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jueves, 30 de octubre de 2014

Por qué elegí impartir diversificación curricular

           Ayer mi compañero Fernando Rivero publicó en su blog, ”Prometeo Liberado” un artículo sobre ese Programa Escolar de atención a la diversidad, al que no le sobra una palabra. Os recomiendo su lectura. Y esta entrada es solo un largo comentario a su publicación.
            Al comienzo, cuando incorporamos la Diversificación Curricular a la oferta educativa del Centro, no eran solo los candidatos a su inclusión en el programa, o sus familias, quienes lo rechazaban. Entre el profesorado se desarrolló también una alergia, quizás justificada, a asumir el compromiso de atender durante muchas horas a la semana a gente marcada toda ella por el estigma de la dificultad para aprender. Dos exigencias, añadidas a los múltiples retos que entraña la enseñanza, se cernían sobre el profesorado que asumiera aquel programa nuevo: un esfuerzo profesional desmesurado en cuanto a la adaptación del currículo, que habría de ser profunda pero respetuosa con los contenidos del último ciclo de Secundaria y un resultado siempre incierto, si la propia adaptación, la puesta en escena, la relación personal, el lenguaje incluso, no eran los adecuados.
            Los primeros tiempos no fueron fáciles. Sirva como anécdota que el primer año que incorporamos el Programa, un profesor de Sociales de 4º que impartía la asignatura de Historia en el grupo en el que estaban incluidos los alumnos de Diversificación, los suspendía cada evaluación – sobre el papel;  él no solía meter las calificaciones en Séneca-, porque no asistían a sus clases, ni reconocía mi autoridad para calificarlos. Asumía que yo era una especie de profesor auxiliar, pero que el alumnado debía realizar los exámenes que propusiera él y que era él el único responsable de su corrección y calificación.
            Tardó algún tiempo en comprender la función del Programa y la mecánica de su funcionamiento.
            Yo asumí el Ámbito Sociolingüístico de 4º de ESO desde el primer curso, debe hacer ya doce o catorce años. No todas las razones de mi elección fueron nobles, porque en la decisión entraron connotaciones de utilidad práctica, además de las humanas. La inclusión del programa en la oferta educativa suponía 30 horas más de ocupación, dos personas más de plantilla con un margen de seis horas de disponibilidad para otras necesidades del Centro; un tesoro para poder ofertar alguna optativa más en algún curso. Por otro lado, siendo cuatro profesores de plantilla en las Lenguas Clásicas, había una amenaza cierta de desplazamiento para uno de ellos. Yo era entonces director del Centro; no estaba amenazado personalmente, pero asumir el Ámbito nos permitía un respiro.
            No obstante, alguna razón sí fue noble. Y lo reconozco sin pudor. Yo empecé a desarrollar Programas de Diversificación Curricular cuando aun no levantaba dos palmos sobre el suelo.
                        A los seis o siete años, en el cortijo extremeño donde aprendí gran parte de lo que sé sobre el ser humano, entre cuarenta gañanes sentados en torno a la chimenea central en las noches de invierno, solo tres personas sabíamos leer: mi padre, mi madre y yo.
