Páginas vistas en total

miércoles, 31 de diciembre de 2014

¡¡Pobre Grecia, entregada al diablo!!


            Es bien cierto que la izquierda europea hace ya mucho tiempo que se entregó con armas y bagajes a los dictados del liberalismo radical que han ido imponiendo los denominados mercados, ambiguo término que esconde los intereses desmedidos del capitalismo  especulativo. Pero, a veces, la memoria ciudadana de que fue la izquierda histórica la que se  dejó el pellejo en pos de la igualdad verdadera ante la ley, la igualdad ante la ley que no excluyera a nadie, florece por desesperación y sus brotes frágiles alarman al enemigo poderoso, acostumbrado a un dominio indiscutible sobre la vida humana.
      Ese capitalismo que domina actualmente nuestras vidas está revestido de un cinismo que solo pueden permitirse los que están plenamente convencidos de su propia invulnerabilidad, de su fuerza indiscutible. Ya no necesita ni argumentos morales. Le basta hacer oír su discurso unívoco, dar rienda suelta a sus heraldos feroces y unánimes. “O nuestras reglas, o el llanto y el crujir de dientes”, nos repiten enarbolando las dos tablas pétreas donde el becerro de oro al que dan culto dejó escrito que el sacrificio humano no solo forma parte del juego, sino que resulta imprescindible.
     Es lo que están haciendo con Grecia, una vez más el gran damnificado, el país innecesario, el leproso de Europa, por ahora. Syriza, la voz desesperada de un pueblo al que condenan a pagar los insoportables intereses de los especuladores con el hambre de sus niños, los medicamentos de sus tres millones de personas privadas de atención médica y,  desde ahora, con las pensiones de sus ancianos indefensos, es el diablo mismo. Votarlos será digno de castigos bíblicos. Ya han empezado, y envían un aviso feroz. El FMI, la Comisión Europea, El Banco Central Europeo, vicario de los intereses alemanes, ya les han cerrado el grifo que gotea raciones de supervivencia para poder acabarlos de esquilmar mientras respiren.
      Oigo mensajes que defienden la postura de esta Europa inhumana y crudelísima, como lo son los principios que hoy la inspiran. Las políticas económicas europeas son erróneas, dicen, pero es Europa, con su ayuda, la que mantiene a los países en peores circunstancias.
            ¿Ayuda…?, me pregunto. En ausencia de otros yacimientos de inversión, el excedente monetario de los especuladores que creen empobrecerse si no aumentan sus riquezas cada día, usa las necesidades financieras de los países como recurso seguro para sus inversiones. Tengo por cierto que no quieren países sin necesidad de déficit. Y esta crisis ha sido una lluvia de oro sobre sus bolsillos. De ahí la conveniencia de prolongarla cuanto puedan. La ayuda verdadera debería haber partido, hace ya años, del Banco Central Europeo, pero el capitalismo especulativo la ha vetado, con el visto bueno de los gobiernos denominados liberales. Esa es la realidad sangrante y dolorosa
      Pero la gallina que deja los huevos en su cesta ha de estar asegurada. Necesitan políticos afines, cómplices, colaboradores; gente que no solicite revisar el sistema miserable con que ahora gobiernan nuestras vidas, sino que se esmere en mantenerlo.
     Oigo argumentos en torno a la idea de que fueron los griegos, sus propias irresponsabilidades financieras y fiscales, los causantes de su propia desgracia. ¿Qué griegos?, me pregunto. ¿Los que tienen sus capitales culpables del desastre  a buen recaudo en los paraísos fiscales que Europa tolera y patrocina o los griegos pobres, prisioneros en este campo de concentración en que las políticas europeas han convertido a la cuna de Europa?
      Syriza, como otras fuerzas a las que la Europa miserable que especula con el sufrimiento humano, tilda de populismos empobrecedores, no es sino la voz desesperada de un pueblo que necesita recuperar su dignidad y el control de su propia existencia.
            ¿Fuera del euro? ¿Y qué? 
            ¿Qué ofrece el euro a un pueblo empobrecido? 
            ¿Una deuda insoportable pendiente como la espada de Damocles sobre diez generaciones? ¿Una existencia miserable? ¿Paraísos fiscales para su capital fugitivo tras causar la ruina de una nación? ¿Fronteras cerradas a sus desempleados que mendigan trabajo en otras latitudes? ¿Amenazas ante la soberanía del individuo que se acerca a una urna a depositar su voto? ¿Socios que especulan con el hambre de sus hijos, con el dolor de sus enfermos, con la indefensión de sus ancianos…?
     ¿Era esta la Europa a la que aspirábamos cuando éramos jóvenes, hermosos y  bien intencionados…? ¿En esta Europa depositamos un día nuestra esperanza? ¿Es esta Europa la que merece que yo acepte su ciudadanía…?
    Porque esta Europa  me produce rechazo y me avergüenza.



viernes, 26 de diciembre de 2014

Los Santos Inocentes se adelantan este año

          Cosas del calendario. Hoy es el último viernes del año y el calendario obliga a celebrar hoy el último consejo de ministros.
           Tal circunstancia ha evitado a Rajoy y a sus secuaces hacer efectiva la mejor broma del año en el día que mejor les cuadra a esas divertidas ocurrencias que nunca he comprendido.
    Hoy la palabra mágica es subida; dos subidas especialmente sensibles en la conciencia social. 
       El gobierno decreta la subida del salario mínimo que, siguiendo los derroteros de la reforma laboral que perpetraron, afecta ya solo a una insignificante minoría de trabajadores, porque la inmensa mayoría se sentiría feliz si alcanzara a conseguirlo. Bien, por ellos. 
        Y decreta también la subida de las pensiones. Mejor aún. Las cosas mejoran de forma evidente.
         Ya he escuchado cien veces  hoy la feliz afirmación. Revalorización de las pensiones, revalorización del salario mínimo. En cualquier telediario lo repiten sin descanso y solo falta de fondo el "Adeste fideles", para que el efecto tranquilizador inunde nuestras casas, de por sí predispuestas por la contaminación ambiental de la generosidad navideña. Mañana será  titular de prensa en cualquier medio. En su discurso de valoración del año político, Rajoy esgrimirá la medida generosa como la prueba inequívoca de que la crisis ya es historia pasada gracias a las medidas, duras pero necesarias, de este gobierno que la previsión divina ha puesto a nuestro servicio. Un impagable favor.
            Yo tengo otra opinión. Seguramente me han envenenado la conciencia con pócimas populistas en mi larga vida de reflexión política. Malas lecturas, supongo. O no haber elegido bien mis compañías.
            A pesar de mi evidente falta de objetividad, no me cabe duda de que Rajoy es un hombre de buenas intenciones. Ya que no está en su mano arreglarnos la vida, que nos proporcione un buen rato de sana diversión con su ocurrencia resulta digno de agradecimiento.
            Riamos, pues.
          Porque se trata de una broma. De gusto dudoso, pero broma. 
         Los salarios mínimos subirán diez céntimos diarios.
       Y la pensión de mi viejo padre, la que tengo a mano para calcular la incidencia de la generosidad del gobierno en su depauperado bolsillo de gran dependiente, subirá cinco céntimos diarios. Puede que la bajada del petróleo y la deflación europea le mejore la vida, pero él parece no entender  tan complicados razonamientos.
            Son estas bromas lo que la sociedad necesita para reconciliarse con la clase política. Nada mejor que el sano humor para recuperar la confianza. Y no se os ocurra que se trata de una burda maniobra, encuadrada en la campaña electoral que se ha adelantado de forma calculada. Rajoy y sus asesores son gente seria, personas inteligentes y sensatas que nunca despreciarían la inteligencia de la ciudadanía.
         Seamos serios. Nunca usarían esos trucos de trileros políticos en busca del voto iluso de quien no pierde el tiempo en indagar qué se esconde tras los titulares machaconamente repetidos por los medios vicarios o cautivos. 

