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jueves, 29 de mayo de 2014

¡Antisistema!

          Ayer, al salir del trabajo, puse la radio como cada día, buscando las noticias que la mañana hubiera ido generando. En una breve reseña de cabecera que recibí de forma incompleta, me llegó nítidamente la voz reconocible de Rita Barberá; es una voz autoritaria y áspera, como si en su aparato fonador hubiera prosperado un espartizal, campo de esparto en tierras pobres que nada más producen. Es una voz insatisfecha. Una voz que se presta más a proferir que a comunicar. Una voz imprescindible para ejercer de acusador, pero inútil para pedir perdón. Hay voces así. Uno nace con ella y la lleva ya toda la vida como una cruz inmerecida.
            La oí decir “son anti sistema, que han venido a cobrar del sistema y a destruir el sistema desde dentro”.
            Sistema es una palabra polisémica y carente de encantos particulares, pero se ha convertido en la reina de la fiesta.
            Dentro del coche, metido en el tráfico lento del mediodía, prisionero  por así decirlo, pierdo gran parte de mis capacidades lógicas. A pesar de su voz que te aconseja guardar una distancia prudencial, de pronto sentí hacia esta mujer una injustificada e inexplicable simpatía.
            Por fin,- me dije. Por fin hay alguien valeroso en el Partido Popular que va a poner patas arriba el tinglado. Esta mujer se ha hartado ya de los caciques del PP que han campado a sus anchas por tierras de Valencia durante los últimos treinta años. El caso de Rafael Blasco, Consejero de Solidaridad,- qué ironía-, en alguno de los gobiernos del bien trajeado Camps, y portavoz del PP en las Cortes valencianas, que se apropió de los fondos de la Generalitat para proyectos de desarrollo en países de África y América Latina, habrá rebasado ya su límite de tolerancia a la indignidad política.
            Solo arrebató a las ONGs ocho millones de euros, aprovechando su situación preeminente dentro del denominado sistema. ¡Poca cosa, para las cantidades que se barajan en asuntos de mayor calado!  Pero, desde luego, se le puede considerar un anti sistema de manual, que atenta contra el sistema porque genera desconfianza ciudadana, utiliza sus funciones para el enriquecimiento personal y envilece el ejercicio legítimo de la función política. Los jueces han premiado su proceder anti sistema con ocho años de cárcel. A su familia y a su equipo de colaboradores les han caído otros cuarenta. ¡Buena noticia!
            Puestos a imaginar,-me dije-, podría caldeársele la boca a Rita Barberá y emprenderla a mandobles contra los grandes atentados al sistema que su Partido ha perpetrado y de los que daré una breve muestra: malversación de caudales públicos; tráfico de influencias; prevaricación; falsedad en documento público; contabilidades dobles; fraude fiscal; inversiones faraónicas en obras públicas inútiles y eventos deportivos insostenibles que lejos de generar riqueza han generado deudas insoportables ; privatización de servicios públicos fundamentales para entregarlos a la avidez empresarial de sus cómplices; empobrecimiento de grandes masas de población; privación de servicios imprescindibles, como la atención sanitaria, a infinidad de personas; imposición a las conciencias individuales de leyes vinculadas estrechamente a una confesión religiosa; manipulación electoral; incumplimiento de programa electoral; altos cargos con cuentas en paraísos fiscales; presidentes de Gobierno y ministros que han cobrado cantidades indebidas de un dinero ilegalmente llegado hasta la caja de Partido Popular; su responsable  de tesorería durante muchos años, encarcelado sine die por prácticas ilegales y enriquecimiento injustificado; empobrecimiento del Estado; incapacidad para afrontar cuestiones primordiales, como el secesionismo catalán ; abandono  de la Investigación y el Desarrollo a cuyo capítulo destina dotaciones cinco veces por debajo de la media europea; abandono a su suerte a cuatro millones de parados que no reciben ya prestación alguna; un tercio de la población española bordeando los límites absolutos de la pobreza, mientras el gobierno descorcha el champán de las grandes celebraciones porque han recortado alguna décima en el déficit que nos aplasta contra las losas… Y, sobre todo ello, la mentira como único procedimiento para mantenerse en el poder. El desprecio a la ciudadanía.
            Puro atentado cotidiano contra nuestro inestable sistema.
            El tráfico lento tiene esa capacidad de confundirte, de llenarte de brumas la parte más racional de tu cerebro. Porque al bajar del coche, libre al fin, y dueño de mis propios movimientos, caí en la cuenta de que Rita Barberá no estaba hablando del Partido Popular, sino de  Podemos, una iniciativa recién nacida que aun apenas balbucea.
       En realidad no les resulta imaginable que la ciudadanía encuentre alternativas. Predican, y hasta es posible que lo crean, que son ellos o el caos. La soberbia, la ambición, el absoluto olvido de la ética los hizo prosperar a nuestra costa. Y ahora ya están incapacitados para ver que las nuevas iniciativas son la única esperanza del sistema. Podemos, por ejemplo, ha abierto un cauce por donde el agua estancada y putrefacta de la deseperación que el sitema inmoral ha generado, ha empezado a transformar la violencia potencial en esperanza. 
        ¡No es poco, idiotas! Cosa imposible, al parecer, para los fontaneros del sistema, esos políticos de oficio de discurso huero, esperanzas simuladas que a nadie se contagian, obediencia debida, y, en demasiadas ocasiones, dominados por intereses espurios y complicidades inconfesables.



