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domingo, 22 de junio de 2014

Populismo

   El término populista está de moda. Y está cargado de intenciones aviesas. Descalifica. En nuestro caso  viene a significar práctica política inadecuada que consiste en atraer el voto de la gente menos dotada de conocimiento sobre la compleja realidad de la economía y la política con propuestas imposibles de cumplir, pero que responden a necesidades viscerales de  la masa. Casi como sinónimo, se emplea también antisistema. Y desde posturas más desapasionadas, se acusa al populismo de ser simplista en el análisis de nuestros males e iluso en la propuesta de las soluciones. Sea lo que sea el populismo , según quien use el término, es siempre producto de un sistema democrático que no responde a las exigencias ciudadanas. Ahí radica el problema verdadero.
            La descalificación de los movimientos insurgentes surge de todos los rincones donde arraigó el poder acomodaticio durante nuestra corta democracia. Cuarenta años no es nada, pero a las corrientes sociales dominantes que consiguieron arraigar en partidos políticos con capacidad de constituirse en fuerzas de gobierno, les ha dado tiempo a generar en su día expectativas justificadas, a consolidarse en el panorama político hasta el punto que consideraron que era una situación inamovible para la que no existiría jamás alternativa, y a degenerar de forma acelerada. Y este declive repentino, aunque el sistema bipartidista, zarandeado por la crisis y su envenenada gestión, venía dando señales de decadencia,  los tiene confundidos..
            No sé decir cuál de los males que los aquejan les produce más deterioro, pero, por una parte, han perdido la decencia y se han dejado invadir por prácticas corruptas en el ejercicio del poder y en el manejo de los recursos públicos, y por otra, han creído  que la democracia es un asunto de los propios partidos, un negocio privado de equilibrios entre los profesionales del poder político, un juego de roles al margen de la ciudadanía a la que solo recuerdan en las campañas electorales.
            En tiempos de bonanza, cuando la existencia de la mayor parte de los ciudadanos de un país resulta llevadera, se atiende a las necesidades básicas de tu familia, y el grado de libertad que necesitas para sentirte dueño de tu vida no está en riesgo, podemos perdonarles a los políticos sus desviaciones. Podemos ignorarlos.
            Pero cuando una mayoría ve en peligro su sistema de vida, sus derechos, los servicios públicos que le garantizaban cierta igualdad ante la ley, es imprescindible recuperar el protagonismo. Cuando el desempleo, la exclusión social, el hambre, la pobreza, el abandono a su suerte de cuatro millones de compatriotas desempleados y sin protección estatal te golpean la conciencia, es preciso  empuñar la propia soberanía y reclamar que la política cumpla su cometido principal, arbitrar soluciones a los problemas humanos. Cuando millones de jóvenes profesionalmente muy preparados ven pasar los años en los que han de dar forma a su proyecto vital sin encontrar empleo, o viéndose obligados a emigrar, es imprescindible que una sociedad se pregunte qué parte de su organización necesita una reforma urgente. De otro modo seríamos una sociedad sin esperanza y sin futuro.
            Puede que llamar a las cosas por su nombre, reclamar de la política que se empeñe en el hombre ante que en rescatar sistemas financieros, el dinero de las élites económicas que controlan la política europea, sea una práctica populista desde la perspectiva de la política profesional, mucho más proclive a cumplir el cometido que el poder económico le tiene encomendado, convencernos de que la crisis es consecuencia de nuestros excesos, de que los llamados Estados del Bienestar son inviables y de que solo saldremos de la grave situación en la que estamos si renunciamos pacíficamente a derechos, a empleos dignos, a salarios dignos, y a servicios públicos imprescindibles para mantener la igualdad en términos aceptables.         