martes, 23 de diciembre de 2014

Vanguardia

              Se acabó la crisis.
       Palabra de Rajoy. Cualquier día publicará un Real Decreto con la firma del rey atestiguándolo. Parece el discurso desesperado de quien ve que se acerca su desahucio.
           Las encuestas han tocado a rebato y la campaña electoral ha comenzado ya, con mucho margen temporal para que este hombre gris, pero atrevido cuando se trata de manipular la realidad, atropelle la razón e insulte a los millones de ciudadanos que sufren en sus carnes, y sufrirán durante mucho tiempo por desgracia, las consecuencias de la crisis y de las medidas envenenadas con las que Europa se obcecó en atajarla.
             Si empieza con afirmaciones tan atrevidas, en los meses venideros todo el gobierno tendrá que entrenar  a conciencia las habilidades de los tahúres callejeros para ocultar la persistente realidad empeñada en desmentir ese discurso.
        Práctica tienen, desde luego. Rajoy y su gobierno no han hecho otra cosa que  emponzoñar la vida política con mentiras desde la anterior campaña electoral.
             Y no estará solo ese hombre gris que ha socavado nuestra inestable democracia con la saña servil de los esbirros sin conciencia, empeñados en demostrar a quien les manda que andan sobrados  de eficacia.
              No estará solo. Vendrá Juncker, el pirata luxemburgués que ofrece refugio en su país a los grandes defraudadores internacionales por un módico precio, a darle golpecitos en la espalda mientras afirma que España es el modelo, pero que hay que profundizar en las reformas. Seguramente nos dirá que prefiere ver en las instituciones europeas rostros amigos, y que sería un desastre para el país y para Europa un resultado equivocado en las elecciones.
            Llegarán los embajadores de la señora Merkel a decirnos que un resultado equivocado en las elecciones provocaría desazón en los Mercados. Que un triunfo de las opciones populistas pondría en riesgo todas las conquistas que hemos ido logrando con dolor, el dolor que han de sufrir los pueblos pecadores que vivieron por encima de sus posibilidades. Y que el triunfo de la opción equivocada pondrá en riesgo el ahorro de las familias europeas.
            No estará solo este hombre gris, huidizo, porque tendrá de su parte las cuarenta y cinco medidas que aprobó en el Parlamento su mayoría absoluta para que su Ministro del Interior crucifique sin intervención judicial a quien se atreva a llamarle, pongamos por caso, cínico, trilero, vendedor de humo, o comandante en jefe de una banda de salteadores del erario público, salvo que las complicidades del caso "Gürtel", o de la operación "Púnica", las contabilidades dobles y el pago en B de las reformas de su sede hayan generado un beneficio público que nuestra simpleza no alcanza a descubrir.
            No estará solo cuando afirme de nuevo que España, el enfermo de Europa que recibió de Zapatero, se ha convertido por su buen gobierno en la vanguardia de la recuperación.
            Reconozcamos que esa última frase encierra una parte de verdad, porque vanguardia somos.
            Somos vanguardia de la desigualdad entre los países desarrollados, de los desahucios, de los recortes en derechos laborales, de la pérdida de poder adquisitivo de los trabajadores, del número de desempleados, del número de desempleados que no recibe ninguna prestación del Estado, del número de personas en riesgo de exclusión, del número de niños que pasa hambre, del número de personas que emigra en busca de un futuro razonable.
            Somos la vanguardia del empobrecimiento de los servicios públicos fundamentales.
            Somos vanguardia de la economía sumergida y  del fraude fiscal.  
            Vanguardia de casi todo aquello que convierte al Estado en una pantomima de sí mismo.
            En la Europa viejuna, lastrada de nuevo por la querencia nacionalista,  cercada por sus miedos ancestrales y sus viejos demonios, España es la vanguardia de la corrupción institucional, vanguardia de la colonización de los medios públicos de comunicación por parte del partido en el poder, vanguardia del control del poder judicial por parte del gobierno, vanguardia  del deterioro del sistema democrático.
            Y algo tendrá que ver en ello este hombre gris, casi invisible en ocasiones, y lleno de nobles intenciones que nos trae tan buenas nuevas en este tiempo propicio para los sentimientos generosos. Dios y la ciudadanía deberían pagarle los desvelos con un merecido descanso, lejos de la pesada obligación de desvelar la realidad luminosa a los empedernidos pesimistas que se han adueñado del país.


jueves, 18 de diciembre de 2014

Valores

      En 2003, un filósofo búlgaro aunque nacionalizado en Francia, un referente ético en el pensamiento europeo contemporáneo, se atrevió a realizar un inventario de los valores que Europa ha ido desgranando por el mundo. Sin duda se trataba de una reflexión necesaria para mantener la autoestima y refrescar a la Europa confusa la memoria de su propia importancia en la Historia de la humanidad. Con menor esfuerzo podría haber hecho un inventario de las  maldades históricas que Europa ha perpetrado. Pero este hombre, Todorov de apellido, y Premio Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales en 2008, se inclinó por recordarnos las aportaciones positivas, con la intención, supongo yo, de reforzar una vieja esperanza que ya hemos perdido de vista, que Europa, el continente de las conquistas sociales, afrontara el fenómeno de la globalidad armada con los valores éticos que había ido desarrollando para superar sus contradicciones y sus desastres numerosos.
            En una entrevista reciente, la mirada lúcida de este hombre que nació el mismo año que Alemania desató los horrores de la Segunda Guerra Mundial sobre la humanidad, se ha vuelto descreída sobre la pervivencia de gran parte de los valores que él relaciono hace apenas diez años. En un corto periodo de tiempo, los fundamentos éticos que las democracias europeas habían convertido en sus cimientos, se han vuelto inestables.
            No difiere Todorov de otros pensadores contemporáneos sobre las causas del deterioro de este arsenal ético europeo. Las democracias liberales han dejado la economía en mano de los mercados, sin establecer reglas precisas al capital. La economía real, la única economía que el ser  humano debiera practicar, se ha convertido en economía especulativa, un proceso inmoral y deslegitimado por la experiencia humana en el que todo vale para acumular riqueza. El sufrimiento de muchos individuos sacrificados en este ritual inhumano ha dejado definitivamente de ser preocupación de los Estados.
            Puede que alguno de los políticos oportunistas  que el capital nos ha infiltrado en los órganos legislativos, de esos que desprecian a los pueblos porque los necesitan desinformados y manipulables, tilde de populista resentido a este viejo humanista que contempla la historia reciente de este continente desde la atalaya de su propia vida.
            Yo, no. Porque yo también pienso que cualquier proyecto económico o político que no tenga como última referencia la igualdad humana y la mejora colectiva de la especie, es inmoral y no es legítimo. Hay que desecharlo en nombre de la Ética y de la propia Humanidad. 
            A él y a gente como él, yo los votaría con los ojos cerrados para entregarles el timón del continente. Quizás Europa tuviera entonces alguna oportunidad de convertirse en la Europa de los pueblos, la de los ciudadanos; aquella Europa a la que aspirábamos no hace tanto tiempo.Quizás sustentada en su vieja espalda y en su lúcido y honesto pensamiento, la política pudiera recuperar su dignidad.