martes, 20 de mayo de 2014

Periferia

     Un país que no ofrece a sus ciudadanos los dos elementos principales sobre los que un individuo asienta su equilibrio, trabajo y vivienda, no es un país; es un papel de estraza que envuelve una vida indeseable.
            A pesar del discurso complaciente y plagado de mentiras de quienes se afanan en minimizar en las urnas las consecuencias de sus políticas antisociales, el viento de los propios hechos que no se pueden ocultar desnuda el feo rostro de la realidad.
            Mejoramos,- dicen. Y ofrecen datos que podrían ser discutidos por expertos en teoría macroeconómica, pero que nada significan para ninguno de nosotros, porque nuestra vida no mejora.
            Durante el último año treinta y nueve mil familias han sido desahuciadas en la España que mejora. Ciento ocho familias han perdido su vivienda en España cada día del último año.
            Abundando en las miserias que la inadecuada e interesada gestión de la crisis ha provocado a los pueblos europeos, un informe de Médicos sin Fronteras da cuenta de  que en Grecia, ayer mismo, una persona parada y sin prestaciones ha sido expulsada literalmente del quirófano donde iba a ser sometida a una intervención cardiovascular para salvar su vida. Carecía de recursos para afrontar los copagos. Añade el informe citado que en esa Grecia, destrozada por Europa, tres plagas propias de países subdesarrollados, el sida, la tuberculosis y la malaria, se ceban cruelmente en una gran capa de su población. Millones de griegos carecen de asistencia y ahora han de recurrir a Médicos sin Fronteras, ONG que con anterioridad sólo atendía a inmigrantes indocumentados; las personas dependientes han quedado sin atención pública alguna y las que carecen de alguna forma de ayuda , proveniente de la solidaridad humana en cualquiera de sus múltiples formas, esperan que la muerte las libre caritativamente de una vida indigna; ancianos y enfermos crónicos renuncian a tratamientos imprescindibles porque carecen de recursos y son incapaces de afrontar los copagos sanitarios.
            Son los inconvenientes de la periferia. El tercer mundo avanza a pasos agigantados hacia el Sur de la Europa unida, civilizada y solidaria que un día intentamos diseñar a la ligera. La Europa que ya no puede ni garantizar la salud de sus ciudadanos no puede ser esa Europa a la que un día aspirábamos. Más se parece a aquel continente que un día fue el más destructivo de la tierra. Manda continuamente señales de su propia inviabilidad. Si no lo evitamos, esta Europa caerá, sin duda alguna, víctima de sus propias contradicciones y de su propia debilidad estructural. Económicamente es de una impotencia lastimosa para dar respuesta a las necesidades básicas de sus ciudadanos; políticamente es poco digna de confianza porque carece de credibilidad democrática. Está poniendo en riesgo los estados democráticos y está despertando en sus entrañas insolidarias al monstruo del fascismo.
            Alemania presiente esa inviabilidad, que ella ha contribuido a hacer posible. De ahí que refuerce su fortín económico con los restos de nuestra ruina, al tiempo que indaga las posibilidades de la ruta de la seda, un nuevo desplazamiento del poder económico que indefectiblemente apunta a China. La Alemania Merkeliana es, en buena parte, la causa de esta ruina continental, porque lleva mucho tiempo sin creer en Europa.
            Esta Europa es el diseño de los intereses financieros, de las políticas insolidarias y antisociales, de la competitividad imposible con las masas hambrientas de los países emergentes; es la Europa que roba prestaciones y derechos ciudadanos para cobrar usura. La Europa dominada por la plutocracia y sus poderosos aliados políticos ha convertido en periferia pobre, hambrienta, desahuciada y abandonada a su suerte en los problemas de salud a medio continente.
            Pronto todos seremos periferia.
            El voto sirve.
            Primero, para arrebatar el poder a la plutocracia y, después, para emprender un arduo trabajo de reconstrucción en el que el ser humano no vuelva a ser jamás un instrumento, sino el referente de la actuación de los gobiernos. Será duro, pero hay que ponerse manos a la obra cuanto antes. O ya no habrá remedio. Nadie lo hará , si nosotros no lo hacemos. 