            Defender lo contrario es populismo.
            Pero el populismo verdadero se ejerce, sobre todo, desde el poder establecido.  Y se ejerce con especial empeño cuando se acerca un compromiso electoral y a los que están en el poder no les cuadran las encuestas de intención de voto.
            Tocan a rebato las alarmas, y el gobierno se olvida ya de gobernar, si es que estaba gobernando, y se dedica a vocear sus baratijas de colores por las plazas, para recuperar parte del interés del electorado que le volvió la espalda.
            El mensaje populista con traje de lentejuelas que ahora circula por la pasarela de las mentiras bien urdidas dice exactamente “Rajoy nos baja los impuestos”.
            Para empezar, es falso. Para las personas  que ingresan entre veintidós mil y treinta y tres mil euros anuales, es decir, la mayoría de la población activa que mantiene un empleo casi decente, no habrá bajada alguna; se mantendrá intacta la subida que se les aplicó en 2011 y tendrán una subida en el año 2015. Es este segmento de la población el que soporta la carga impositiva más dura del país. La reducción de impuestos afectará, como es la obligación de un partido político que es el instrumento del capital, a las rentas más altas, las únicas que salen beneficiadas de la crisis. Quienes ingresan entre treinta mil y sesenta mil euros se verán beneficiados por una reducción de impuestos cercana al diez por ciento. Y a partir de esos ingresos,  la reducción se establece en torno al siete por ciento. Digamos, pues, la verdad evidente y sin envoltura, Rajoy no nos rebaja los impuestos, Rajoy rebaja los impuestos de los ricos, porque ahí está el granero de sus votos.
            La segunda parte de esta historia de populismo de diseño ministerial es que es una medida irresponsable. Según los cálculos de los técnicos de Hacienda, el Estado dejará de percibir en torno a nueve mil millones de euros. Y eso, en un Estado que se caracteriza porque ingresa bastante menos de lo que gasta, es una irresponsabilidad cuyas consecuencias caerán sobre todos nosotros en las únicas medidas compensatorias que Rajoy ofrecerá a la Troica para garantizar la devolución de deuda y de intereses, más recortes en los servicios públicos y en los derechos; más personas dependientes sacrificadas; más comedores escolares cerrados, más becas negadas, más pensiones empobrecidas; más copagos; menos personal en los servicios de urgencia hospitalaria; más privatizaciones de los activos rentables del Estado.
            No. Yo no quiero que Rajoy nos baje los impuestos. Quiero que el gobierno se ponga manos a la obra y recupere los noventa mil millones que el Estado deja de percibir por el fraude fiscal y la economía sumergida. Eso, unido a una reforma fiscal justa y progresiva, nos ayudaría a salir de la crisis de forma racional, sin causar tantas penalidades a los más desfavorecidos. 
    Lo de la fiscalidad justa no es una demanda irracional o innecesaria. Buena parte de las grandes empresas de este país y los Bancos, apenas pagan un 5% de impuestos; y las grandes fortunas individuales, enmascaradas en las Sicavs, esos paraísos fiscales legalmente admitidos y santificados por el propio Parlamento, tienen sólo un 1% de carga impositiva. Afrontar esas injusticias evidentes sí sería llevar a cabo una verdadera política de Estado, y las cuentas seguramente cuadrarían. Pero pedir eso, sin duda, es populismo. 
  Dice Cospedal que la corrupción, en sus mil manifestaciones, es un rasgo endémico de España. No hay mayor corrupción que convivir con la injusticia , legalmente establecida. Pero, al parecer, con eso hay que vivir. 
  ¿Quiénes son ellos, un partido que respeta las tradiciones, para hacer frente a la corriente de corrupción y populismo con la que se va moldeando nuestra historia...?