            En esas largas noches, a la luz del carburo, los tres nos turnábamos para leer a los gañanes los novelones por entrega del siglo XIX, coleccionados pacientemente todos ellos por mi abuelo Diego. Piratas, aventureros perseguidos por un destino incierto, enamorados condenados a no encontrarse nunca, bandoleros legendarios, héroes y antihéroes maniqueos se enfrentaban cada noche ante los ojos asombrados de aquellos hombres, que entre otras formas de miseria, cargaban con la lacra del analfabetismo.
            De forma brusca, mucho más brusca de lo que nos cuentan los manuales de Historia, se produjo el éxodo rural en aquellas dehesas extremeñas. De aquellos hombres no quedaron muchos. Llegaron los tractores, las cosechadoras, las avionetas que fumigaban campos para matar las malas hierbas. Desaparecieron, como por ensalmo los gañanes, las cuadrillas de escardadores y escardadoras; los taladores que invadían en otoño el encinar; las cuadrillas de segadores y segadoras, las espigadoras… Todos se fueron diluyendo. Llegaron, en ocasiones, nuevos dueños con una mentalidad empresarial distinta. Y aquellos pocos analfabetos que no encontraron el coraje o el apoyo familiar para emigrar a la selva amenazadora de las grandes ciudades industriales debieron sacar el carnet de conducir para adaptarse a las nuevas exigencias.
            En esos días lejanos comencé yo a desarrollar el Programa de Diversificación Curricular. No sé a cuántos enseñé a leer y a escribir. Algunos aprendieron con prontitud; en poco tiempo ya eran autónomos para leer a Marcial Lafuente Estefanía. Otros tardaron mucho tiempo; cada pequeño avance era como haber conquistado un castillo de murallas arriscadas. Cada uno logró aquel objetivo de forma diferente.
            Yo aun no sabía qué oficio habría de llenarme el frigorífico, pero estoy por jurar que en ese tiempo de profundos cambios en la dehesa de mi infancia, ya estaba siendo seleccionado para esta profesión de la que tantos, que nunca la ejercieron, saben tanto que se atreven a decirnos cómo hemos de ejercerla.
            Vagamente, de forma instintiva, yo descubrí entonces que el conocimiento es un instrumento de promoción humana. En ese descubrimiento azaroso se habrá fundamentado buena parte de mi vida.
            Luego, durante el servicio militar obligatorio que nos reclamaba la patria que diseñó el franquismo, me di de cara de nuevo con la lacra del analfabetismo después de muchos años de distanciamiento. Jóvenes de lugares distantes de aquel país grisáceo y temeroso seguían en la más absoluta oscuridad. Habíamos de leerles las cartas familiares y habíamos de escribirles la respuesta a esas cartas. Me incrusté de forma natural y voluntaria en el programa de alfabetización del ejército que, dicho sea de paso, cumplía una función humanitaria y de promoción personal y volví a la guerra con el viejo conocido. Hace ya cuarenta años de esto que os cuento.
            De ese tiempo guardo el recuerdo de un fracaso. Probablemente atendí a veinte soldados de mi compañía el año en que Franco dejó al país en orfandad, muchos de ellos de zonas rurales de León; la mayor parte, de Granada. Tan solo uno no aprendió a leer. Recuerdo su nombre o su apellido: Amador. Era un gitanito granadino, seguramente escapado del romancero de Lorca, hermoso, senequista, de trato agradable y de sonrisa fácil.
            Y ese fracaso me persigue todavía.
            Aún me pregunto muchas veces qué hice mal.
            El alumnado de Diversificación no me resulta ajeno. Hace ya más de medio siglo que convivo con ellos. No sé si en mis propuestas pedagógicas acierto con ellos plenamente. Pero os digo que son el reto más apasionante que afronto cada curso.