domingo, 7 de diciembre de 2014

Gusanos de seda (Y II)

         El verdadero fracaso de la Enseñanza empezó a gestarse hace ya tiempo. Y la última Reforma Educativa, esa que conocemos como Ley Wert, pero que es la Ley del gobierno de Rajoy, responde de forma nítida a un proyecto de organización social que  atenta contra la dignidad humana y contra la igualdad de oportunidades. Programa, para mañana mismo, una sociedad injusta y regresiva.
             La OCDE -(Organización para la Cooperación y el Desarrollo, integrada por los países más ricos de la tierra)-, la misma que lleva a cabo las Evaluaciones PISA,  ya en el año 1996 auguraba que el mercado laboral de los países desarrollados manifestaba una tendencia bipolar, y que se generarían empleos de alta cualificación tecnológica y bien remunerados, pero en torno al 60 % de los empleos futuros  sería para trabajadores sin cualificación.
            Lógicamente, ante esta perspectiva, el capitalismo se planteaba, ya en 1996, la absoluta ineficacia económica de la masificación de las enseñanzas.           
            La OCDE recomendaba entonces a los gobiernos disminuir de forma paulatina la dotación a la enseñanza; recomendaba no limitar el acceso a las enseñanzas públicas, aspecto que tendría fuerte contestación social, sino ir bajando gradualmente la calidad de la misma mediante el aumento de las ratios escolares, el aumento de las horas de dedicación del profesorado, la supresión de programas costosos de atención a la diversidad, la selección temprana del alumnado cuyo destino debería ser engrosar esos empleos de baja cualificación, y, al tiempo, aumentar las exigencias económicas en las matriculas de la Universidades e ir disminuyendo la cantidad destinada a  las becas.
         Es lo que propone la Ley Wert palabra por palabra.
      Ese es el auténtico fracaso de la Enseñanza, aunque pretendan ocultarlo a nuestros ojos.          
      Y la Europa que ha renunciado a sus valores nos coló en las leyes educativas el desarrollo y la evaluación de competencias, los intereses del mercado laboral envueltos en palabras engañosas.
    ¿Y el conocimiento?  ¿Qué necesidad tienen de conocimiento personas destinadas a un mercado laboral que apenas les planteará requerimientos de ese tipo?  No obstante la ausencia de conocimientos será el gran argumento para su clasificación entre la población sin otro futuro que el empleo precario y mal pagado que la empresa lleva decenios reclamando. Bangladesh, aquí mismo; en las esquinas, mendigando un empleo por lo que el capital quiera pagarle cuando a bien lo tenga.
            No hay ni una de esas leyes orgánicas de educación que ha generado la democracia que no reconozca, de forma progresiva, su sumisión a las necesidades de la empresa o del mercado laboral.
            He ahí el fracaso verdadero que nadie se atreve a mencionar. El fracaso programado y que se atreven a considerar, con cinismo rayano en desvergüenza, la causa de los males del país.
            ¿Fracaso del sistema de Enseñanza? La mayor parte de los titulados españoles de los últimos años han de abandonar el país en busca de trabajo. Todo mi alumnado sabe que terminar con éxito estudios superiores en este país ya no significa nada en cuanto a garantizarse un trabajo digno.
            Y, pronto, en ninguna parte.
        La señora Merkel, esa defensora feroz de la plutocracia alemana, con maneras suaves de matrona bávara, acaba de comunicar oficialmente, por si quedaban dudas, que Europa no es ahora tierra de futuro para los jóvenes, que soportan tasas de desempleo del 40% en la mayor parte de los países europeos.
            Es legítimo preguntarse por qué.
            Europa es un continente envejecido que sustenta en sus fronteras  apenas a un 8% de la población mundial. Creamos, sin embargo, el 25% de la riqueza mundial, unos quince billones de euros anuales. ¿Cómo es posible que en esas condiciones no sea Europa el lugar ideal para los jóvenes europeos? ¿A qué destinamos esa ingente cantidad de riqueza? ¿Qué clase de organización política y social desaprovecha las condiciones más ventajosas de la tierra para garantizar el bienestar y el pleno empleo de sus ciudadanos? ¿Cómo que los servicios públicos resultan inviables? ¿A qué políticos irresponsables o a qué gente miserable hemos confiado la gestión de nuestras vidas?
            ¿Cuál es el verdadero fracaso que nos convierte en un proyecto colectivo cercado por la  descomposición?
           La señora Merkel no puede dar respuesta a esas preguntas porque las leyes del mercado son sagradas e insondables; y el mercado es el hijo mundano de aquel dios deforme y monstruoso que la iglesia protestante fabricó a la medida del capitalismo moderno, para mantener apaciguada su conciencia; un dios que premia al hombre bueno con riquezas y al hombre malvado y perezoso lo condena a la incuria, a la miseria, a purgar su pecado arrastrando sus andrajos ante los ojos satisfechos de los triunfadores.
            Por aquellos tiempos la voluntad de Dios era la última, e indiscutible, justificación de cualquier maldad que el ser humano soportara, como la monarquía absoluta, los privilegios de una minoría, las sangrantes desigualdades en la condición humana. Hoy el Antiguo Régimen reclama su vigencia y, aunque Dios ha perdido en buena parte  su prestigio, han encontrado los Mercados como suprema e indiscutible explicación.
        Pero la señora Merkel, seguramente cristiana cumplidora, ofrece consejos útiles a los jóvenes europeos como una gobernanta afectuosa que se preocupa por la imagen de un internado maloliente donde el hambre ha cavado una trinchera.
            La solución estaba en el trabajo digital.
            Emprendedores del teletrabajo digital, el mundo es vuestro. Ilusionados autónomos, el Estado espera vuestra generosa colaboración en la reducción de las estadísticas del paro juvenil y en la aportación a la caja general depauperada por las exenciones tributarias a los poderosos y por la permisividad con los grandes defraudadores. 
         La señora Merkel os está fabricando un futuro de gusanos de seda encerrados en vuestro propio domicilio, ante la tablet o el portátil que habréis financiado de vuestros bolsillos, pagando de esos mismos bolsillos la factura  de internet  y la factura eléctrica. La señora Merkel os encarece que pongáis todo eso al servicio del capital, y  que fabriquéis febrilmente la seda de la que otros sacarán el beneficio, sin riesgos  y sin obligaciones sociales por su parte.
            Y si no os hemos preparado para eso, vocearán por las esquinas que el sistema educativo es un fracaso en toda regla.
            Yo debo ser un tipo sin principios, porque asumo esa acusación sin inmutarme.
            Mientras tanto, por hablar de algo más cercano, la Consejería de Educación de Andalucía, esa tierra que se deja la garganta vociferando que aquí se hace política de forma diferente, ha notificado por sorpresa el cuatro de diciembre a los Centros de Enseñanza Secundaria un recorte del 12% en los presupuestos anuales de mantenimiento, presupuestos ajustados ya a límites de pura subsistencia y que los Centros, en cumplimiento de la ley, aprobaron a finales de octubre, siguiendo las pautas habituales: si no ha habido notificación en contra, se mantienen los ingresos del curso anterior con leves modificaciones por el número de matriculas .
            Falta elegir ahora qué servicios básicos dejarán de prestar los Centros de Secundaria, ¿limpieza, calefacción, factura eléctrica, mantenimiento de edificios, reprografía, reposición de libros de texto deteriorados, internet y telefonía, reposición de botiquines, mantenimiento de calderas, mantenimiento del sistema  de extintores, seguro y mantenimiento de ascensor, actividades complementarias, dotación de biblioteca, dotación de departamentos para cubrir sus necesidades de papel y tinta de impresoras…?
            Hay, como se ve, bastante donde elegir.
            Puro Wert, aunque lo disfracen de Susana Díaz.