miércoles, 14 de mayo de 2014

Europa, un dilema moral (III)

          La peor señal que se detecta es la sensación colectiva de que estamos abocados a aceptar la realidad actual, porque no tenemos capacidad de modificarla; quizás, -nos decimos-, podremos aminorar los daños, prolongar la agonía, dulcificar en parte las consecuencias. Esa sensación de imposibilidad inutiliza a las sociedades; son el perfecto caldo de cultivo para la pervivencia del sistema actual, aparentemente democrático, que permite el monopolio de los beneficios a la oligarquía económica que ha colonizado o corrompido los instrumentos clásicos del poder.
            La época de desesperanza colectiva suele coincidir con la descomposición de los instrumentos que sirven para aunar el impulso social, pongamos por caso, los partidos tradicionales a los que la gente ha encomendado la gestión de la vida pública. Con el material de derribo florecen otros, caracterizados por la exclusión, por la búsqueda de enemigos a quienes culpar del deterioro que ha experimentado nuestra vida, por el discurso agresivo, la prédica de la violencia como instrumento para garantizar la propia supervivencia ante el invasor o el enemigo.
            Y en el plano individual, el derrotismo, la tentación de la inacción a la que conduce la desesperanza de que cualquier iniciativa tenga alguna utilidad. Entre esos que nada esperan ya, se encuentran quienes aguardan,- digo aguardan muy conscientemente,- a que el sistema actual se descomponga definitivamente algún día, porque solo de su destrucción cabe alimentar alguna esperanza de futuro.  El arma definitiva,- dicen-, será la abstención. Porque una abstención elevada dejará a cualquier gobierno sin legitimidad. Abogan por ella, a veces,- las menos-, con una brillante exposición intelectual, pero casi siempre con discursos excluyentes y descalificatorios que podríamos incluir en las prácticas de cualquier  integrismo conocido. Solo mi verdad es la verdad, y el resto de vosotros sois descerebrados, intelectualmente dependientes.
            No es sino una señal de los tiempos, el fruto lógico de la situación social, política e intelectual empobrecidas. Nada es casual ni azaroso en las actitudes extremas de la humanidad; son la respuesta a situaciones extremas de indefensión y de desesperanza. Esta lo es.
            Este debate sobre la destrucción o la reparación de las estructuras políticas y sociales no es de hoy, ni de ayer en las redes sociales; está en el origen mismo de los movimientos obreros del XIX. Produjo enemigos irreconciliables, y el paso del tiempo no ha mitigado el odio, más evidente por parte de quienes no han alcanzado nunca la cuota de poder suficiente para poner en práctica su proyecto. Tampoco lo ha mitigado la experiencia histórica, ni la guerra civil española con su revolución pendiente mientras el enemigo era cada día más dominante; ni la Segunda Guerra Mundial, ni la caída de los Regímenes Comunistas en los países del Este de Europa; ni la globalización, un enemigo nuevo y poderoso; ni el empobrecimiento de la Europa comunitaria. Pero este debate ya está en “Germinal”, una novela del XIX francés, muestra inequívoca del mejor realismo europeo. El mismo debate, con las mismas palabras; como si el tiempo y las ideas se hubieran quedado congelados.
            Esperemos  a que el sistema caiga. No importan cuántas víctimas resulten necesarias, nos predican los profetas de la Utopía que un día se hará carne y habitará entre nosotros. Sólo que ese día no llegará jamás. La búsqueda del imprfecto equilibrio social y económico es una batalla cotidiana. A veces avanzamos, a veces recibimos derrotas ominosas. Es la propia vida. No podemos sentarnos a esperar a que el sistema se derrumbe por causa de sus contradicciones. Desde que tenemos memoria histórica, cualquier conquista social y política, ha sido consecuencia de la actuación y el compromiso. Jamás la abstención, en sus mil formas, logró una victoria que adorne su currículum. Ahora, tampoco.
            Por supuesto, respeto la abstención como respuesta política legítima, pero no acepto que se me justifique como un instrumento de transformación.