miércoles, 18 de junio de 2014

Día histórico

     Abres la prensa, enciendes la radio, conectas con las noticias de la televisión, y el tópico se desliza hasta tu cerebro con la vocación enajenadora del sonsonete de una letanía. Mañana es un día histórico para España. No, no se refieren a que la selección española de fútbol probablemente caerá eliminada en la primera fase del Campeonato del Mundo, al que acudía como vigente campeona. Eso también provocará una cascada de lamentos y de propuestas de ajusticiamiento público y colectivo por parte de quienes se ganan la vida  convirtiendo en asunto de vida o muerte esta burbuja permanente disfrazada de deporte, este refugio de prácticas delictivas que apasiona a las masas. ¡Panem et circenses!, aunque el pan escasee cada vez más.
            Pero, en las noticias intencionadas, la condición de histórico se la otorga al día de mañana la entronización de Felipe de Borbón.
            Es falso. Mañana es un día más. Carece, incluso, de emoción. Hubo tiempos en que la entronización de los monarcas comportaba cambios en la vida de la gente. Era cuando los reyes tenían poder, porque dictaban las leyes y encabezaban los gobiernos. A veces, en una inspiración humanitaria, el rey podía sacar alguna ley que beneficiara al pueblo llano. Afortunadamente, no dependemos ya de esa eventualidad tan azarosa. Costó trabajo expulsar a la nobleza de sus arriscados privilegios. Y los reyes, el último escalón de la aristocracia fundamentada en la propiedad de la tierra, aguantaron hasta el último minuto, reacios a entregar la soberanía, el poder verdadero, la capacidad de establecer la leyes a su antojo.
            Nada cambiará mañana en nuestras vidas. No pasará mañana nada que merezca el calificativo de acontecimiento histórico, salvo quizás para Felipe de Borbón, que recibe la corona de un país al borde la quiebra en casi todos los sentidos.
            Sería histórico, si en la prensa de mañana, o en la radio,  o en la cabecera de las noticias de televisión, nos encontráramos con el titular soñado, que ya no hay en España ni un hogar donde no entre un salario, por ejemplo.
            Lo demás es bastante secundario.
            Felipe de Borbón jurará respetar la Constitución ante el parlamento embutido en uniforme militar, y cuando la comitiva abandone las Cortes, seguirá habiendo seis millones de parados, seguirá presionando ese gobierno mundial en la sombra para depauperar salarios y recortar derechos, seguirá habiendo millones de españoles al borde de la exclusión, seguirá habiendo niños que no comerán decentemente si cerramos los comedores escolares, seguirá habiendo corrupción impune en todas las esferas de poder, seguirán despedazándose los hambrientos de África aferrados a  las concertinas con las que pretendemos levantar una frontera impermeable para la miseria desbordada.
            El verdadero titular del día es que el gobierno ha prohibido la presencia de banderas republicanas en las zonas delimitadas para la ceremonia  y el cortejo. Los antidisturbios tienen orden de emplearse a conciencia, siguiendo con la escalada de violencia de Estado, último recurso contra la manifestación del descontento ciudadano. Dicha prohibición tampoco es un hecho histórico en sí misma. Es solo una etapa más en la carrera hacia el pasado vergonzante, en dirección a las Leyes Fundamentales del Movimiento que este gobierno está empeñado en recuperar a toda costa. No es sino un atentado contra la libertad de expresión.
            Uno más.
           No. Mañana no es un día histórico en ningún sentido.
          Sólo Felipe de Borbón podría otorgarle esa etiqueta, si en su discurso de investidura exigiera al Parlamento que se modifique la Constitución para celebrar el referéndum que lo inhabilitará o lo legitimará sin ninguna duda. Eso sí sería un acontecimiento histórico por el que Felipe VI se ganaría, incluso, el respeto de los republicanos y los indiferentes;  ganaría también un sitio destacado en la historia reciente de este pueblo. 
          Debería sopesar esta propuesta.


domingo, 15 de junio de 2014

El enfermo de España

           “Rara temporum felicítate, ubi sentire quae velis et quae sentías dicere licet…”
            “ …Rara felicidad la de los tiempos en que se puede pensar lo que se quiera y se puede decir lo que se siente…”
           Tácito (historiador romano del siglo I de nuestra era)
            HISTORIAS ,I,1-6