sábado, 6 de diciembre de 2014

Gusanos de seda (I)

            El sistema educativo español es un fracaso. O, al menos eso, dicen. En los últimos tiempos no hay voz autorizada en las tribunas públicas que no eche sobre la educación española una buena paletada de responsabilidad en el fracaso del país por alcanzar un estatus de nación razonablemente estable entre las democracias occidentales.
            Equiparan ese fracaso del sistema educativo al deterioro institucional y a la corrupción como los principales problemas que nos arrastran al sumidero de los países pobres, dependientes, insatisfechos consigo mismos.
            Afirman esas voces autorizadas de la Empresa, de las élites intelectuales, de las grandes corporaciones de intereses ocultos bajo siglas impolutas, que seguimos empeñados en enseñar “contenidos enlatados” del pasado y que en España se practica la enseñanza memorística.
            Como gran argumento sobre el que sustentan sus teorías esgrimen las evaluaciones Pisa.
            Pronto se cumplirán cuarenta años desde que yo ando aportando mi parte alícuota de responsabilidad a este fracaso colectivo. Puedo jurar sobre las pastas de cualquiera de los libros sagrados que la humanidad ha ido generando para suavizar el temor a la muerte que el rasgo colectivo que más me desespera entre las nuevas generaciones, desde hace ya muchas, es el desprecio a la memoria; puedo  afirmar rotundamente que buena parte del denominado fracaso escolar hunde sus raíces precisamente en esa carencia voluntariamente cultivada. Lo comprendido y olvidado no genera cimientos sobre los que construir nuevos conocimientos. De esa forma el proceso formativo progresa escasamente o no progresa.
            Lo malo del tópico es que convierte en autoridad a quien lo esgrime y oculta su pereza para ahondar en la realidad que se intenta describir. Y lo peor del tópico es que, en demasiadas ocasiones, es hermano gemelo del engaño.
            ¿Qué convierte en imprescindible a un eminente cirujano, a un buen jurista, a un ingeniero, a un programador, al mecánico que te repara la bomba de gasolina? 
            Yo creo que sus conocimientos “enlatados”, parte de los cuales son producto de la propia experiencia. Pero el haber acumulado esa experiencia no habría sido posible sin un umbral suficiente de conocimientos “enlatados” que recibió de otros. Esa y no otra es la función de la Enseñanza; transmitir saberes acumulados para propiciar el progreso. 
            Si cada generación humana hubiera debido descubrir  el principio de Arquímedes, aun navegaríamos en balsas de troncos.
            En realidad, en todo este entramado de acusaciones, especialmente en asunto tan decisivo como la enseñanza, subyacen cuestiones ideológicas encontradas. Y las ideologías son solo la respuesta moral a nuestra concepción del ser humano. En los últimos tiempos las diferencias ideológicas entre la derecha y la izquierda se han aminorado, porque el sistema dominante, el capitalismo,  ha impuesto, otra vez, una concepción instrumental del ser humano que ambas ha acabado por aceptar.
            Que nuestro sistema educativo es mejorable no merece discusión alguna.
            Durante nuestra corta experiencia democrática hemos conocido siete leyes orgánicas que han regulado la Educación en España, si bien una de ellas la LGE, de 1970, fue elaborada por un ministro de los últimos gobiernos franquistas, Villar Palasí. En algunas de sus disposiciones estuvo en vigor hasta 1990.
            De esa variedad de propuestas legales, e ideológicas, se deduce que la Educación en este país no ha merecido nunca el rango de cuestión de Estado que justificara un pacto nacional desde los primeros años de la Transición. En la propuesta educativa nos quedamos anclados en el siglo XIX; cada cambio de gobierno solicitó entonces una constitución a la medida de los intereses o de la ideología del vencedor. Aquí, cada triunfo de un partido diferente nos cambió la propuesta educativa. Ninguna ley tuvo tiempo de arraigar de forma sólida; probablemente ninguna de ellas lo mereció, porque ninguna de ellas nació del consenso amplio que la Educación requiere.
            Tal sobreabundancia de transformaciones legales en un breve periodo de tiempo resulta muy dañina. Y no me extenderé demasiado en explicar por qué. No es ese el objetivo de este artículo.
            El objetivo de este artículo es hablar del verdadero fracaso de la Enseñanza.
            Os diré cuál es mi concepción del verdadero fracaso de la Enseñanza. Si tras una larga travesía por lo centros de educación durante dieciocho o veinte o veintitantos años de su vida, un individuo afronta el resto de su vida sin capacidad para elaborar un proyecto vital y defenderlo con recursos morales, ideológicos, técnicos y culturales suficientes, habremos fracasado. Si un individuo no es capaz de detenerse ante el confuso panorama del presente para interpretarlo a la luz de las causas que lo han ido conformando, para analizar  los males de su tiempo y elegir el plato de la balanza donde su escasa fuerza individual puede sumarse a la de otros para mejorar las condiciones de vida que desea, entonces habremos fracasado.
            ¿Sabéis a lo que aspiro cada mañana cuando entro por las puertas de mi aula?  A ver salir al alumnado un día, al final del proceso, con un ánimo alegre, una esperanza intacta, y una mente temible para quienes aspiren a dominar el mundo en contra de sus valores y de sus intereses. Esa utópica esperanza me hace amar este oficio de forma apasionada. Y también me hace temer la vejez, porque un día me faltarán las fuerzas para seguir en esa guerra incruenta, amorosa, feroz y prometeica.