            

martes, 28 de octubre de 2014

La realidad, esa insumisa, desmiente los discursos triunfalistas

         Quizás la indignidad que debería rebosar hoy en esta crónica tendría que ser la que, lógicamente, genera el volcán de la corrupción política y empresarial. Ambas, formando yunta, han socavado durante largo tiempo los cimientos de este país en construcción permanente. 
Esa lava aflora lentamente pero descubrimos cada día que todo el pellejo de España está cubierto con su costra venenosa. La marca España que tanto se vocea desde los elevados púlpitos de la patria es una marca que envasa en sus factorías podredumbre y mentiras. 
Pero esa indignidad no es nueva. Aunque nos avergüence, convivimos con ella desde que cobramos uso de razón.
Hoy la indignidad que me rebosa tiene que ver con la pobreza. 
Rajoy y sus ministros se han empeñado en hacernos creer que España se recupera de los efectos de la crisis. Colaboran con ellos aquellos que han utilizado la crisis en su propio beneficio. Y me refiero a los que llevan siglos empeñados en conseguir un Estado Mínimo, sin recursos para atender a los ciudadanos, prestando los servicios que son la principal razón de su existencia y empeñados en conseguir que las rentas del trabajo y las obligaciones sociales de la empresa  se reduzcan al mínimo. 
Lo están logrando, sin lugar a dudas.
Pero esa recuperación modélica que nos vocean, las saludables medidas del gobierno cómplice que alaban en los foros donde los representantes de los intereses del dinero manifiestan sus bendiciones a quienes colaboran en el proceso de hacer realidad sus proyectos inconfesables , se vienen abajo con estrépito ante los datos objetivos.
La indignidad de hoy tiene que ver con sendos informes que ayer vieron la luz. 
    Uno es de Cáritas. Otro, de Unicef. Ninguno  de esos organismos, que yo sepa, está influenciado por ideologías que les induzcan a falsear los datos de la situación que afrontan cada día.
Según el informes de UNICEF, España es el tercer país, (de todos los de la UE y la OCDE), solo tras Grecia y Letonia, con más menores de edad en riesgo de exclusión social (el 36,3%, más de uno de cada tres) y también figura en lo más alto de la lista de países donde la crisis más ha empeorado la situación de este colectivo. Habla también de que la pobreza infantil en España debe ser considerada una emergencia nacional.
Por su parte  el informe de CÁRITAS resulta demoledor. En España hay 12 millones de personas excluidas, es decir, sin acceso a bienes imprescindibles como el trabajo, la vivienda y la salud. Una cuarta parte de las personas que viven en este país viven en condiciones de miseria, moderada si queréis, pero miseria al fin y al cabo. 
           Según Cáritas solo una de cada tres personas de las que vivimos en España podemos atender razonablemente bien nuestras propias necesidades cotidianas.
           Se diría que hemos vuelto a la posguerra.
¿De qué recuperación hablan Rajoy y sus ministros? La realidad es una  insumisa que se complace en desmontar los discursos desvergonzados, interesadamente triunfalistas. 
Y no obstante, ahí siguen, arriba en las encuestas.