            Recientemente se hizo pública la EPA, encuesta de población activa, del último periodo; el gobierno de Rajoy se empeña en resaltar aspectos aparentemente positivos que derivan más de los propios datos de población que de las mejoras que vocean; pero pasan por alto un dato aterrador; de los seis millones de desempleados que atesora el país, cuatro millones no perciben ya ayuda alguna por parte del Estado. Son el desecho humano de la mal llamada crisis. Y son consecuencia, no de la herencia recibida, sino de las políticas aplicadas por el Partido Popular. Sé que mi abstención sería manipulada como un voto de aprobación a las medidas de Rajoy, si su partido gana las elecciones europeas. Y no voy a permitir que mi silencio santifique un crimen de Estado, entre otros muchos.
            Del material de derribo de las viejas estructuras de poder surgen, también, impulsos nuevos; iniciativas políticas que pretenden encontrar respuestas necesarias; siempre han surgido, especialmente en las peores circunstancias. Y si nos hemos desgañitado solicitando nuevas formas, hora es de indagar en alguna de esas propuestas.
            Pongamos que me inclinara a votar por una idea con la que no pueda sentirme en desacuerdo.
            Por ejemplo:
Realizar una auditoría sobre la deuda pública. Renegociar su devolución y suspender los pagos hasta que se haya recuperado la economía y vuelva el crecimiento y el empleo.
            La prensa alemana tilda esta propuesta de demagógica. Echemos la vista atrás algunos años.  Al terminar la Segunda Guerra Mundial Alemania era una ruina de proporciones bíblicas. Cargaba sobre su conciencia con la culpa de haber ocasionado en un cuarto de siglo cien millones de muertos por sus veleidades imperialistas; tenía entre sus méritos históricos el haber provocado, en dos ocasiones, la ruina de infinidad de naciones de la tierra y, especialmente, la suya propia. 
            Aquello sí que fue vivir por encima de sus posibilidades, y por encima de las posibilidades del resto del mundo.
            Entre el 28 de febrero y el 8 de agosto de 1952, -fueron muchos meses y muchas sesiones de trabajo para lograr acuerdos- se reunieron en Londres los acreedores mundiales de Alemania. Estaban las naciones vencedoras del bloque occidental y democrático, EE.UU, Francia, el Reino Unido, pero, además, otros veinte países, bancos de proyección internacional y una legión de acreedores privados.
            Como consecuencia  de aquellas negociaciones se firmó el acuerdo de Londres de 1953 que liberaba a Alemania de una buena parte de los intereses acumulados, se le condonaba la mitad de la deuda, se le ampliaba la moratoria para su devolución en veinte años y se le concedían cinco años de carencia de devolución de capital, - sólo debía abonar intereses- para permitirle recuperar su industria. 
            Para que no se viera drásticamente afectada en sus políticas de empleo y de atención a las necesidades de su población - entonces el modelo comunista de la URRS era un referente muy cercano para los obreros empobrecidos de muchas naciones europeas- se vinculó el pago de la deuda al superávit comercial. Para entendernos, cuando las exportaciones alemanas generaran beneficio al país, sería ese beneficio el que haría frente a la deuda nacional.
            Alemania le debe eso al resto del mundo.  Sin embargo, esa propuesta en el programa político de uno de los candidatos europeos actualmente le parece a su oligarquía y a la voz que le prestan sus influyentes cabeceras escritas pura demagogia.
         Votaré por esta idea; si varios millones de europeos la apoyaran, os aseguro que Europa cambiaría en un breve periodo de tiempo. No dejaré huérfana de apoyo a  una idea razonable. No dejaré que el fulgor que me produce la ración de cólera diaria apague el fulgor de la razón. Las ideas razonables son el motor que ha transformado el mundo. Solo necesitan la fuerza colectiva. Yo aun creo en que, juntos, podemos. Despreciar las ideas y sentarnos a la puerta esperando ver pasar el cadáver del enemigo es una forma de complicidad con el propio enemigo. Nunca tendremos el sistema perfecto; es una esperanza ilusoria pero tenemos la obligación de corregir, de defender, de mejorar el que tenemos.

sábado, 10 de mayo de 2014

Europa, un dilema moral (II)

