuestos anuales de mantenimiento, presupuestos ajustados ya a límites de pura subsistencia y que los Centros, en cumplimiento de la ley, aprobaron a finales de octubre, siguiendo las pautas habituales: si no ha habido notificación en contra, se mantienen los ingresos del curso anterior con leves modificaciones por el número de matriculas .
            Falta elegir ahora qué servicios básicos dejarán de prestar los Centros de Secundaria, ¿limpieza, calefacción, factura eléctrica, mantenimiento de edificios, reprografía, reposición de libros de texto deteriorados, internet y telefonía, reposición de botiquines, mantenimiento de calderas, mantenimiento del sistema  de extintores, seguro y mantenimiento de ascensor, actividades complementarias, dotación de biblioteca, dotación de departamentos para cubrir sus necesidades de papel y tinta de impresoras…?
            Hay, como se ve, bastante donde elegir.
            Puro Wert, aunque lo disfracen de Susana Díaz.



sábado, 6 de diciembre de 2014

Gusanos de seda (I)

            El sistema educativo español es un fracaso. O, al menos eso, dicen. En los últimos tiempos no hay voz autorizada en las tribunas públicas que no eche sobre la educación española una buena paletada de responsabilidad en el fracaso del país por alcanzar un estatus de nación razonablemente estable entre las democracias occidentales.
            Equiparan ese fracaso del sistema educativo al deterioro institucional y a la corrupción como los principales problemas que nos arrastran al sumidero de los países pobres, dependientes, insatisfechos consigo mismos.
            Afirman esas voces autorizadas de la Empresa, de las élites intelectuales, de las grandes corporaciones de intereses ocultos bajo siglas impolutas, que seguimos empeñados en enseñar “contenidos enlatados” del pasado y que en España se practica la enseñanza memorística.
            Como gran argumento sobre el que sustentan sus teorías esgrimen las evaluaciones Pisa.
            Pronto se cumplirán cuarenta años desde que yo ando aportando mi parte alícuota de responsabilidad a este fracaso colectivo. Puedo jurar sobre las pastas de cualquiera de los libros sagrados que la humanidad ha ido generando para suavizar el temor a la muerte que el rasgo colectivo que más me desespera entre las nuevas generaciones, desde hace ya muchas, es el desprecio a la memoria; puedo  afirmar rotundamente que buena parte del denominado fracaso escolar hunde sus raíces precisamente en esa carencia voluntariamente cultivada. Lo comprendido y olvidado no genera cimientos sobre los que construir nuevos conocimientos. De esa forma el proceso formativo progresa escasamente o no progresa.
            Lo malo del tópico es que convierte en autoridad a quien lo esgrime y oculta su pereza para ahondar en la realidad que se intenta describir. Y lo peor del tópico es que, en demasiadas ocasiones, es hermano gemelo del engaño.
            ¿Qué convierte en imprescindible a un eminente cirujano, a un buen jurista, a un ingeniero, a un programador, al mecánico que te repara la bomba de gasolina? 
            Yo creo que sus conocimientos “enlatados”, parte de los cuales son producto de la propia experiencia. Pero el haber acumulado esa experiencia no habría sido posible sin un umbral suficiente de conocimientos “enlatados” que recibió de otros. Esa y no otra es la función de la Enseñanza; transmitir saberes acumulados para propiciar el progreso. 
            Si cada generación humana hubiera debido descubrir  el principio de Arquímedes, aun navegaríamos en balsas de troncos.
            En realidad, en todo este entramado de acusaciones, especialmente en asunto tan decisivo como la enseñanza, subyacen cuestiones ideológicas encontradas. Y las ideologías son solo la respuesta moral a nuestra concepción del ser humano. En los últimos tiempos las diferencias ideológicas entre la derecha y la izquierda se han aminorado, porque el sistema dominante, el capitalismo,  ha impuesto, otra vez, una concepción instrumental del ser humano que ambas ha acabado por aceptar.
            Que nuestro sistema educativo es mejorable no merece discusión alguna.
            Durante nuestra corta experiencia democrática hemos conocido siete leyes orgánicas que han regulado la Educación en España, si bien una de ellas la LGE, de 1970, fue elaborada por un ministro de los últimos gobiernos franquistas, Villar Palasí. En algunas de sus disposiciones estuvo en vigor hasta 1990.
            De esa variedad de propuestas legales, e ideológicas, se deduce que la Educación en este país no ha merecido nunca el rango de cuestión de Estado que justificara un pacto nacional desde los primeros años de la Transición. En la propuesta educativa nos quedamos anclados en el siglo XIX; cada cambio de gobierno solicitó entonces una constitución a la medida de los intereses o de la ideología del vencedor. Aquí, cada triunfo de un partido diferente nos cambió la propuesta educativa. Ninguna ley tuvo tiempo de arraigar de forma sólida; probablemente ninguna de ellas lo mereció, porque ninguna de ellas nació del consenso amplio que la Educación requiere.
            Tal sobreabundancia de transformaciones legales en un breve periodo de tiempo resulta muy dañina. Y no me extenderé demasiado en explicar por qué. No es ese el objetivo de este artículo.
            El objetivo de este artículo es hablar del verdadero fracaso de la Enseñanza.
            Os diré cuál es mi concepción del verdadero fracaso de la Enseñanza. Si tras una larga travesía por lo centros de educación durante dieciocho o veinte o veintitantos años de su vida, un individuo afronta el resto de su vida sin capacidad para elaborar un proyecto vital y defenderlo con recursos morales, ideológicos, técnicos y culturales suficientes, habremos fracasado. Si un individuo no es capaz de detenerse ante el confuso panorama del presente para interpretarlo a la luz de las causas que lo han ido conformando, para analizar  los males de su tiempo y elegir el plato de la balanza donde su escasa fuerza individual puede sumarse a la de otros para mejorar las condiciones de vida que desea, entonces habremos fracasado.
            ¿Sabéis a lo que aspiro cada mañana cuando entro por las puertas de mi aula?  A ver salir al alumnado un día, al final del proceso, con un ánimo alegre, una esperanza intacta, y una mente temible para quienes aspiren a dominar el mundo en contra de sus valores y de sus intereses. Esa utópica esperanza me hace amar este oficio de forma apasionada. Y también me hace temer la vejez, porque un día me faltarán las fuerzas para seguir en esa guerra incruenta, amorosa, feroz y prometeica.

(Mañana,más. Reflexionar sobre la Enseñanza demanda mucho espacio y no quiero cansaros en exceso)