            Me gusta Tácito. Es un historiador reflexivo, que ahonda en las razones de los hechos y separa la hojarasca publicitaria de los mensajes institucionales, llenos de buenas intenciones aparentes, de las verdaderas intenciones de los protagonistas destacados de la historia. Tras el proclamado amor a la patria, tras las promesas de entrega a la defensa de los intereses de los ciudadanos,  hay siempre un desmedido afán de poder. Nada ha cambiado desde entonces. No hay sistema político que no degenere en instrumento de la oligarquía que consiguió el poder. Tácito, no obstante, nunca supo, o nunca quiso, definirse políticamente. No se decanta claramente entre la antigua concepción política romana, la República, basada en el gobierno de la oligarquía senatorial, o la aportación política del Helenismo,- todo se genera en Grecia-, un estado regido por un monarca dotado de poderes excepcionales, un consanguíneo de los dioses, si es preciso. Aunque es posible que no se pronunciase claramente por razones de seguridad, para no incomodar al emperador de turno y arriesgarse a consecuencias temibles. Se intuye, no obstante, en sus escritos que desconfía de un régimen político que se asienta en la voluntad omnipotente de una sola persona, y en cuyas decisiones tendrá la arbitrariedad una indudable importancia.
            Pero aquel debate en la conciencia de Tácito, que sería también el debate de los tabernáculos políticos de la época, no es el debate de hoy. Desde la Revolución de Cromwell que, tras una larga guerra civil, instauró la monarquía parlamentaria en Inglaterra, a las monarquías europeas solo les quedó una alternativa: o adaptarse a la creciente demanda de soberanía de los ciudadanos europeos, o desaparecer. Fue un proceso largo y sangriento. Pero hoy, ninguna monarquía europea guarda para sí ni un ápice de soberanía, de poder verdadero, salvo por aspectos formales de privilegios que establecerán las Constituciones en cada caso y que no serán muy diferentes de los establecidos para cualquier presidente de una República.
            A mí no me incomoda la monarquía noruega, por ejemplo; de hecho, ni tengo referencias de esa gente, porque son pobladores de las revistas del corazón que no están entre mis lecturas preferidas. Sí me incomodan las monarquías del Golfo, porque esas mantienen la soberanía plena y la ejercen de forma corrupta y corruptora, mientras financian guerras civiles entre los pueblos vecinos, u organizaciones terroristas para enfocar el desencanto y la frustración de sus pueblos hacia enemigos exteriores. Su formación es occidental, pero mantienen subyugadas, ocultas, oscurecidas, invisibles, a sus mujeres porque eso conviene a su concepción deforme de la historia,  y del género humano. Incluso su paraíso  es un paraíso concebido para el placer del macho.
            Me incomodan, también, y me repugnan algunas Repúblicas notables. Conozco una República Alemana que está destruyendo el futuro de la Unión Europea con sus políticas económicas, favorables a los intereses de sus inversores y dañinas para una buena parte de los ciudadanos europeos y para la propia idea de Europa y su necesidad de cohesión interna. Conozco también una República presidencialista en América del Norte, cuyo presidente tiene como una de las primeras obligaciones de la agenda cotidiana  decidir a qué enemigos asesinan ese día los drones de la CIA; ese mismo presidente no tiene inconveniente en reconocer que sus agencias de seguridad no respetan el derecho a la privacidad de las personas. Esa invasión de la vida privada es aceptable para ese democrático pueblo defensor habitual de las libertades, que sin embargo comparte la idea de que una medicina pública patrocinada por el Estado es una contaminación socialista  de su ejemplar organización política y social, en la que la única  libertad verdadera anida en Wall Street.
            Indagando en la Historia del siglo XX, la República de Weimar generó un monstruo y la Monarquía democráticamente aceptada en Italia, la Casa de Saboya, asistió a la gestación del fascismo europeo. Hitler y Mussolini son la prueba de que la forma de Estado no vacuna contra la generación de monstruos por sí misma. Tampoco aporta soluciones  a los males acuciantes de los pueblos, la desigualdad, el empobrecimiento, la preeminencia de los intereses  económicos sobre los derechos humanos soberbiamente proclamados en la letra impresa de las Constituciones.
             Espero que la cita  que encabeza esta entrada aun tenga vigencia. Quiero decir que yo no soy monárquico. Pero tampoco soy republicano. Estoy desubicado. Soy un hombre perdido en un vacío político; un hombre condenado a la exclusión. Soy  demócrata. No veo la necesidad de establecer esa envoltura conceptual para un Estado. Ambas instituciones son inútiles en mi opinión; por tanto ese debate no me motiva lo más mínimo.
            Dicho lo cual, acepto el derecho a reclamar ese debate por parte de aquellos que lo estimen oportuno. Digo más, si yo fuera Felipe de Borbón y Grecia, en mi discurso de coronación establecería una fecha para ese referéndum, por decisión propia. Si lo pierde, no quedará en el paro. Tendrá una buena vida, mucho mejor que cualquiera de los seis millones de parados que no esperan de su futuro ni una buena noticia, por desgracia. Y habrá ganado lo que casi ninguno de sus predecesores, un sitio digno en la historia de este pueblo. Y si lo gana, también habrá ganado su propia legitimidad, un tesoro en los tiempos que corren. Yo no tendría la menor duda. No tiene un instrumento más poderoso hoy que esa propuesta para ganarse el respeto de la gente.
            Pero reconocedme que ese debate es un debate interesado. No es la prioridad de los desahuciados, de los parados de larga duración, de las personas dependientes que aguardan inútilmente que les llegue la ayuda del Estado, de los niños que dependen del mantenimiento de los comedores escolares para poder comer este verano.
      En realidad, no es la prioridad de casi nadie, si hacemos excepción de quienes esperan que lo que queda del PSOE, el enfermo de España, se descomponga definitivamente, desangrado en las luchas entre su alma republicana y su compromiso de respetar los pactos Constitucionales. Hay un capital de votos danzando  en el vacío. La gravedad los hará aterrizar en el cesto de quienes animan hoy un debate que podría esperar tiempos más oportunos, cuando hayamos afrontado con mejor tino que hasta ahora asuntos de vida o muerte, el paro, la desigualdad, la sanidad, la educación, la investigación,  el medio ambiente y los derechos saqueados.
            Y si alguien no entiende mi propuesta, puede que mi concepción del Estado, basada en las garantías de los derechos ciudadanos como la verdadera prioridad, sea una concepción aprendida en los clásicos, gente inútil, sin vigencia, prescindible. Pero es que no puedo despreciar la Historia. No hay mejor maestra. Para mi, al menos. Es lo que tiene el humanismo, que nos limita mucho las prioridades.