(Mañana,más. Reflexionar sobre la Enseñanza demanda mucho espacio y no quiero cansaros en exceso)

sábado, 29 de noviembre de 2014

Una contrapropuesta razonable

          Poco a poco se confirma que la Europa que creímos diseñar era un decorado engañoso, una treta para facilitar las cosas al capitalismo industrial, a los comerciantes sin bandera y a los evasores de impuestos; una treta envuelta en palabras altisonantes y dignísimas sobre la condición humana y sobre los derechos de los ciudadanos de la Unión.
            Solo por recordarlas, citaré algunas de esas palabras presentes en preámbulo de la Constitución de la Unión Europea: “Los pueblos de Europa, al crear entre sí una unión cada vez más estrecha, han decidido compartir un porvenir pacífico basado en valores comunes.
       Consciente de su patrimonio espiritual y moral, la Unión está fundada sobre los valores indivisibles y universales de la dignidad humana, la libertad, la igualdad y la solidaridad, y se basa en los principios de la democracia y el Estado de Derecho.
            Debe ser que esas declaraciones que se hacen sin pensar solo están en vigor en tiempos de bonanza. Pero cuando la política económica, que los esbirros del poder verdadero diseñan y aplican sin pestañear, genera millones de desempleados y una legión de hambrientos, la Constitución es letra muerta para ellos, temerosos también de perder los votos de los desesperados.
            Hasta hace poco yo he pensado que tenía sobre mi vieja piel hispana una segunda nacionalidad, porque el Artículo I de la Constitución Europea establece con absoluta nitidez que toda persona que tenga la nacionalidad de un Estado miembro posee la ciudadanía de la Unión, que se añade a la ciudadanía nacional sin sustituirla. Entre los derechos de los ciudadanos de la Unión se establece el derecho  de circular y residir libremente en el territorio de los Estados miembros.
            No es saludable olvidar que en las democracias las Constituciones son la verdadera referencia de la convivencia. No es saludable recortar derechos fundamentales, que la ciudadanía aprobó, siguiendo los dictados de los intereses económicos o la presión de los competidores políticos, porque el sistema democrático acabará convertido, también él, en un término vacío de contenido. Y siempre que eso ha sucedido las consecuencias han sido desastrosas para Europa y para la humanidad.
            La indignidad que hoy despierta en mí una mezcla indefinible de desazón y cólera tiene que ver con este titular:

Cameron quiere echar a los europeos que no logren empleo en 6 meses.

        “El primer ministro británico propone negar prestaciones a los trabajadores europeos que no hayan conseguido un empleo en el Reino Unido en el plazo de seis meses”.
               
      Cualquier medio se ha hecho en los últimos días eco de esta propuesta que atenta contra la propia naturaleza de la Unión Europea.
     Ciertamente no es Cameron el único; esta tesis criminal se va abriendo paso poco a poco con la connivencia silenciosa de grandes masas de ciudadanos de diversos territorios de la Unión. La orca alemana, esa devoradora de congéneres, por boca de su canciller también ha propuesto medidas semejantes. No falta mucho para que surja la propuesta formal de modificar la Constitución Europea en dicho sentido. Una buena crisis artificialmente sostenida da mucho juego a los tahúres que han despojado de contenido social  la política europea. Habrá que plantearse entonces si merece la pena continuar  en la cárcel invisible del euro, sin unidad fiscal, sin soberanía en los propios parlamentos, con gobiernos nacionales maniatados en sus políticas económicas y sociales, rodeados de socios que favorecen la piratería fiscal y limitados en nuestros movimientos en busca de trabajo. ¿Qué ventajas tendría entonces permanecer en ese club de gente miserable…? Si aplicamos la lógica, esa medida, de imponerse, debería desembocar en la desaparición de la Unión Europea definitivamente.
                El Artículo II-75 de esa Constitución que aprobamos los ciudadanos de la Unión y que justifica nuestra pertenencia a este proyecto mal gestado establece que toda persona tiene derecho a trabajar y a ejercer una profesión libremente elegida o aceptada. Establece, además, que todo ciudadano de la Unión tiene libertad para buscar un empleo, trabajar, establecerse o prestar servicios en cualquier Estado miembro.
            En consecuencia, y si se trata de echar a alguien, yo propongo que , si en el plazo de seis meses, el contenido del artículo II-75 de la Constitución Europea no encuentra su plena realización, echemos a todos los gobiernos de los países miembros y vaciemos el Parlamento Europeo de parásitos inmorales que han olvidado que su función primordial, la que asumen cuando juran o prometen el desempeño de sus cargos, es dejarse la piel intentando generar unas condiciones  de vida dignas para las personas que habitamos en esta Europa desnaturalizada que nos produce sonrojo.  No los elegimos para abandonar en los márgenes de la miseria a millones de ciudadanos, a los cuales sus nefastas complicidades han privado de su dignidad y de su derecho a una vida razonable.
            ¡¡Hijos de una Europa feroz y desalmada!! A cualquiera que se atreviera a hacer propuestas tan destructivas como esta, tan irresponsables, tan peligrosas para el futuro de la Unión ,-lamentablemente, en el mundo de la globalización no habrá soluciones sin Europa, otra Europa desde luego,- habría que inhabilitarlo de forma fulminante para el ejercicio de responsabilidades públicas.
           

            

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Antiguo Régimen

Este es un país que se va labrando cada día una imagen pública mal encarada y andrajosa. Aunque nos duela, es lo que hay. Y el descubrimiento paulatino de las miserias va en aumento. Podríamos ser injustos y achacar el deterioro de la imagen que nos devuelve el espejo de las crónicas informativas a los tres años de gobierno de una derecha  no ya sin sentido de Estado, sino enemiga del Estado y escasamente convencida del funcionamiento democrático. Pero lo peor de ese deterioro moral, la corrupción, el aprovechamiento del poder delegado de los ciudadanos para el beneficio propio o el de los allegados, o el de los cómplices, viene de antiguo y, que sepamos, no tiene un color político definido.  
El descubrimiento del tupido submundo de miserias no conduce indefectiblemente a la reparación del daño ocasionado. ¿De qué sirve el descubrimiento de las culpas si no va acompañado de la reparación? ¿Alguien devuelve lo robado? ¿Alguien, salvo raras y notorias excepciones, ha dado con sus huesos en la cárcel para escarmiento de aventureros sin conciencia?
No. Capitalismo corruptor del sistema y Estado corruptible y corrompido hace ya  tiempo que caminan tan unidos que no podemos distinguirlos. Y la democracia parasitada por los poderosos intereses del capital, solo conserva de democracia el nombre. 
Y no le anda a la zaga el resto de Europa. Ni en corrupción a gran escala, ni en complicidades políticas. Ahí tenéis al presidente de la Comisión Europea, cómplice del fraude fiscal de las grandes multinacionales que actúan en Europa, que ha pasado por el trance de dar explicaciones sin el más mínimo riesgo de ser catapultado desde el sillón presidencial a la mazmorra que merece. 
Como nada es nuevo en nuestra vida, sino que todo es cíclico, el actual sistema, basado en complicidades políticas y económicas de las minorías que detentan el poder verdadero, ya figura en la Historia con su nombre.
El Antiguo Régimen que había dormido unos siglos ha despertado y ha desplegado sus viejas exigencias, los antiguos privilegios.
No pagar impuestos era entonces el privilegio más valioso. Sabemos con absoluta certeza que lo mantienen casi intacto. Lo han  logrado con la tolerancia de los gobiernos con los paraísos fiscales, con cientos leyes que consagran las exenciones de las que se benefician las grandes fortunas y las grandes corporaciones, y con la permisividad estatal con la economía sumergida.
El segundo privilegio que valoraban sobremanera era el sistema de justicia desigual. También han conseguido mantenerlo. En este país, tras la reforma del principal valedor de estos nuevos privilegiados, el ministro Gallardón de infausto recuerdo que estableció una justicia de pago, los pobres quedaron indefensos; la mayor parte de la población española no podría permitirse los costes de un recurso frente al fallo de un tribunal de justicia. Así que ahora la actuación de la Justicia dependerá de la capacidad económica de los individuos para contar con hábiles equipos de abogados y disponibilidad económica para recurrir cualquier fallo de los tribunales cuantas veces sean precisas. 
El último privilegio que citaré hoy para no alargar esta tesis, era el de disponer de vidas y personas sin restricciones legales  como instrumentos de su sistema productivo. Y hoy la desigualdad en la distribución de los recursos y la desaparición progresiva de los Estados equilibradores mediante la prestación de servicios  permite la existencia de grandes masas de población indefensa, incapaces de atender sus necesidades primarias y las de sus familias, masas de personas hambrientas y desesperadas dispuestas a trabajar por un plato de comida. Exactamente como entonces.
En la partitura que nos han colocado en el atril figura el título Democracia Parlamentaria, pero cuando hacemos sonar los instrumentos nos sale una música indeseada, como si los fantasmas del pasado hubieran ocupado los bancos de la orquesta. 
La igualdad ante la Ley ha quedado en letra muerta, verbo altisonante pero vacío de contenido, burla descarnada que nos produce confusión y cólera. Porque hemos caminado mucho, pero caminábamos en círculo sin saberlo. Y tras tanto esfuerzo y tanto sacrificio hemos vuelto al punto de partida. 
Decidme, si no.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Los nuevos apestados