 En la anterior entrada, a vuelapluma, aventuraba algunas señales que alimentan mi seguridad de que nada cambiará y de que la Europa deshumanizada, fortalecida por el aprovechamiento ideológico de la crisis financiera, está en posición dominante según se desprende de los acontecimientos más llamativos de nuestra actualidad política.
            Con ello, no es eso lo peor. La ciudadanía europea maneja el convencimiento de que  los Parlamentos nacionales han perdido una gran parte de su autonomía; en muchos casos son una verdadera pantomima, puesto que su capacidad legislativa está lastrada poderosamente por las decisiones de Europa. Pero esa autonomía legislativa que pierden los países  no ha sido transferida al Parlamento Europeo, su destinatario natural. El Parlamento Europeo no ha participado prácticamente en la elaboración de las medidas con las que  Europa decidió afrontar las consecuencias de la crisis. En la práctica, el ciudadano europeo medio presiente que daría igual que el Parlamento Europeo no existiera. Ha recibido información permanente durante los últimos años de que las decisiones que más afectan a su vida han emanado del denominado Consejo, en la práctica Merkel, -el Bundesbank-, El BCE y,  como invitado especial a este reparto de medidas aciagas, el FMI; es decir, los integrantes de la Troika. Cualquier europeo consciente y capaz de analizar de forma racional la situación política europea percibe con nitidez que se ha despojado de autonomía, de soberanía, a los Parlamentos Nacionales y que esa capacidad de autogobierno se ha transferido a un poder espurio, al servicio del capitalismo financiero o a los intereses nacionales de Alemania. Es decir, que la democracia real en Europa hoy es una utopía.
            No obstante cuanto antecede, yo tengo resuelto el primer dilema moral. He decidido  votar. Puede que haya gente que se pregunte de dónde saco argumentos morales para hacerlo, una vez esbozadas las anteriores reflexiones.
            En primer lugar de la necesidad de reformar este sistema dañino.  Los avances democráticos han sido siempre obra de los colectivos empeñados en conquistar soberanía. En buena parte, nos la han arrebatado. Y no nos la devolverán si nos mantenemos aislados en nuestro desencanto o en la desesperación que producen las derrotas aparentemente inevitables.
            En segundo lugar, porque la abstención, lejos de provocar daño en los partidos mayoritarios que nos han conducido a esta situación indeseable, los refuerza. Quizás las cifras servirán para entenderlo.
            El  censo electoral español, - ciudadanos con derecho a voto-, en las últimas elecciones generales ascendía a 35.779.491 personas. Para la representación de las mismas - de todas ellas- en el Parlamento, la ley tiene establecidos 350 diputados. La participación fue del 71,69%. Eso quiere decir que el 28,31% de las personas con derecho a voto no lo ejercieron. 10.129.174 no tuvieron motivos para ir a depositar su papeleta. No eligieron a ningún representante de los que se postulaban.
            Traducido, porcentualmente, a número de escaños que correspondería a  esos ciudadanos, 99 de los escaños preparados para representar a la ciudadanía,  no deberían estar ocupados. Pero están ocupados y tienen color político. De hecho, las 10.129.174 personas que no votaron, ¡sí votaron!. Los 99 escaños que se quedaron sin representación han ido a engrosar proporcionalmente la representación de otros partidos, sobre todo, los de representación mayoritaria.
            Atendiendo a lo que establece la Ley d’Hont y, refiriéndonos sólo a los dos partidos mayoritarios como muestra de la contradición a la que nos estamos refiriendo, al PP le correspondieron el 44,62% de los votos emitidos y al PSOE, el  28,73% de los mismos. En número de escaños, al PP le correspondieron 186 escaños, mayoría absoluta, y al PSOE  110.
            Si nos atuviéramos a la proporcionalidad que antes mencionaba, considerando que la abstención fuera exactamente eso, dejar sin representatividad 99 escaños, el porcentaje de voto recibido por el PP, en relación al ceso electoral, habría sido el 30,27%, ni un tercio de la totalidad de la ciudadanía con derecho a voto, sin justificación alguna para convertirse en mayoría absoluta en este Parlamento.
            Un tercio de su representación parlamentaria no la debe a la voluntad popular, sino a la Ley d’Hont, y es precisamente ese añadido de la abstención el que le otorgó la mayoría absoluta con la que está desmontando casi todos los logros que el Estado democrático fue forjando. Una dejación que nos está costando muy cara.
            De forma aproximada, por la complejidad de aplicación de nuestra ley electoral, el número de escaños que le  correspondería ocupar en el Parlamento oscilaría entre 105 y 120, muy lejos de los 186 que ahora ocupa.
            Así que, gracias a la Ley d’Hont, mi abstención en las próximas elecciones engrosaría seguramente opciones políticas que de forma voluntaria no elegiría jamás. Apoyaría seguramente a los que permiten los paraísos fiscales, a los que echan sobre nuestras espaldas los rescates financieros, a los que establecen legislaciones laborales de la Primera Revolución industrial, a los que han convertido la recuperación económica íntangible en un eslogan publicitario para atrapar a personas ilusas y desesperadas, y a los que pescan en las aguas revueltas de la corrupción.
            Quizás os baste para entender por qué voy a votar.
            Y en cuanto a ese dilema moral tan importante y que a tantas personas no ha invadido en los últimos tiempos, a quién votar, otro día lo explicaré; necesita espacio y reflexión.