miércoles, 22 de octubre de 2014

Circenses sine pane....

              Creo que fue el poeta romano Juvenal  que vivió en los albores del Imperio romano (60 - 128  de nuestra era), el que acuñó en sus Sátiras la expresión más que conocida de “panem et circenses”. Hacía referencia con esa frase que ha hecho historia, por resultar aplicable a tantas otras situaciones parecidas, a la situación política y moral de aquella monarquía absoluta en la que el pueblo, que tan activo políticamente se había manifestado durante la república, en los días que refleja en su obra  “se continet atque duas res anxius optat: panem et circenses”, o dicho en nuestra lengua, “se mantiene al margen y solo desea con avidez dos cosas: pan y espectáculos.
            Como instrumento político para mantener en calma a la masa que ya había dado sobradas muestras durante la República de su capacidad para la subversión de situaciones legales desfavorables, el imperio, en momentos de escasez, recurrió al reparto gratuito de alimento (pan, sobre todo) y a mantener a la gente distraída con los espectáculos en el circo (carreras de bigas o de cuadrigas), o en el anfiteatro (luchas de gladiadores entre sí, o lucha de gladiadores contra fieras traídas de los confines del Imperio). Y los días de juegos eran festivos.
            La fórmula debió resultar un hallazgo, porque hay periodos del imperio en el que se contabilizan hasta doscientos cincuenta días festivos en el mismo año natural; una feria interminable, para evitar levantamientos y algaradas de la masa hambrienta y sin trabajo. En aquellos días la esclavitud era legal, sin necesidad de reformas laborales que enmascararan su existencia legítima. Los asalariados libres debían soportar una dura competencia.
            Así que el “circo” como maniobra de distracción quedó ya en los anales y en los manuales de supervivencia política en tiempos de escasez y de políticos de discutible legitimidad moral.
            El título de esta entrada “sine pane” hace referencia a que, incluso sin pan, tan escaso y tan difícil de conseguir a pesar del triunfalismo de este gobierno mentiroso y de sus cacareados presupuestos de la recuperación, el circo resulta hoy de una utilidad indiscutible. Y en tiempos en que el pan escasea, el circo político cuida mucho su oferta. Tiene tantas manifestaciones que sería empresa soberbia querer abarcar su rica variedad. Creo que me concentraré muy brevemente en una sola.
            Caja Madrid, hoy Bankia, era hace diez años más o menos una institución financiera prudentemente gestionada, con muchos millones de clientes; una columna firme  del sistema financiero del país; como tantas otras instituciones, destinada a gestionar prudentemente los ahorros de las clases medias.
            En estas que llegó el generalito Aznar y mandó parar. Con oscuras maniobras políticas a las que no son ajenos sindicatos de larga trayectoria en la defensa de los obreros, y con no menos oscuras intenciones, colocó al frente en aquella institución a un amiguete de la infancia, sin otro historial profesional que un poco distinguido trabajo como asesor fiscal. Hoy ya conocemos de sobra la elevada cualificación del señor Blesa para acometer desmanes que han provocado un agujero financiero, -y el consiguiente rescate-, de veintidós mil millones de euros.
            Se dice pronto.
            En ese historial de desafueros hay que contabilizar préstamos a fondo perdido al partido del patrón para afrontar campañas, préstamos a los gerifaltes del partido del patrón a interés cero, y la financiación sin resistencia de caprichos megalómanos de algún dirigente del partido del patrón. Así son las cosas. Las Cajas de Ahorro se convirtieron en instrumentos políticos de cualquiera de los muchos patronos provincianos, miserables, ególatras de mano alargada y conciencia lasa, que pululaban y pululan por la España condenada a repetirse a sí misma en las maneras políticas de la Restauración, pura apariencia, decorado de cartón piedra poblado por caciques; caciques perfumados de modernidad, viajados, incluso cultivados algunos en universidades de prestigio. Caciques de nuevo cuño. Gente oportunista, logrera, bajuna, que se arrima al poder y la cosa pública para salir de allí con la vida resuelta. El Consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid así lo ha proclamado.
            Hoy en el circo que nos han montado para mantenernos distraídos mientras aprueban los presupuestos de la recuperación que santifican el presente miserable y condenan al país a un futuro incierto y amenazador, han arrojado a la arena mediática a los caídos en desgracia, a los cómplices infiltrados en los equipos de gestión, imprescindibles para el saqueo, y a los asistentes al convite, convidados de piedra comprados con el dinero de todos, cuya única finalidad era dar la sensación  de una gestión democrática  en un festín de fieras.
            Bien está que paguen sus complicidades, su colaboración necesaria en el desmantelamiento de una institución financiera cuyo rescate estamos pagando entre todos. Pero esos quince millones que saquearon con la desvergüenza y la sensación de impunidad que acompaña desde siempre a los caciques de medio pelo no habrían hecho necesario ese rescate multimillonario.
            En su afán de mantenernos expectantes, los muñidores del  escándalo  que aprovechan el momento para autoproclamarse los paladines de la regeneración, van filtrando de forma programada las miserias privadas de los saqueadores que nadie controlaba. Ahora sabemos cuánto gastaba uno de ellos en sus propios restaurantes cada día, a qué hora de la jornada laboral entraba otro en hoteles de lujo para descabezar un sueñecito, cuántas copas se tomaba otro a diario en tabernas de lujo, qué gustos adornaban a alguno sobre prendas íntimas para su estímulo amatorio, qué joyas regalaban, qué cenaban en casa en Navidad… ¡Basura! ¡Circo puro! ¡Carnaza para fieras!
            Es lo que tiene el circo; que pone ante los ojos de la masa un espectáculo sangriento para ocultar los crímenes grandiosos, los que se gestan en  los despachos exclusivos a los que solo el poder exclusivo tiene acceso.