jueves, 5 de junio de 2014

Planeta finito

           La tierra es generosa, pero estricta. Nadie sabe si debido al azar o por algún desconocido plan de la materia estelar, acogió la vida y la multiplicó de forma inteligente, diversificando los recursos hasta lograr un equilibrio imprescindible, precioso, casi mágico, que aun no hemos logrado desentrañar del todo.
             La tierra también se comunica; nos habla con el claro lenguaje de la ciencia; es un lenguaje universal, exacto, sin rodeos, sin mentiras, sin verdades a medias. Y su mensaje no precisa de intérpretes interesados, ni de chamanes conectados misteriosamente con los dioses, porque el lenguaje de la ciencia es, por fortuna, universal.  Con la fría determinación y la calma geológica que caracteriza a los cuerpos planetarios nos comunica que somos una especie peligrosa y que tiene un arsenal de recursos para contrarrestar nuestro veneno.
       Pero la tierra es, sobre todo, paciente. Su reloj biológico tiene un ritmo lento. Nunca se precipita. Nos avisa con tiempo y nos permite corregir nuestros desmanes.
            En 2006, por encargo del gobierno del Reino Unido, el economista Nicholas Stern publicó el primer informe sobre cambio climático encomendado a un economista en lugar de a un climatólogo. Se le conoce en términos académicos como El informe Stern sobre la economía del cambio climático  y sus conclusiones, basadas en infinidad de estudios científicos y en simulaciones informáticas, son demoledoras. Moisés Naím nos las recordaba el domingo, 1 de junio, en la prensa escrita. 
            El calentamiento global no es un mito. Se destinan cada año miles de millones de dólares a convencernos de que es una leyenda urbana, una fantasía de ecologistas maniáticos, infectados ahora por el populismo anti sistema de izquierdas. Una irresponsabilidad que, de encontrar acomodo entre las preocupaciones de la ciudadanía, afectará de forma irreversible a la economía mundial y pondrá en peligro nuestros precarios empleos.
            El capitalismo actual cimenta parte de su poder constrictor sobre la humanidad en la economía basada en el petróleo. Y el capitalismo no tiene conciencia; es una degeneración social que nos destruye. Su cerebro fue racional un día; hoy es un cerebro enfermo, obsesivo, infartado por  la ambición y envenado por el afán desmedido de beneficio rápido.
            Si  proféticas y temibles eran las previsiones de Stern, en 2006, las corrigió en 2011, empeorándolas por la inesperada aceleración de los cambios climáticos. No os cansaré demasiado. La estabilidad de la temperatura durante la mayor parte del tiempo que los seres humanos llevamos establecidos de forma visible en el planeta ha permitido la agricultura, la ganadería, y nuestro asentamiento sostenible  en casi todo los lugares de la tierra. También, la proliferación de especies imprescindibles para la biodiversidad.
            Según las previsiones justificadas de este estudioso, una autoridad de referencia, antes de terminar el siglo XXI, si no tomamos medidas urgentes y drásticas, la temperatura media del planeta habrá aumentado  cuatro grados. Una catástrofe que convertirá a España entera en una prolongación del desierto del Sahara, hará desaparecer todas las selvas vírgenes, reducirá la disponibilidad de agua potable en un cincuenta por ciento y en casi igual medida la disponibilidad de tierras fértiles. Mientras, a mediados del siglo, las proyecciones del crecimiento de la población humana calculan en diez mil millones de personas las que necesitarán los recursos del planeta para sobrevivir. A todas luces, la previsión nos convierte en inviables.