          He leído recientemente unas declaraciones de la presidenta de la Cámara Baja italiana, Laura Boldrini, en las que afirma que no comparte la opinión de quienes consideran que la política económica europea no es la solución de la crisis sino la causa directa del empobrecimiento de grandes masas de población en la Unión Europea. Dice la diputada Laura Boldrini que Europa no es el problema, sino la solución.
            Lo único que comparto con ella es que ya no hay solución sin Europa, pero de ahí a que la Europa actual me genere esperanzas media un abismo profundísimo y tan ancho que, desde mi posición, no percibo el otro borde.
                        Europa debió asumir hace ya tiempo la obligación moral de humanizar la globalización. Pero no lo ha hecho. Lejos de defender su modelo de organización social y su sistema democrático, se ha entregado al capital deshumanizado y ha permitido que la invadan  las reglas desalmadas que permiten el enriquecimiento de unos sobre el hambre de otros, la explotación inhumana del necesitado por parte del poderoso. Hoy, incluso la democracia corre serios riesgos en algunas zonas del continente. Y la paz empieza a ser escasamente estable en las fronteras.
     Al final, será una guerra de pobres contras pobres. 
     Puesto que acumulo noticias ingratas sobre la conciencia dolorida, la señora Laura Boldrini sabrá perdonarme que no comparta su convencimiento.
    La Unión Europea entre otras muchas consideraciones se concibió, y así está recogido en la Constitución Europea y en diversos Tratados, como un espacio para la libre circulación del capital, las mercancías y las personas.
    Que el capital tiene vía libre es evidente; tiene además autopistas abiertas hacia refugios seguros donde evita la engorrosa obligación de tributar. Que las mercancías tienen vía libre es evidente porque el gran mantra con el que intentan endulzar las políticas del empobrecimiento y la competitividad es la exportación. Todos queremos exportar, como si el mercado interior no fuera el motor esencial de cualquier economía saludable.
   Cosa distinta resultan ahora las personas. Llevamos meses contemplando en toda Europa un endurecimiento con respecto a la libre circulación de las personas. Ya no se limita solamente el acceso a territorio europeo a inmigrantes extranjeros no comunitarios; las normas afectan ya a los inmigrantes comunitarios. Alemania, la que figurará en los libros de Historia dentro de poco como la cuna de los errores que frustraron la Europa Comunitaria, pretende cambiar ahora la naturaleza de la ciudadanía europea; o al menos, los derechos derivados de sustentarla. En breve, Alemania expulsará de su territorio a los ciudadanos europeos que durante seis meses no hayan gozado de un empleo.
     El grado de indefensión al que  esa disposición someterá a cualquier inmigrante comunitario que busque empleo en su territorio será terrible. Muchos europeos procedentes de países empobrecidos aceptarán cualquier forma de explotación laboral imaginable antes de ser expulsados del país. Los oportunistas que hacen fortuna con la miseria humana se frotan las manos.
      Más de treinta millones de europeos carecen de empleo y de esperanzas de encontrarlo. De pronto se han convertido en los nuevos apestados. Nadie los quiere ver atravesando sus fronteras. Son los culpables del desastre económico al que las erróneas políticas impuestas por la señora Merkel y su capitalismo financiero nos han arrastrado. Ya tenemos culpables, solo hay que orientar la cólera de los desesperados en esa dirección.
     Para ser justos, no es solo Alemania la defensora de esa interpretación sesgada de la nacionalidad europea. Amanecer Dorado, el partido de los nazis griegos, lleva años ejerciendo violencia contra los inmigrantes y eso les ha hecho subir en el número de escaños en su Parlamento; la extrema derecha Húngara que gobierna en ese país ha puesto, otra vez, el punto de mira en la población judía; el control de fronteras para inmigrantes europeos ya lo propuso este verano pasado Luxemburgo, ese refugio maloliente del capitalismo destructivo;  en Francia, las últimas elecciones europeas las ha ganado el Frente Nacional, la extrema derecha xenófoba y antieuropea, cuyo inhumano y desnaturalizado fundador afirmó este verano en una comparecencia que el ébola solucionará el problema de la inmigración africana porque acabará con toda la población de ese continente sin futuro; no hace muchas semanas Cameron, el primer ministro del Reino Unido, intentó frenar el ascenso del partido xenófobo que ganó las elecciones europeas en su país adoptando propuestas semejantes.
        Y en toda Europa, de forma creciente, casi sin levantar alarmas entre los ciudadanos con conciencia, el discurso xenófobo va cobrando cuerpo, haciendo mella en la población empobrecida que teme por su futuro y se confunde de enemigo.
            En Roma y en Milán, este fin de semana último, los pobres italianos que carecen de empleo se han enfrentado de forma violenta con los pobres inmigrantes. Se disputaban casas vacías o migajas de ayudas públicas en algún comedor de caridad. Se equivocaban de enemigo, pero ellos parecen no saberlo.
            Al final, será una guerra de pobre contra pobres, disputándose las cadenas que los convierten en esclavos como si fueran un tesoro.
                       