            

domingo, 12 de octubre de 2014

Ébola

     Casi asusta afrontar el tema, por temor a añadir un poco más de alarma a la alarmada sociedad que conformamos. Hasta ayer no fue sino el nombre de una enfermedad tropical, desconocida, que en absoluto afectaba a nuestra plácida existencia. Un virus que portaban algunos macacos africanos en las zonas por la que discurre el río que le ha prestado el nombre y que, de vez en cuando, se contagiaba a sus vecinos humanos de las aldeas pobres de esa zona. Una enfermedad de pobres aislados; una más, entre las mil formas de muerte que acosan a los pobres del mundo.  Y una enfermedad de pobres no precisa remedios.
            Pero un día el virus del ébola, contagiado de ese afán viajero que es una señal de identidad de nuestro tiempo, alcanzó las ciudades populosas del África que empieza a despertar. Solo era cuestión de tiempo que encontrará una vía de escape en dirección a nuestras vidas. Y ha llegado. No hay protocolo de control en ningún aeropuerto del mundo que evite que ese minúsculo invasor, un sin papeles, se cuele en el resto de los continentes de la tierra.
            Afortunadamente no es un virus demasiado contagioso. Lo demuestra el hecho de que después de muchos meses de campar a sus anchas por amplias zonas de África, en territorios donde las condiciones sanitarias son lamentables o inexistentes, la OMS contabiliza menos de diez mil personas infectadas.
            Creo sinceramente que ahora, cuando se ha convertido en una amenaza potencial para los ricos del mundo, encontraremos remedios con prontitud. Porque ahora ya generarán beneficios incontables.
            Pero la alarma mundial sirve como termómetro para evaluar el mundo en que nos toca vivir.
            En todos los rincones de la tierra se levantan voces al respecto. Es necesario controlar el ébola. Nadie lo duda. ¿Por qué ahora? Porque ha saltado las barreras de seguridad; porque amenaza con convertirse en un problema nuestro.
            La OMS contabiliza unos dos mil quinientos fallecidos en África por culpa del ébola.  Durante los pocos meses en que este virus se ha convertido en el protagonista principal de las tertulias, cien mil personas han muerto en África por problemas de salud por los que nadie muere ya en Europa, por problemas de salud derivados de la ausencia de recursos y  de servicios sanitarios adecuados; han muerto por carecer de los medicamentos que caducan en los cajones de nuestros armarios; han muerto por carencias primarias, por hambre incluso. ¡Cien mil personas han muerto de pobreza!
            Ese es el virus principal de nuestro mundo. La distribución injusta de los recursos de la tierra.
            El ébola es solo un gañafón más sobre la piel de un continente que se desangra por doscientas heridas.
            Mientras, aquí, en Jauja, hemos provocado una alarma sanitaria europea.  Y ahora no ha sido suficiente con culpar a la víctima o al conductor de un tren, o al capitán de un barco, la vieja táctica del PP. Asi actuó  en la catástrofe del “Prestige”,  en el accidente del metro de Valencia o en el accidente del tren “Alvia” en Galicia.
            Algo tendrá que ver que la ministra, esa que no sabía por qué en la cochera de su casa había aparcado un coche deportivo, se haya visto desbordada y haya practicado una política informativa deleznable.
            Algo tendrá que ver que no hubiera establecido un protocolo obligatorio para el personal sanitario que estuvo en contacto con personas infectadas por el virus del ébola; una medida tan prudente y previsora como establecer para ellos un lugar sanitario de referencia al que acudir en caso de advertir algún síntoma, sin verse obligados a recurrir al sistema sanitario general, al  ambulatorio de su barrio, o al servicio de urgencias del hospital más próximo, donde el riesgo de contagiar a otros se multiplica de forma considerable.
            Algo tendrá que ver que el presidente de este gobierno inútil solo considera que han de afrontarse los problemas cuando sus asesores le advierten de que la manipulación no dará resultados y de que la situación afecta a la intención de voto.
            Solo entonces, mal y tarde, este gallego sin redaños, afronta los problemas. Y ahora no ha  sido diferente. Poco importa. Ese ínclito personaje que ocupa la Consejería de Salud en la Comunidad de Madrid,  y que acusó a la enfermera infectada de mentir sobre su estado de salud, no teme dimitir. Dice tener ya la vida resuelta. Esperemos que, al menos, alguien tenga la vergüenza de exigir su dimisión. Ya tarda.
       Quizás todos tengan ya la vida resuelta y no haya que esperar de ellos capacidad para gobernar un país, porque no era ese el objetivo.
      Al final va a ser cierto que la vocación política se alimenta del afán de aprovechar una oportunidad inmejorable de resolverse la vida con cargo al erario público. 
      Puede que luego nos veamos obligados exigir la dimisión en bloque de este gobierno inútil, sin sentido de estado, sin cultura política, tardofranquista, que práctica una democracia impostada, de discurso aprendido y falso. 