            Tengo una casi nieta que acaba de nacer  Me emocionan sus claras muestras de alegría, su risa que es la única forma con que ahora nos comunica que es feliz; admiro sus esfuerzos por articular algún sonido para interactuar con los adultos que la rodean y que la cuidan. Sé que ella, y muchos más, son el futuro, aquellos a los que dejaremos nuestros hallazgos y, también, nuestra herencia de miserias, como una deuda eterna con los  que se adueñan de las riquezas y especulan con las necesidades de los pueblos.
            Quizás cuando ella sea consciente de su vida, ya nadie se acordará de un empeño que hoy agota casi todas nuestras energías, denostar la Transición, fuente de todos los males que ahora no asuelan.
            Nadie recordará que la empezamos con una Renta Per Cápita de mil doscientos euros y que esa denostada Transición nos ha llevado en este día a gozar de una Renta Per Cápita superior a veinticuatro mil euros; nadie recordará que en aquella España macilenta y miserable uno podía morir de apendicitis; que nuestros padres tenían que reciclar los preservativos conseguidos en el mercado negro, dada la negativa de los farmacéuticos de comunión diaria a dispensarlos, salvo en secreto a sus compañeros de partida en los círculos exclusivos del casino, con una sucia sonrisa de complicidad ; que la homosexualidad era un delito, y que la sombra alargada de los espadones militares se cernía sobre cada paso que dábamos.
            Nadie recordará que el acceso de una mujer a la Universidad era una rara casualidad y que la mayor parte de los niños de familias pobres no pasaba de la Educación Primaria.
             Puede que nadie recuerde entonces que la denostada Transición legalizó todas las corrientes políticas que asumieron el proyecto de convivencia enmarcado en la Constitución del 78, y que ello incluía al Partido Comunista, el feroz enemigo del franquismo, todavía poderoso y enraizado en buena parte de la conciencia de la España profunda.
            Puede que nadie, entonces, recuerde que la Constitución del 78 concedía más reconocimiento a la diversidad española y más autogobierno a las diversas Comunidades que ninguna otra norma en toda nuestra ya larga historia.
            Puede que, cuando esa niña sea consciente de su vida, nadie ya nos obligue a avergonzarnos de aquella Transición que levantó ilusiones poderosas y justificadas a los que  veníamos de los rescoldos de una dictadura ominosa, necesitados de libertad y de esperanzas.
            Puede que cuando esa casi nieta que acaba de nacer sea ya consciente de su vida, le hayamos dejado como herencia una España desértica y un futuro amenazado, porque la Tierra, ese juez imparcial, nos haya señalado con su dedo acusador como una especie dañina que amenaza la vida, ese milagroso equilibrio que le ha costado millones de años fabricar. Y puede que entonces, lo demás no importe ya demasiado.
            Yo dejaré escrito, para que esta niña pueda saberlo si es preciso, que  estoy orgulloso de aquella Transición, del esfuerzo que hicimos por un país mejor, donde la vida no fuera una amenaza, una secuencia de temores oscuros, una desconfianza permanente. Puedo decirlo. La Transición me devolvió mi palabra, sin cadenas. También echó sobre mis hombros el compromiso de ponerle frenos a ese desierto que amenaza el futuro de una niña que acaba de nacer. Es una responsabilidad compartida. Todos vosotros tendréis alrededor a una persona que empieza a gorjear, cuyo futuro depende de nosotros, de que nuestro instinto de supervivencia se encrespe y se levante airado. 