jueves, 13 de noviembre de 2014

Se llama capitalismo

      Luxemburgo cabría seis veces en la provincia de Sevilla. Y su población total es aproximadamente una cuarta parte de la población de Sevilla y su provincia. Su renta per cápita es superior a los noventa mil euros, una de las más elevadas del mundo; y para que tengamos una idea de su capacidad económica, el salario mínimo en ese minúsculo país europeo es de dos mil euros mensuales.
            Pero si indagamos en el tejido productivo de ese modélico país, en los medios  con los que genera su riqueza, sólo encontramos granjas familiares y alguna actividad relacionada con el acero.
            Su riqueza es una riqueza robada.
            Cualquier luxemburgués se escandalizará sin duda alguna por esta afirmación, pero no la retiraré jamás, porque es una verdad indiscutible. Y conocida desde hace mucho tiempo, aunque el Parlamento Europeo se haga de nuevas ahora y simule una indignación  que solo aspira a cubrir las apariencias. Hace años que la mayor parte de sus señorías invierten sus fondos de pensiones en el pequeño gran ducado para evadir impuestos el día que los retiren.
            Tan solo en tres vulgares edificios de oficinas de la capital tienen su sede unas 5000 empresas multinacionales que operan en Europa. Luxemburgo vende garantías de legalidad fiscal a un precio módico, entre un uno y un dos por ciento, a grande empresas multinacionales que tendrían que pagar en los países en los que llevan a cabo sus operaciones comerciales una media del veintidós por ciento de sus beneficios.
            La riqueza de Luxemburgo es una riqueza robada. Luxemburgo y otros países de la Unión Europea roban la riqueza de sus socios, porque permiten la evasión fiscal de grandes compañías. Sus compañeros de viaje son también bien conocidos: la City londinense, Austria, Holanda, Malta, Chipre, Irlanda… Y en la periferia, por citar algunos, Andorra, Mónaco, el Vaticano y Gibraltar, ese territorio británico de ultramar enclavado en la provincia de Cádiz.
            Con el beneplácito de Europa, que podría cambiar las leyes si fuera la Europa de los ciudadanos y no la del capital.
            Los cálculos de las propias Haciendas Públicas de la Unión Europea establecen que la evasión fiscal supera con mucho el billón de euros cada año. Nos hemos acostumbrado a las grandes cantidades y, en ocasiones, perdemos la perspectiva de su valor en prestación de servicios. Los evasores de impuestos que cuentan con la complicidad de gobiernos europeos, -nuestros respetables socios-, roban a Europa cada año el presupuesto europeo de Sanidad y Educación, por concretar en dos servicios imprescindibles. Nos roban el dinero que debíamos destinar a cubrir las necesidades europeas en esos dos servicios primordiales.
            El convenio con los principales ladrones lo firmó, cuando era primer ministro en Luxemburgo, el actual presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker.  Convocado por el Parlamento Europeo, aparentemente escandalizado por esos acuerdos de los que, al parecer, nadie tenía noticias, Juncker no pide disculpas por lo que hizo ya que la gran variedad de reglas fiscales en la Unión Europea lo permite legalmente.
            Caso cerrado. El gato es el que vigila la caja de sardinas. Juncker tiene las espaldas bien cubiertas. Ha trascendido que incluso el Deutsche Bank, el acorazado del capitalismo alemán que dicta las políticas económicas en la Union Europea, tiene allí una sede virtual.
            Mientras tanto, el consejero delegado de Google ha dejado una frase para la posteridad.” Estoy orgulloso de nuestra ingeniería fiscal. Se llama capitalismo”.
            Por si quedaban dudas.
       Capitalismo es pura delincuencia: incumplir las leyes, evadir impuestos, privar de servicios básicos a grandes capas de población, comprar gobiernos, forzar cambios legales en países soberanos, atacar en sus cimientos al sistema democrático mismo. El consejero delegado de Google lo ha dicho claramente.  
            Google tributa globalmente al dos por ciento sobre sus miles de millones de beneficio. Es una de las muchas grandes multinacionales que firmó esos acuerdos ventajosos con el socio ladrón en este gran desastre colectivo que llamamos Europa.
           


viernes, 7 de noviembre de 2014

Invisibles

     Entre tanta indignidad que se amontona en nuestra vida resulta difícil elegir la que más duele, la que más repica en la conciencia. Hay que dejar reposar los titulares de la prensa algún tiempo y elegir con cuidado.
            El sistema que manejaba nuestras vidas era como un barco, estable en apariencia, un Titanic soberbio, seguro de sí mismo. Una ola gigantesca lo ha golpeado en el costado y ha dejado al descubierto sus miserias. Y ese golpe violento ha hecho que mucha gente expuesta, por razones de su oficio, a la mirada pública, haya abandonado su aparente equilibrio, impostado y falso, y se haya refugiado en su lugar natural, los extremos en los que el miedo, la inseguridad, la ausencia de valores verdaderamente democráticos, genera monstruos de rostro insoportable.
            Mirad, si no.
            Cameron, el primer ministro inglés, empujado por el miedo a perder el voto de la derecha más radical de su país, se ha refugiado en un extremo donde su conciencia ha perdido cualquier rasgo de humanidad para tomar el aspecto de una fiera acosada.
            Propone abandonar a su suerte a los inmigrantes africanos que naufragan cada día en el Mediterráneo, porque auxiliarlos produce un efecto llamada. Europa ahorraría con ello buena parte de los fondos que destina a salvamento marítimo de los hambrientos y desesperados. Dejarlos morir será una lección inolvidable, la frontera más segura para la gente desesperada que huye de un continente malherido.
            Propone, igualmente, expulsar del Reino Unido a cualquier persona que no pueda atender sus propias necesidades. Como modelo es exportable, una idea extraordinaria. Rajoy y su gobierno se librarían, como por arte de magia, de esa horrible estadística que acumula cinco millones largos de parados, gente pesada porque tiene necesidades y demanda protección al Estado  que asumió en su propia naturaleza garantizar  derechos humanos tan consagrados en la Constitución como imprescindibles en una sociedad en la que merezca la pena pagar impuestos, la subsistencia, el trabajo, la vivienda, la salud, la educación, la igualdad ante los tribunales de justicia….
        Aunque, por lo que vamos descubriendo, quizás nuestros impuestos tengan un sentido más profundo que se nos había escapado, resolver la vida a los políticos o garantiza su bienestar afectivo. Habrá que esperar algún tiempo para que Monago, ese verso suelto del Partido Popular que gobierna en Extremadura con el beneplácito de Izquierda Unida, nos explique por qué íntimas razones que afecten al buen gobierno de mi tierra ha cargado,-eso parece-, al erario público treinta viajes a Canarias para visitar a una amiga, cuando era senador.
            Pero siguiendo con el tema que hoy nos ocupa, estaría bien librarse de ese espectáculo deprimente de gente que no puede atender sus propias necesidades por el procedimiento que defiende Cameron. El asunto es saber dónde podremos confinarlos, a qué región del mundo sin puertas de salida podremos enviar a los que el sistema que se hunde ha ido marginando, arrojando a las cunetas, condenando a la inanición, a la miseria, a la invisibilidad en la que queremos diluirlos para que no nos jodan la conciencia y las elecciones.
            ¿Alguien piensa que lo de la invisibilidad es lenguaje figurado?  Preguntadle al alcalde de Sevilla, ese cristianísimo munícipe que preside el santo Entierro y la procesión del Corpus, por el sentido último de su última ocurrencia, multar con 750 euros a cualquier persona que sea sorprendida entregada a la gula, ese pecado vergonzante que  impulsa a rebuscar comida putrefacta en los contenedores de basura.
Lo peor de estas indignidades de las que avergüenza escribir es que ambos, Cameron y Zoido, las proponen porque sus asesores les juran por sus muertos que les darán no pocos votos, los votos inhumanos de quienes se ceban con las víctimas al tiempo que lamen la mano del verdugo.