jueves, 8 de mayo de 2014

Europa, un dilema moral (I)

   Presiento que por primera vez en mucho tiempo las próximas elecciones europeas van a suponer para muchas personas un verdadero dilema. Probablemente, varios dilemas acumulados. Analicemos uno de ellos
            El primero, la utilidad del voto. ¿Servirá de algo?
            Recibimos infinitas señales de que nada cambiará. Obtendrá la victoria ajustada uno de los dos grupos dominantes en Europa. Gane quien gane, nada cambiará. Están de acuerdo en lo fundamental para que nada cambie. El Partido Popular Europeo y los Socialdemócratas solo se diferencian levemente en los matices del discurso. Y en nuestro caso, las diferencias que están empeñados en recordarnos los dos partidos que se adueñaron de esta democracia casi desde el momento de su nacimiento, estriban en el número de imputados por corrupción que cada uno de ellos acumula en su historial reciente. Ni se toman la molestia de proponernos su programa para Europa. No lo tienen; ni merece la pena elaborarlo. Gane quien gane, se hará lo que disponga Merkel según convenga a los intereses de su poderosa plutocracia.
            Aunque gane alguno de esos dos grandes grupos de poder europeo, ganará con menos margen que otras veces. Hoy el bipartidismo se cuestiona en el mundo civilizado, porque, aunque se haya asentado en la creencia de que garantiza la gobernabilidad sin cambios bruscos en las sociedades desarrolladas, la verdad es que hoy está demostrado que la contrapartida del sistema es que la democracia bipartidista se desvirtúa de manera alarmante; la verdad es que el bipartidismo al que hemos encomendado la gestión de la vida pública ha enfermado por anquilosamiento, se ha engolfado en la administración del poder como si le correspondiera desde la propia cuna, se ha profesionalizado en el peor sentido de la palabra al convertirse en profesión de advenedizos y aduladores, ha perdido pasión y, sobre todo, ha perdido la memoria de su auténtica función, representarnos.
            Que nada cambiará  lo aventuran también otras señales alarmantes, porque cada una de ellas denuncia que Europa degenera en un lugar inhóspito y dañino para casi todos nosotros.
            La tasa Tobin, una propuesta aceptada a duras penas por la Unión Europea, impuesto sobre las transacciones financieras que cada día modifican nuestras vidas en una actividad especulativa que no genera ni un miserable puesto de trabajo, pero que genera  millones de beneficios a sus actores, iba a suponer unos ingresos de 55.000 millones de euros a las arcas comunitarias.
            Pongamos que, por una sola vez, les hubiera dado un ataque de racionalidad y de coherencia a las instituciones comunitarias y que esos ingresos se hubieran destinado a potenciar medidas para paliar el desempleo europeo de personas jóvenes. Expertos y sociólogos advierten de que millones de jóvenes europeos entre los 30 y los 35 años están condenados a una vida precaria, inestable, y muy alejada de sus propios proyectos vitales. Europa está llena de cadáveres de jóvenes muchachos empujados a las trincheras por políticos descerebrados y ambiciosos del pasado reciente. Esta Europa los sacrifica igualmente, pero los deja vivos. También ahora son las víctimas inocentes de políticos ambiciosos, descerebrados o cobardes.
            Inglaterra, ese socio-no socio, oportunista y agrio, tras mucho pleitear en defensa de su paraíso fiscal, La City londinense, ha reducido la aportación de ese maná económico a unos miserables 3000 millones, tras aplazar su entrada en vigor algunos años.
            Luxemburgo, el gran Ducado, ese enemigo al que damos tratamiento de socio, se permite tener la renta per cápita más alta de Europa sin actividad productiva conocida; vive de la piratería financiera; puede permitirse el lujo de haberse convertido en refugio fiscal de empresas europeas que huyen del sistema fiscal de sus países, sin contrapartida alguna. Acaba de rizar el rizo de la desvergüenza. Construye un búnker de acero y de cemento, apenas a cien metros del aeropuerto de la capital, con el objetivo de ser almacén de cualquier objeto de lujo, -joyas, automóviles de alta gama, obras de arte, diamantes, metales preciosos…-, y de convertirse en espacio de compraventa de los mismos, exenta de IVA y lejos de la mirada indiscreta de cualquier sistema fiscal. Un espacio sin ley, con el beneplácito de  todos los partidos políticos que configuran su arco parlamentario. Acaba de proponer también el cierre de sus fronteras para parados europeos y la expulsión de aquellos europeos residentes que hayan perdido su trabajo.
            Y Europa calla, luego otorga.
            Sabemos, además, que Bruselas, la capital administrativa de esta Europa, madre desnaturalizada, es, tras la capital de los Estados Unidos, el lugar del mundo donde mayor concentración de “lobbies” se produce. Un “lobby” es un instrumento de las grandes empresas para influir en las decisiones políticas; dicen que mediante la persuasión y el asesoramiento, mediante la creación de opinión o modificación de opiniones preconcebidas sobre asuntos de interés general. La verdad es que una forma aceptada de corrupción política. La verdad es que no sólo emplean la persuasión, sino el dinero y el poder para cambiar las leyes en su propio beneficio. Los más influyentes, porque más medios dedican a defender sus intereses, son las tabaqueras, los fabricantes de automóviles, los laboratorios, los grupos financieros que controlan la producción y distribución de las fuentes energéticas, las aseguradoras, los grandes grupos de telefonía y comunicaciones, los gigantes de la red, los productores de alimentos transgénicos…; el gran capital, en suma, tiene en Bruselas, según datos fiables, más de treinta mil “conseguidores”, dispuestos a inclinar las leyes en beneficio de sus intereses.  Bastantes más que funcionarios europeos. Copan los hoteles de lujo y frecuentan los despachos de nuestros representantes, hasta que nuestros representantes dejan de ser , en afortunada expresión que he leído en algún sitio, guardianes de nuestros intereses y se convierten en cazadores furtivos de los beneficios que produce la corrupción .
            Entre otros muchos dilemas, aquí hay uno importante que debemos solucionar en breve tiempo. Yo me inclino por votar. La abstención beneficia a los de siempre. Pero eso me conduce a otro dilema que muchos compartimos y del que hablaremos otro día. ¿A quién votar…?