martes, 3 de junio de 2014

Dos retos verdaderamente relevantes

          Si algo tiene el presente es su capacidad de distraernos de los asuntos verdaderamente importantes. Hoy afloran esas cuestiones importantes, nos alarman durante un breve periodo de tiempo, y las echamos en olvido de inmediato, atentos al ruido que nos llega del presente acelerado, confuso y cargado de miserias.
            Ayer dimitió un rey; dejó su oficio a una edad en la que casi todo el mundo ha abandonado el suyo, si lo tuvo. Ocasión propicia para loas y acusaciones. Empiezan a cansar ya  los discursos laudatorios y serviles. El más servil que se oye sobre este rey, que ha envejecido mal, es que él nos trajo, por fin, la perseguida democracia. He dicho y lo mantengo que eso es falso. La democracia es una conquista de este pueblo. Puede que él estuviera convencido, también, de que ya era hora de adoptarla. Mi convencimiento se orienta, sin embargo, a  que Juan Carlos de Borbón era plenamente consciente de que sin democracia su reinado habría sido breve; que habría acabado, como buena parte de sus predecesores, mal muriendo en el destierro, definitivamente huérfano ya de los apoyos internos de los viejos monárquicos. Por lo poco que aflora de su vida, ahora sabemos que era pobre y andaba necesitado de un oficio. Y si hemos de creer las noticias sobre la fortuna que ha amasado, debe ser un oficio lucrativo. 
       Es parte del ruido del presente confuso. Lo accesorio se convierte, de pronto, en cuestión de vida o muerte; en debate fundacional para un futuro diferente. Sinceramente, hoy por hoy, el debate entre monarquía o república carece de significado para mí. De hecho preferiría vivir en una monarquía europea, la sueca por poner un modelo envidiable de organización social y política, a vivir en casi cualquier república conocida, haciendo excepción de Canadá, Australia o Nueva Zelanda, las antiguas colonias de poblamiento donde los colonos blancos hicieron arraigar la democracia. Francia e Italia tienen también su encanto, pero hoy me generan dudas por razones diferentes. No, no se me olvidan los Estados Unidos. Jamás viviría en ese país por propia decisión, pero explicarlo me llevaría algún tiempo.
            Fuera cual fuera mi elección, si tuviera que hacerla, el hecho de que se tratase de una monarquía o una república no tendría peso alguno en mi decisión. Por el contrario, el modelo de organización social y el modelo de convivencia serían la razón fundamental. 
       Y estoy seguro de que cualquiera de vosotros comparte esta actitud mental conmigo.
            Lo único relevante, en mi opinión, es la eficacia del sistema democrático. Son las democracias las que deben afrontar dos retos importantes que condicionan el futuro de forma definitiva: la distribución de la riqueza y el cambio climático. De otra manera, cualquier debate será un debate inútil, porque empezaremos a ser una especie amenazada de extinción. Ambas cuestiones son un problema global, y su solución nos exigirá grandes esfuerzos colectivos. Ese es el reto verdadero, el urgente; la cuestión de vida o muerte que debería ocupar nuestro debate existencial, sin que el presente ruidoso nos distraiga en exceso.
     Respeto, desde luego, las certezas ajenas, pero, en mi opinión, la envoltura solicita tan solo una regulación estricta, y que quien ostente la Jefatura del Estado la ejerza dignamente.