miércoles, 1 de octubre de 2014

Sísifo

      Quizás ningún mito griego nos representa tan fielmente como el mito de Sísifo; ya sabéis, aquel griego que fue castigado a subir eternamente una roca bien pesada a una colina; roca que una vez en la cima rodaba cuesta abajo hasta la base del promontorio para que Sísifo volviera de nuevo a su inútil esfuerzo. Aun debe andar en ello si hemos de creer la historia de su vida y su castigo.
            Entre las múltiples interpretaciones de este mito, hay una que le encaja de forma extraordinaria. Dicen que representa el esfuerzo inútil de la humanidad por alcanzar la sabiduría.
            Y si alguien piensa en el desarrollo tecnológico envidiable que hemos alcanzado como una prueba de sabiduría, seguramente se equivoca.
            Yo creo que el mito de Sísifo cuadra con nuestra propia naturaleza. Llevamos muchos siglos entregados al intento de completar una acción civilizadora sobre nosotros mismos. Siglos de pensamiento moral, de teoría política, de estudios sociológicos, incluso de influencia religiosa sobre el comportamiento humano. Llevamos siglos de análisis de nuestros errores históricos y de las consecuencias que nos trajeron, pero seguimos siendo una sociedad hipócrita, inmoral, insolidaria y políticamente insatisfecha con cada uno de nuestros intentos; no puede ser de otra manera, porque comprobamos una y otra vez que el uso del poder por parte de quien lo ejerce, incluso en los sistemas democráticos, acaba derivando hacia el abuso en la búsqueda de su propio beneficio o del beneficio exclusivo de sus allegados.
            Y el desarrollo tecnológico nos ha hecho más eficaces en muchísimos aspectos, pero no nos ha hecho más civilizados. Seguimos siendo una sociedad inmersa en la conciencia egocéntrica de los pequeños grupos humanos que luchaban por los recursos  escasos y por su supervivencia en los albores de la especie. Solo han cambiado los discursos, la capacidad de esgrimir justificaciones para actos incivilizados e inmorales.
            Afortunadamente de la caja de Pandora no escaparon todos los bienes. A esta especie le quedó intacta la esperanza.  Casi siempre encontramos razones para volver a empezar. Porque lastrados por esa conciencia egocéntrica, y sin haber desarrollado de forma eficaz una conciencia social que nos redima de ese lastre, nos toca ahora, de forma muy urgente, desarrollar una conciencia planetaria.
            El presente turbulento se esmera en ofrecernos cada día desafíos cruciales.
            Pero ninguno lo es tanto como la defensa del Medio Ambiente. Y es crucial porque la opinión general de la humanidad, aquejada de muchos males en su vida diaria, no parece alarmada en exceso por esta cuestión tan trascendente.  Dado que la tierra se toma su tiempo para hacernos llegar sus quejas, consideramos el asunto del cambio climático como un tema secundario en nuestras vidas, una preocupación de ecologistas radicales, gente anti sitema y científicos alarmistas. Ayudan a ello las cifras millonarias que las compañías petroleras destinan cada año a confundirnos con campañas de intoxicación. Saben de sobra que una toma de conciencia universal sobre la gravedad del problema daría al traste con sus intereses. Nada cambia en nuestro mundo si no hay una toma de conciencia multitudinaria y alarmada.
            El 23 de septiembre  la ONU ha propiciado una cumbre mundial sobre el clima; en esa cumbre se ha establecido el 2015 como año crucial para asumir obligaciones de las que dependen en buena medida  la conservación de los diferentes ecosistemas de la tierra. De ellos pende la vida como de un hilo delgado.
            Así que, como Sísifo, hemos de subir esa pesada roca a la colina. Y hemos de procurar que en esta ocasión se quede allí. Abriremos la caja de Pandora, empuñaremos la esperanza, y nos pondremos manos a la obra.
            Pero todo depende de una imprescindible,- y alarmada-, toma de conciencia colectiva. Porque quizás no nos queden ya muchos intentos. A mediados de este siglo por el que estamos transitando, si no hay cambios drásticos en el comportamiento humano, la temperatura media de la tierra habrá subido dos grados por encima del calentamiento progresivo que hemos producido en los últimos dos siglos. Eso será ya un desastre planetario, que habremos dejado como herencia a nuestros hijos y a nuestros nietos. Les habremos arrebatado, por poner solo ejemplos simples, un tercio de las tierras cultivables que se habrán transformado en desiertos y habremos reducido la cantidad de agua potable disponible a la mitad de la  que hoy tenemos.
            Pero la lista de desgracias resulta interminable.
            Hay que negar a Sísifo y alcanzar de golpe esa sabiduría que andamos mendigando, porque me temo que en esta ocasión resulta imprescindible para un asunto delicado, la supervivencia de la especie y de casi el resto de las formas de vida  que comparten con nosotros el planeta. También les pertenece.
            Mientras tanto, en la Europa impotente, contradictoria, que se niega a si misma, un individuo que acaba de vender antes de ayer sus acciones de compañías petroleras por valor de medio millón de euros, aspira a ser nombrado Comisario de Medio Ambiente. Miguel Arias Cañete, cuyas empresas- hasta ayer- casi opacas al fisco no tienen inconveniente en contaminar el estrecho proporcionando fuel a los barcos de paso en plataformas flotantes, está bajo sospecha. Darle ese poder en la Unión Europea es meter al oso en el colmenar o al zorro en el gallinero. Espero que la Europa cínica que dice gobernarnos se ahorre esa vergonzosa decisión.