viernes, 2 de mayo de 2014

Mentiras que consuelan

         Estamos rodeados de mentiras. Generalmente, lo estamos. El conductismo, - la única aportación notable, y negativa, del pensamiento norteamericano a la cultura occidental -, potencia la mentira. Su máxima evangélica reza así: “Dale a un ser humano el estímulo preciso, y obtendrás la respuesta pretendida”.
            ¿Y si el estímulo es mentira…? ¿Qué más da? Lo único que importa es la respuesta.
            ¿Y la ética…? ¿Y la honradez…? ¿Y la confianza defraudada…?
            ¿Estamos hablando de honradez o de negocio…?
            Esta máxima se aplica, sobre todo, en la publicidad. Los seres humanos somos frágiles, necesitados de certezas; necesitados de alguna seguridad que aminore nuestro temor ante el futuro, ante la vulgaridad de nuestras vidas, ante el temor al envejecimiento, a la soledad, a pasar desapercibidos, a no ser absolutamente nadie en un mundo que exige notoriedad al triunfador.
            Y cuando carecemos de certezas, asumimos como certezas propias cualquier mensaje que se repita con frecuencia. O asociamos nuestras necesidades humanas a la propuesta del mensaje falaz de la publicidad. Serás feliz, hermoso, eternamente joven, triunfador, si consumes mi producto. ¡Y una mierda…!
             En eso confían los mentirosos habituales. Se acercan elecciones. Es hora de mentiras, mentiras clamorosas. Ellos, los mentirosos, han convertido  la democracia en una especie de prostíbulo, donde solo interesa la apariencia, la simulación, el artificio. Llegada la ocasión, la gente del oficio se dedica a la conquista del cliente. Eso somos, así nos consideran, clientes de este oficio artificioso y desalmado que profesionales de la simulación ejercen sin vergüenza alguna mientras simulan querernos con locura, compartir nuestras preocupaciones vitales, nuestras inquietudes más determinantes. Mienten. Lo habéis comprobado mil veces. Lo habéis gritado con amargura. No nos representan.
            Pero, ¿quién necesita la verdad, si las mentiras bien urdidas producen indudable consuelo y son rentables en las urnas…?
            De eso se trata.
            Las mentiras más repetidas, las más santificadas por la prensa amiga, las más altisonantes en los telediarios diseñados a la medida de los que aspiran a perpetuarse en el poder desde el que desmontan el Estado, nos repiten sin descanso que ya hemos salido de la crisis, que vamos bien, pero que iremos infinitamente mejor, gracias a sus medidas, las únicas medidas aplicables. Y lo repite a sus amigos del Golfo el rey de España, mientras mendiga inversiones para un país de golfos, de ladrones  impunes, y de políticos venales, serviles y corruptos en número abrumador y doloroso.
            La verdad, no obstante,  aunque resulte inútil frente a la artillería pesada de la manipulación mediática, es otra. La verdad cotidiana, la dolorosa verdad que asoma su rostro miserable en cada esquina es que casi un millón de familias en este país no percibe ya ingreso alguno. No hablamos de personas, sino de familias; familias condenadas a la pobreza extrema; la verdad dolorosa es que se sigue destruyendo empleo, a un ritmo de dos mil puestos de trabajo desaparecidos cada día; la verdad dolorosa es que el empleo escaso que sustituye al que desaparece es precario, temporal y mal remunerado; hasta tal punto que un organismo tan desprovisto de conciencia como el FMI manifiesta que en España el empleo que se crea no garantiza al trabajador poder atender las necesidades mínimas de su propia familia.¿Creeis que al FMI le interesa el bienestar de esos obreros y sus familias...? ¡En absoluto! Le preocupa el consumo interno como factor de enriquecimiento de los fondos buitres a los que representa y que están comprando a precio de saldo los restos sanos del país. 