jueves, 30 de octubre de 2014

Por qué elegí impartir diversificación curricular

           Ayer mi compañero Fernando Rivero publicó en su blog, ”Prometeo Liberado” un artículo sobre ese Programa Escolar de atención a la diversidad, al que no le sobra una palabra. Os recomiendo su lectura. Y esta entrada es solo un largo comentario a su publicación.
            Al comienzo, cuando incorporamos la Diversificación Curricular a la oferta educativa del Centro, no eran solo los candidatos a su inclusión en el programa, o sus familias, quienes lo rechazaban. Entre el profesorado se desarrolló también una alergia, quizás justificada, a asumir el compromiso de atender durante muchas horas a la semana a gente marcada toda ella por el estigma de la dificultad para aprender. Dos exigencias, añadidas a los múltiples retos que entraña la enseñanza, se cernían sobre el profesorado que asumiera aquel programa nuevo: un esfuerzo profesional desmesurado en cuanto a la adaptación del currículo, que habría de ser profunda pero respetuosa con los contenidos del último ciclo de Secundaria y un resultado siempre incierto, si la propia adaptación, la puesta en escena, la relación personal, el lenguaje incluso, no eran los adecuados.
            Los primeros tiempos no fueron fáciles. Sirva como anécdota que el primer año que incorporamos el Programa, un profesor de Sociales de 4º que impartía la asignatura de Historia en el grupo en el que estaban incluidos los alumnos de Diversificación, los suspendía cada evaluación – sobre el papel;  él no solía meter las calificaciones en Séneca-, porque no asistían a sus clases, ni reconocía mi autoridad para calificarlos. Asumía que yo era una especie de profesor auxiliar, pero que el alumnado debía realizar los exámenes que propusiera él y que era él el único responsable de su corrección y calificación.
            Tardó algún tiempo en comprender la función del Programa y la mecánica de su funcionamiento.
            Yo asumí el Ámbito Sociolingüístico de 4º de ESO desde el primer curso, debe hacer ya doce o catorce años. No todas las razones de mi elección fueron nobles, porque en la decisión entraron connotaciones de utilidad práctica, además de las humanas. La inclusión del programa en la oferta educativa suponía 30 horas más de ocupación, dos personas más de plantilla con un margen de seis horas de disponibilidad para otras necesidades del Centro; un tesoro para poder ofertar alguna optativa más en algún curso. Por otro lado, siendo cuatro profesores de plantilla en las Lenguas Clásicas, había una amenaza cierta de desplazamiento para uno de ellos. Yo era entonces director del Centro; no estaba amenazado personalmente, pero asumir el Ámbito nos permitía un respiro.
            No obstante, alguna razón sí fue noble. Y lo reconozco sin pudor. Yo empecé a desarrollar Programas de Diversificación Curricular cuando aun no levantaba dos palmos sobre el suelo.
                        A los seis o siete años, en el cortijo extremeño donde aprendí gran parte de lo que sé sobre el ser humano, entre cuarenta gañanes sentados en torno a la chimenea central en las noches de invierno, solo tres personas sabíamos leer: mi padre, mi madre y yo.
            En esas largas noches, a la luz del carburo, los tres nos turnábamos para leer a los gañanes los novelones por entrega del siglo XIX, coleccionados pacientemente todos ellos por mi abuelo Diego. Piratas, aventureros perseguidos por un destino incierto, enamorados condenados a no encontrarse nunca, bandoleros legendarios, héroes y antihéroes maniqueos se enfrentaban cada noche ante los ojos asombrados de aquellos hombres, que entre otras formas de miseria, cargaban con la lacra del analfabetismo.
            De forma brusca, mucho más brusca de lo que nos cuentan los manuales de Historia, se produjo el éxodo rural en aquellas dehesas extremeñas. De aquellos hombres no quedaron muchos. Llegaron los tractores, las cosechadoras, las avionetas que fumigaban campos para matar las malas hierbas. Desaparecieron, como por ensalmo los gañanes, las cuadrillas de escardadores y escardadores; los taladores que invadían en otoño el encinar; las cuadrillas de segadores y segadoras, las espigadoras… Todos se fueron diluyendo. Llegaron, en ocasiones, nuevos dueños con una mentalidad empresarial distinta. Y aquellos pocos analfabetos que no encontraron el coraje o el apoyo familiar para emigrar a la selva amenazadora de las grandes ciudades industriales debieron sacar el carnet de conducir para adaptarse a las nuevas exigencias.
            En esos días lejanos comencé yo a desarrollar el Programa de Diversificación Curricular. No sé a cuántos enseñé a leer y a escribir. Algunos aprendieron con prontitud; en poco tiempo ya eran autónomos para leer a Marcial Lafuente Estefanía. Otros tardaron mucho tiempo; cada pequeño avance era como haber conquistado un castillo de murallas arriscadas. Cada uno logró aquel objetivo de forma diferente.
            Yo aun no sabía qué oficio habría de llenarme el frigorífico, pero estoy por jurar que en ese tiempo de profundos cambios en la dehesa de mi infancia, ya estaba siendo seleccionado para esta profesión de la que tantos, que nunca la ejercieron, saben tanto que se atreven a decirnos cómo hemos de ejercerla.
            Vagamente, de forma instintiva, yo descubrí entonces que el conocimiento es un instrumento de promoción humana. En ese descubrimiento azaroso se habrá fundamentado buena parte de mi vida.
            Luego, durante el servicio militar obligatorio que nos reclamaba la patria que diseñó el franquismo, me di de cara de nuevo con la lacra del analfabetismo después de muchos años de distanciamiento. Jóvenes de lugares distantes de aquel país grisáceo y temeroso seguían en la más absoluta oscuridad. Habíamos de leerles las cartas familiares y habíamos de escribirles la respuesta a esas cartas. Me incrusté de forma natural y voluntaria en el programa de alfabetización del ejército que, dicho sea de paso, cumplía una función humanitaria y de promoción personal y volví a la guerra con el viejo conocido. Hace ya cuarenta años de esto que os cuento.
            De ese tiempo guardo el recuerdo de un fracaso. Probablemente atendí a veinte soldados de mi compañía el año en que Franco dejó al país en orfandad, muchos de ellos de zonas rurales de León; la mayor parte, de Granada. Tan solo uno no aprendió a leer. Recuerdo su nombre o su apellido: Amador. Era un gitanito granadino, seguramente escapado del romancero de Lorca, hermoso, senequista, de trato agradable y de sonrisa fácil.
            Y ese fracaso me persigue todavía.
            Aún me pregunto muchas veces qué hice mal.
            El alumnado de Diversificación no me resulta ajeno. Hace ya más de medio siglo que convivo con ellos. No sé si en mis propuestas pedagógicas acierto con ellos plenamente. Pero os digo que son el reto más apasionante que afronto cada curso.