            La verdad miserable es que ninguna medida de este gobierno está dando resultados positivos. Podrán enviar de mensajero con discursos optimistas a un rey lastrado por el quirófano y los excesos; podrán manipular las estadísticas; podrán inventarse cuadros macroeconómicos que no afectan al bolsillo del ciudadano, pero la verdad cruda es que el déficit público crece, que la deuda supera ya el Producto Interior Bruto del país; la verdad cruda que el Estado prostituido, debilitado, empobrecido, ninguneado por las políticas ultraliberales procedentes de Europa y aplicadas fervorosamente por Rajoy y sus secuaces  no podrá garantizar en poco tiempo ni las pensiones, ni la sanidad, ni la educación, ni los servicios sociales.
            La verdad cruda es que solo había una línea escrita en letra clara en el programa del PP: ¡Menos Estado!. Lo proclamó de forma reiterada. Y tuvo éxito, porque hay gente descerebrada que está convencida de que el Estado es el enemigo verdadero. Y no negaréis que lo está cumpliendo a rajatabla. Pero no son ellos los que deben recuperar el valor del Estado, somos nosotros. El Estado somos todos y cada uno de nosotros, con el deber ineludible de cuidar los unos de los otros. A ellos sencillamente hay que expulsarlos del poder para que no sigan destruyendo el futuro.
            La Historia de Europa comenzó con un rapto. Un dios rijoso y transformista, un toro verriondo, se llevó a la doncella que tenía un alfabeto y, por tanto, la llave del progreso. Durante un tiempo esta Europa contradictoria y dolorida, con un pasado cruento, me hizo alimentar una esperanza secreta. Esta Europa tenía los instrumentos políticos y sociales para humanizar el fenómeno desconocido de la globalización; ya que tantas veces colaboró a deshumanizar el mundo, Europa tenía ahora la obligación moral de mejorarlo. Ya veis que no. De nuevo la han raptado. Y ahora no ha sido un toro enamorado, sino el capitalismo desaforado, el que campa a sus anchas por el mundo, desvirtúa Constituciones, vacía de funciones Parlamentos y establece el programa a los gobiernos.
     Tenemos una obligación que no admite retrasos, recuperar la soberanía que nos han arrebatado. Y deberíamos tener un proyecto en común los ciudadanos europeos, recuperar la Europa social. Será un proceso largo, sin lugar a dudas porque buena parte de Europa ha perdido la fe en ese proyecto. La Europa actual ya no nos sirve. No es la nuestra. Hay que entrar en las trincheras del poder y desalojar al enemigo, ese enemigo que proclama que estamos bien, que estaremos mejor mañana mismo y que no hay otras medidas que las suyas, a saber, el expolio del Estado, dedicar el dinero de los Servicios Públicos al pago de la deuda que generó el sistema financiero privado, la precarización del empleo o la esclavitud enmascarada como instrumentos de progreso, y que lo racional es que los mercados establezcan los derechos, es decir, que cada uno de nosotros tenga los derechos que pueda costear. 
     Será una larga guerra desde luego, pero hay que empezar desalojando al enemigo de las trincheras del poder.